No me alcanza el tiempo
Escrito por Ana Lucía Ramazzini Morales
No recuerdo cuándo fue la última vez que terminé el día con la sensación de haber realizado todo lo que me había propuesto. Incluso en aquellas jornadas en las que siento que logro hacer mucho, siempre hay algo que queda pendiente, como una deuda silenciosa y pesada que se acumula día tras día.
Por Ana Lucía Ramazzini
Al conversar con otras mujeres, la falta de tiempo aparece como un tema recurrente, pero sobre todo como un malestar compartido. Y cuando lo problematizamos, cada vez queda más claro que no se trata simplemente de una supuesta “mala organización personal”, como tantas veces nos quieren hacer creer. El problema es más profundo y estructural.
El tiempo no se vive únicamente de manera individual; está organizado socialmente en jornadas laborales, horarios escolares, épocas de conmemoraciones, distribución desigual de los cuidados, expectativas de disponibilidad, tareas asignadas según el curso de vida y la división sexual del trabajo, entre otros. Las sociedades funcionan por el tiempo que alguien -las mujeres- ponen en el trabajo, en el cuidado, en la vida cotidiana.
El tiempo es un campo de poder y está regulado por el mercado y atravesado por los mandatos de género. Y de esa cuenta, las mujeres habitamos un tiempo fragmentado, interrumpido y generalmente al servicio de demandas ajenas. A ello se suma la trampa de la productividad y del logro, que incluso convierte el descanso en un tiempo para recargar energías y así rendir más. Una imbricación entre patriarcado y capitalismo que nos agota, desgasta y limita. En pocas palabras, con nuestro tiempo sostenemos una estructura que no nos lo devuelve.
Por eso también hablamos de politizar el tiempo, de preguntarnos quién tiene tiempo y quién no, quién lo pierde y quién lo sostiene. Reconocer que el tiempo es un bien común desigual, que se distribuye de manera diferenciada según sexo, género, clase, origen étnico. Y comprender que esa “desigualdad temporal” reproduce, a su vez, otras desigualdades sociales.
Necesitamos tiempo para pensar, para crear, para descansar, para cuidar nuestra salud y nuestro bienestar, para disfrutar. Esto implica pasar de una relación abrumadora y de angustia con el tiempo a una más justa, más equitativa, más habitable. Quizá por eso el inicio de un nuevo año no debería impulsarnos, una vez más, a hacer listados de propósitos productivistas. Tal vez, sea un momento para hacernos otras preguntas: ¿Qué hacemos con nuestro tiempo y qué hace con él el sistema en el que vivimos? Es un buen momento para pensar el año que comienza como una oportunidad para disputar el tiempo, nuestro tiempo.
Participaron de esta nota
Ana Lucía Ramazzini Morales
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