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Ruda
Las mujeres nos hemos enfrentado históricamente a la sospecha, a la vigilancia permanente y a todo tipo de castigo. Cuando nosotras controlamos nuestros cuerpos, nuestras actividades reproductivas y el conocimiento, ha implicado que recibamos todas las formas de violencias posibles. Por eso seguimos luchando.
Las mujeres con voz pública y con incidencia son víctimas de violencia política digital, ante un Estado incapaz de protegerlas. Según estudios realizados en Guatemala, los ataques digitales son dirigidos por grupos de poder a través de net centers.
La denuncia de la cantante Belinda por violencia digital y mediática contra el cantautor Lupillo Rivera ha puesto en los reflectores el papel fundamental en la protección de las víctimas de violencia digital en Latinoamérica. Aquí te contamos cuáles son los tipos de violencia digital más frecuentes y cómo afecta a las mujeres en cualquier ámbito que se desenvuelven.
En Guatemala, la violencia no se detiene en las calles. También habita en los celulares, redes sociales y espacios virtuales donde, bajo la idea de que “solo es internet”, se reproducen agresiones reales que dejan daños profundos y duraderos. Frente a un país que carece de marcos legales claros y mecanismos de justicia eficaces, la colectiva No + Violencia Digital surge como un espacio de acompañamiento, denuncia y acción comunitaria.
En Argentina, con la llegada de la ultraderecha de la mano del presidente Javier Milei, la libertad de expresión y el ejercicio del periodismo se han deteriorado. El propio Gobierno justifica el ataque directo físico y virtual. El 19 de noviembre, el Sindicato de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires y otras organizaciones denunciaron ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) la política de ataque sistemático y planificado contra periodistas y trabajadores de prensa.
La narrativa de que existe una prevalencia de falsas denuncias se alimenta de prejuicios antiguos y profundamente misóginos. El discurso promueve que el aumento de denuncias por violencia de género es “artificial” e impulsado por mujeres que mienten, exageran o manipulan a sus hijos e hijas. Lo grave es que esta narrativa encuentra un correlato en instituciones estatales, el legislativo e incluso en influencers que venden la idea de una persecución sistemática contra los hombres.
Las escuelas son espacios que nunca han sido inmunes a la violencia, ejercida por personal docente y alumnado. La implementación de herramientas digitales, aunque inconmensurablemente útiles en la formación educativa, en muchos casos amplifican el alcance e impacto de estas agresiones.
La violencia digital contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni una consecuencia inevitable del uso de las redes sociales. Es una expresión contemporánea de violencias estructurales que, lejos de desaparecer, se adaptan a las nuevas tecnologías para reproducirse, amplificarse y, en muchos casos, garantizar la impunidad. En sociedades marcadas por el patriarcado, la desigualdad y la corrupción, el espacio digital se ha convertido en un nuevo campo de disputa por el poder y la voz pública.
La era digital ha marcado nuevos horizontes en las formas de acción de las sociedades, espacios que han sido aprovechados por todos los agentes sociales que buscan cambios o perpetuar formas de poder dominantes. Contra pronóstico, actuar en el espacio digital no ha modificado un sistema que violenta, excluye o discrimina a las mujeres, porque no está pensado para modificar habitus (prácticas) sociales relacionados con los sistemas de opresión, sino asegurar las ganancias de corporaciones y élites que incrementan sus ganancias a partir de la reproducción de viejos comportamientos que usan tecnología de última generación.
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles, pero que duelen igual. Hay batallas que no se libran en las calles, sino a través de una pantalla. Soy una mujer que decidió usar su voz en las redes sociales, y esa decisión cambió mi vida. No escribo esto desde la teoría académica ni desde la distancia de quien analiza un problema ajeno. Escribo desde la vivencia de quien ha sufrido la violencia digital en carne propia, desde la certeza de que mi historia es también la historia de miles de mujeres que hoy callan por miedo.
Crecí en Guatemala cuando los teléfonos eran fijos y el correo tardaba días sino meses en llegar; nunca imaginé que en un solo aparato cupiera el mundo. Mi vida transcurrió en analógico mientras lo digital se instalaba sin avisar, transformando todo. La comunicación masiva vino a evolucionar aspectos de la conectividad de manera rápida, fluida y efectiva, no solo con la familia sino con amigos, grupos de personas y organizaciones con intereses comunes y el mismo ejercicio del derecho. Pero … ¿Qué pasa cuando ese mundo en el bolsillo se vuelve un espacio hostil para las mujeres?