Pero no te hicieron nada, solo fue una foto editada…

Escrito por Ruda

“Es solo un comentario por redes sociales”, “solo un correo electrónico”, “es solo una foto tuya editada para que aparezcas desnuda con un cuerpazo”, “nada más fue un mensaje «para molestar», es su forma de decirte “que le gustas”... 

Por Virginia Jiménez

Quizás has vivido algo similar o a una mujer cercana a ti le ha pasado. Te han dicho que no lo tomes en serio, que no pasa nada, que no es para tanto. Pero, ¡sí está pasando algo!: el acoso digital se está normalizando, la violencia se disfraza de broma y los efectos se minimizan hasta volverse invisibles y justificados. 

El  acoso digital empieza con un mensaje, una foto de desnudo no solicitada o una foto tuya editada sin tu consentimiento; o también, comentarios de odio en redes sociales, un perfil falso creado para humillar y dañar. 

Y sí, está pasando algo: violencia. 

Cuando el acoso se organiza

En una investigación realizada en 2025 por el Observatorio contra el Acoso Callejero Guatemala (OCACGT), Efectos psicoemocionales del acoso sexual y callejero en la vida de mujeres estudiantes universitarias, Delia, mujer cisgénero de 27 años de edad, socióloga egresada de la Universidad de San Carlos de Guatemala y excoordinadora del Comité de Huelga de la Escuela de Ciencia Política, relató una experiencia que evidencia cómo opera la violencia digital.  

Fue una expareja quien le alertó de la existencia de un grupo de WhatsApp conformado por entre 25 a 30 hombres, estudiantes de distintas unidades académicas, creado exclusivamente para acosarla. En ese espacio se compartían fotografías de Delia (tomadas sin su consentimiento, muchas veces mientras estaba distraída o de espaldas), acompañadas de comentarios sexualizantes y cosificadores:

“(...) fotos donde se mostraba mi cuerpo. Las compartían en el grupo con comentarios como que me querían coger, que «qué rica», y cosas así, sexualizando mi cuerpo” - Delia, 27 años, USAC.

Este testimonio evidencia el continuum de la violencia: la cosificación del cuerpo de las mujeres, el acoso sexual en aplicaciones de mensajería digital como WhatsApp, la vigilancia en espacios físicos y las amenazas explícitas y directas por diversos medios. La violencia no se queda en la pantalla, en lo digital; se filtra en la vida cotidiana y busca disciplinar. 

Esto se debe a que el acoso digital no es una violencia aislada, está estructuralmente vinculada a las violencias que enfrentan las mujeres en los espacios físicos, debido a sistemas de opresión como el patriarcado, el racismo y el colonialismo.

Existe un vínculo entre la violencia offline con la violencia online, ya que esta última sigue los mismos patrones o es una extensión de la primera.

Además, la experiencia de Delia evidencia el uso de estrategias de control sobre su cuerpo, lo que refuerza la regularización de la participación y la exclusión simbólica de los espacios de liderazgo y de formación. En este caso la violencia digital funciona como un mecanismo de disciplinamiento, que afecta la participación y permanencia de las mujeres en ámbitos históricamente dominados por hombres. En el caso de Delia, la Huelga de Dolores y la Universidad.

¿Qué es violencia digital y por qué es violencia? 

Según el Observatorio de Violencia de Género en medios de comunicación (OVIGEM), la violencia digital es aquella que se comete y expande a través de medios digitales como redes sociales, correo electrónico o aplicaciones de mensajería móvil, y que causa daños a la dignidad, la integridad y/o seguridad de las víctimas. 

Sus formas más frecuentes son  hostigamiento en línea y ciberacoso, suplantación en línea, hackeo y acecho, astroturfing, desinformación y difamación, abuso basado en imágenes y videos, entre otras. Todas tienen algo en común: buscan controlar, silenciar y expulsar a las mujeres de los espacios públicos, incluidos los educativos y los políticos. 

La violencia digital se caracteriza por el anonimato de los agresores, la facilidad de acceso a herramientas como la inteligencia artificial, la multiplicidad de agresiones y la posibilidad de viralizarlas, y las agresiones extendidas en el tiempo.

Lo que no se ve: impactos psicoemocionales

El acoso sexual y digital tiene consecuencias profundas. Según el Observatorio contra el Acoso Callejero Guatemala (2025), estas no son pasajeras ni individuales. Las estudiantes afectadas reportaron ansiedad, insomnio, miedo constante, hipervigilancia y estrés. También efectos físicos persistentes y continuos como debilitamiento del sistema inmunológico, alergias, infecciones recurrentes y enfermedades respiratorias. 

Estos efectos condicionan sus decisiones, pensamientos, conductas, relaciones y participación en distintos espacios. La violencia digital genera una disminución progresiva de la presencia en redes sociales y de las interacciones en línea, promoviendo la autocensura y limitando la libre expresión y opinión. Se desarrolla miedo o resistencia al uso de la tecnología y una creciente desconfianza hacia las interacciones en línea.

De esa forma, la violencia altera la autopercepción, erosiona la confianza interpersonal y condiciona las decisiones cotidianas: qué contenido digital ver, con quién interactuar, qué opiniones dar en redes sociales, qué espacios virtuales habitar y cuáles evitar. No es exageración, es supervivencia y cuidado digital.

Cuando aislarse es una forma de resistir

El acoso también tiene consecuencias sociales. Al fracturar la confianza, instala una lectura de sospecha y alerta permanente que limita la posibilidad de construir vínculos seguros. La vida cotidiana se convierte en un territorio atravesado por el riesgo. La violencia reconfigura la subjetividad y la experiencia de ser mujer, convirtiendo la vida cotidiana en los espacios digitales en un territorio atravesado por el riesgo y la vulnerabilidad.

En ese contexto, el aislamiento y la construcción de muros simbólicos deben entenderse como estrategias legítimas de autocuidado y sobrevivencia frente a espacios digitales que normalizan la violencia y culpabilizan a las mujeres. Dejar de usar redes sociales, cerrar perfiles, no opinar sobre ciertos temas, restringir y bloquear usuarios, más que interpretarse como debilidad o retraimiento, constituyen respuestas adaptativas y protectoras que evidencian la capacidad de resiliencia y resistencia en entornos inseguros.

¿Cómo resistir ante esta violencia?

Nombrar la violencia es el primer paso. Minimizar la violencia digital como “bromas”, “exageraciones” o “juegos” es parte del problema. Es necesario nombrarla, entenderla y sancionarla. Cuando una mujer es acosada en línea y a través de la tecnología, no es un caso aislado. Y porque ninguna foto, ningún grupo, ningún perfil falso debe tener el poder de expulsar a las mujeres de los espacios virtuales. 

Participaron de esta nota