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Sembrar manía, sembrar memoria: una tradición familiar en cantón Tecuaco, Casillas, Santa Rosa

Escrito por Glenda Álvarez

Por generaciones en el cantón Tecuaco la siembra de manía (cacahuate) ha sostenido la mesa y el bolsillo de varias personas. Aquí, lejos del ruido de las grandes carreteras y mercados, familias campesinas sostienen una tradición agrícola que va más allá de la producción. En cada semilla sembrada hay un pedazo de historia, un aprendizaje heredado y un proyecto de vida colectivo.

Por Glenda Álvarez

En el cantón Tecuaco, del municipio de Casillas, departamento de Santa Rosa, la manía no es solo un cultivo: es un calendario doméstico, una forma de organización comunitaria y un ingreso que llega “por libra”, cuando el campo responde.

El cacahuate (Arachis hypogaea L.) es una leguminosa cultivada por sus semillas comestibles, similares en perfil nutricional a frutos secos como las nueces y almendras. Aunque no es nativo de Mesoamérica —se cree que proviene de los Andes— su presencia se integra desde hace décadas a diversas tradiciones agrícolas del continente, incluida la guatemalteca. 

En Guatemala, la manía se cultiva tanto para consumo doméstico como con fines de intercambio y venta en pequeñas economías rurales. Según el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación, el cacahuate es ampliamente consumido por su valor nutricional y versatilidad en la gastronomía local. 

Sin embargo, más allá de su dimensión alimentaria, en comunidades como la de Tecuaco este cultivo se ha convertido en una forma de identidad.

En la comunidad de Tecuaco el cultivo de la manía se ha convertido en una forma de identidad. Foto: Glenda Álvarez.

Tradición familiar: de abuelos a nietos

Para don Arturo del Cid, la manía no es solo un cultivo; es una herencia de vida. “Cuando yo tenía como dos años, ya había manía aquí. Imagino que antes había más familias que la sembraban”, recuerda con voz pausada, evocando un tiempo en que el campo reverdecía con ese cultivo en cada milpa.

Doña Dina Alfaro confirma que aprendió junto a su abuela y madre: “Nos enseñaron desde niñas y nosotros seguimos la tradición”, dijo. 

Estos testimonios coinciden en que la práctica es más que un trabajo: es un proceso de socialización intergeneracional que transmite saberes —de cuándo plantar, cómo preparar la tierra, cómo seleccionar semillas y cuándo cosechar— a lo largo de la vida campesina.

Doña Dina Alfaro dice que aprendió sobre el cultivo de la manía junto a su abuela y madre. Foto: Glenda Álvarez.

El ciclo de la manía: paso a paso

A diferencia de cultivos de ciclo corto o mecanizado, la manía en Tecuaco mantiene un proceso artesanal: cada etapa requiere dedicación manual y conocimiento empírico. Los agricultores describen su ciclo como una secuencia de labores precisas que impulsan la calidad del producto final.

Preparación y siembra

La primera etapa es la preparación del terreno. Las familias “camellonean”: levantan montículos o surcos para favorecer el drenaje y permitir que las vainas subterráneas se formen sin estancamiento de agua. Esta práctica tradicional coincide con lo identificado en manuales agronómicos sobre cultivo de maní, que recomiendan suelos livianos y con buen drenaje para este cultivo.

La siembra no se hace al azar. Se seleccionan las mejores semillas —las más grandes y completas— y se colocan con precisión en los surcos preparados. “Primero se escoge la semilla… la más grande para el mercado”, explicó Dina. Esta selección manual es vital: define gran parte de la productividad y calidad del fruto.

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Cuidado y manejo

A partir de la germinación, las labores de campo se intensifican. La hierba compite con la manía por espacio y nutrientes, por lo que las parcelas deben ser desyerbadas y “calzadas” —una técnica que consiste en arrimar tierra a la base de la planta para su sostén y desarrollo. “Uno le quita la hierba… y se calza otra vez”, describió Arturo, con la serenidad que da la experiencia.

Lo que no se hace con maquinaria, se hace con paciencia: un machete, una azada y ojos expertos que vigilan el crecimiento.

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Cosecha y selección

Luego de unos meses llega la gran labor: la cosecha. La manía no se recolecta como otros cultivos que se cortan o cosechan en bloque. Aquí, cada mata se arranca manualmente, se sacude para separar la manía, y se deja secar al sol. “Esto es lo que más cuesta”, dijo Arturo, refiriéndose a la destreza y tiempo que implica esta etapa.

Una vez seco, el proceso continúa con la selección de granos: separar por tamaño y calidad para decidir qué se venderá, qué se consumirá en casa y qué se reservará como semilla para la siguiente siembra.

Este conocimiento artesanal mantiene una lógica profunda: la tierra, el clima y la mano humana dialogan constantemente para generar un producto que responda a las necesidades familiares y comunitarias.

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El horno y el punto: el arte del tostado

La cosecha no termina al dejar secar las vainas. El siguiente paso es el tostado, un proceso que requiere atención y sensibilidad.

En Tecuaco, las familias cocinan la manía sobre hornos tradicionales, ni demasiado caliente ni demasiado lento. La clave está en el colorado del grano y en escuchar cómo cambian los sonidos al moverse en el comal. No hay reloj que guíe este proceso —dice doña Dina—, sino la experiencia de saber cuándo está listo.

Este conocimiento, transmitido de generación en generación, tiene un valor cultural profundo: no solo transforma el grano para consumo, sino que refuerza la identidad productiva de la comunidad rural.

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La garrapiñada: valor cultural y económico

Una de las formas más celebradas de consumir manía es la garrapiñada —maní caramelizado en azúcar— una golosina tradicional en muchos países hispanoamericanos y muy popular en Guatemala. 

La elaboración de la garrapiñada tiene su propio ritual: azúcar caliente, movimiento constante y paciencia hasta que el caramelo cubre los granos. Para muchas familias de Tecuaco esta variante no solo embellece la mesa en festividades comunitarias, sino que representa una oportunidad económica adicional: se comercializa en ferias locales, durante fiestas patronales o en mercados de pueblos vecinos.

Así, la garrapiñada se convierte en símbolo de creatividad campesina: un producto artesanal que suma valor al cultivo y mantiene viva la tradición culinaria rural.

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Una tradición que enfrenta riesgos

Aunque está profundamente arraigada en la memoria colectiva del cantón, la siembra de manía enfrenta fuerzas que la ponen en riesgo. Estos no son fenómenos abstractos, sino realidades que emergen de cambios sociales más amplios.

En Guatemala —como en muchos países con economías rurales predominantes— la agricultura ha sido históricamente un soporte esencial para la vida campesina. El papel del sector agrícola en la economía nacional es profundo: emplea a una parte significativa de la población y sostiene una parte importante del Producto Interno Bruto (PIB) agrícola del país. 

Sin embargo, el desarrollo desigual dentro del sector ha favorecido cultivos comerciales de mayor escala y mercados más rentables. Esto, a su vez, ha reducido la atención sobre cultivos menores, como la manía, que no cuentan con acceso a políticas públicas robustas ni con infraestructura comercial directa en muchos casos.

Familias como las de Arturo y Dina enfrentan este desafío a diario. Aunque la manía sigue siendo una fuente de ingreso local —“vendemos por libra”, cuentan— la falta de encadenamientos productivos más amplios limita la posibilidad de transformar esta tradición en una actividad económica sostenible a gran escala.

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Pérdida de relevo generacional

Uno de los factores socioculturales más visibles es la migración juvenil hacia la ciudad o al extranjero, impulsada por la búsqueda de oportunidades laborales fuera del campo. La disponibilidad de mano de obra es menor cada año, y quienes podrían aprender y continuar la práctica migran a centros urbanos en busca de empleo o estudios.

Este fenómeno no solo impacta la producción, sino la transmisión de saberes. En Tecuaco, muchos jóvenes no se sienten llamados a continuar con las labores agrícolas tradicionales, lo que representa una pérdida potencial de conocimientos especializados —como la selección de semillas, la siembra en surco y el arte de tostar— que no se aprende en un solo ciclo agrícola.

En el cantón Tecuaco, la siembra de manía sigue siendo una práctica de cohesión social, economía familiar y tradición cultural. Familias enteras dedican meses de trabajo a este cultivo que, aunque modesto en escala, está lleno de significado. No se trata únicamente de producir; se trata de mantener una forma de vida.

Para agricultores como Arturo y Dina, cada temporada de manía representa un acto de resistencia: contra la homogeneización de la agricultura moderna, contra la pérdida de saberes materiales, y contra la invisibilidad de las economías rurales en las políticas nacionales.

La manía les recuerda que sus manos sostienen algo más que granos: sostienen una memoria viviente. Y para esta comunidad, sembrar manía es sembrar memoria, identidad y dignidad.

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Glenda Álvarez

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