Mi historia de violencia digital
Por Flor de María Gálvez
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles, pero que duelen igual. Hay batallas que no se libran en las calles, sino a través de una pantalla. Soy una mujer que decidió usar su voz en las redes sociales, y esa decisión cambió mi vida. No escribo esto desde la teoría académica ni desde la distancia de quien analiza un problema ajeno. Escribo desde la vivencia de quien ha sufrido la violencia digital en carne propia, desde la certeza de que mi historia es también la historia de miles de mujeres que hoy callan por miedo.
Desde que somos niñas, las mujeres aprendemos a caminar por las calles que no debemos transitar, horas en las que no debemos salir, miradas que debemos evitar. La violencia contra las mujeres lamentablemente es constante, muchas veces proveniente de quienes supuestamente debían protegernos. Pero lo que no sabíamos era que ese peligro también nos esperaba en el mundo digital, multiplicado, amplificado, a veces más fuerte que cualquier amenaza física.
La violencia digital se define como aquella que se comete y expande a través de medios digitales como redes sociales, correo electrónico o aplicaciones de mensajería móvil, causando daños a la dignidad, la integridad o la seguridad de sus víctimas. Suena técnico, lejano, pero cuando eres tú quien recibe los mensajes, cuando es tu foto la que circula sin tu consentimiento, cuando es tu nombre el que se arrastra por lo digital, esas definiciones cobran una dimensión humana dolorosamente real.
En 2022, después de trabajar desde 2008 hasta 2019 en la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), enfrentando estructuras criminales de corrupción, casos de trata de personas y narcotráfico, comenzó la persecución. Cuando las autoridades decidieron criminalizar a quienes habíamos servido al país, fue entonces cuando decidí hablar en redes sociales. Fue mi forma de resistir, de no desaparecer en silencio.
No imaginé que esa decisión me expondría a un tipo de violencia que mina el alma de formas inimaginables. Los insultos llegaron: "puta", "zorra", "presa", "prófuga", "vamos tras de ti", "muerte civil", "corrupta", "fea", "gorda". Palabras lanzadas como piedras desde el anonimato o, peor aún, desde cuentas con nombres y apellidos de personas que no temen a las consecuencias porque saben que en Guatemala no existen.
Los estudios sobre la dimensión de género de la violencia en línea indican efectivamente que el 90% de las víctimas de la distribución digital no consensuada de imágenes íntimas son mujeres.
Las formas de violencia que se producen fuera de internet se replican e intensifican en los espacios digitales, reflejando y reforzando la desigualdad de género estructural sistémica. Esto lo viví en primera persona. La violencia digital no es solo lo que sucede en la pantalla; es el miedo que te paraliza antes de publicar algo, es la ansiedad que te despierta a las tres de la mañana preguntándote qué nuevos ataques habrán llegado, es la voz interior que te susurra: "eres tonta, no eres bonita, eres mala mujer".
La violencia digital drena tu autoestima. Hay días en que calas, en que te preguntas si vale la pena seguir hablando, si no sería más fácil desaparecer del mapa digital y refugiarte en el silencio. Pero el silencio es exactamente lo que buscan quienes nos atacan. El silencio perpetúa el sistema que permite que la violencia continúe sin consecuencias.
Guatemala es uno de esos países donde no existe regulación penal que castigue efectivamente a quienes nos violentan a través de medios digitales. Las cuentas operadas desde el anonimato o con nombres reales se dedican diariamente a desacreditarnos, a herirnos, sabiendo que no enfrentarán consecuencias legales. Y digo ahí, porque me encuentro en el exilio.
Hoy uso este espacio para denunciar públicamente a quienes constantemente me atacaron, amenazaron y estigmatizaron. Sus acciones no fueron casuales ni aisladas; formaron parte de una estrategia deliberada para silenciarme, para destruir mi reputación y, con ello, desacreditar mi voz y mi lucha. El anonimato es el escudo de los cobardes, y es hora de que la sociedad sepa quiénes están detrás de estas campañas de violencia.
Cuando una mujer habla de política, de justicia, de corrupción, los ataques no se limitan a sus ideas; atacan su cuerpo, su sexualidad, su femineidad. Nos reducen a estereotipos denigrantes para recordarnos que no pertenecemos al espacio público, que nuestro lugar no es opinar, debatir o denunciar.
Los insultos que recibí no fueron casuales. "Puta" y "zorra" no son solo palabras; son intentos de disciplinamiento social, formas de decirnos que mujeres que hablan alto son mujeres inmorales. "Fea" y "gorda" son recordatorios de que nuestro valor como mujeres se mide por nuestra apariencia física, no por nuestras ideas o nuestra integridad. "Corrupta" sin pruebas, solo por haber trabajado en una institución que incomodó a los poderosos.
Me pregunto a menudo por qué sigo en redes sociales a pesar del dolor que causan. La respuesta es simple y compleja a la vez: porque nuestro silencio les da la victoria. Las redes sociales, a pesar de ser espacios de violencia, también son territorios de resistencia, de sororidad, de construcción colectiva.
Cuando comparto mi historia, denuncio públicamente. No estamos solas en esto. Somos millones las que resistimos, las que nos negamos a ser borradas, las que insistimos en ocupar los espacios que nos corresponden por derecho.
Mi historia no es excepcional; es apenas un ejemplo de una realidad que afecta a miles de mujeres guatemaltecas y a nivel mundial diariamente. Mientras escribo estas líneas, otras mujeres están recibiendo amenazas, insultos, imágenes íntimas difundidas sin su consentimiento.
Necesitamos urgentemente una legislación que proteja a las mujeres en el espacio digital. Necesitamos que los perpetradores enfrenten consecuencias reales por sus acciones. Necesitamos que la sociedad entienda que la violencia digital no es menos grave que la violencia física; que las heridas emocionales y psicológicas son tan profundas como las físicas, aunque no dejen marcas visibles.
Me reconozco como una mujer sobreviviente de violencia digital. Uso la palabra "sobreviviente" porque me niego a quedarme en el rol de víctima pasiva. He sobrevivido a los ataques, a las amenazas, a los intentos de destruir mi reputación y silenciar mi voz. Y seguiré hablando, seguiré denunciando, seguiré resistiendo.
A las mujeres que están pasando por situaciones similares, les digo: no están solas. Su dolor es válido, su miedo es comprensible, pero su voz es necesaria. No permitan que quienes las atacan les arrebaten el derecho a existir plenamente en todos los espacios, incluido el digital. Denuncien, busquen apoyo, construyan redes de sororidad. Juntas somos más fuertes que cualquier campaña de odio.
Escribo esto porque desde mi experiencia quiero visibilizar un problema que muchas prefieren ignorar. Escribo con la certeza de que cada testimonio cuenta, cada denuncia suma, cada voz que se niega a callar es un acto de resistencia. La violencia digital contra las mujeres no es un problema menor ni inevitable; es una manifestación más del sistema patriarcal que busca mantenernos subordinadas, silenciadas, controladas.
Pero aquí seguimos. Hablando, denunciando, resistiendo. Porque nuestras voces importan. Porque nuestras vidas importan. Porque ninguna mujer debería pagar con su seguridad emocional y psicológica el derecho a expresarse libremente. Y porque, a pesar del dolor y del miedo, seguimos creyendo que otro mundo digital es posible: uno donde las mujeres podamos participar sin temor a ser violentadas, donde nuestras ideas sean debatidas por su contenido y no atacadas por nuestro género, donde la tecnología sea realmente una herramienta de liberación y no un nuevo instrumento de opresión.
Esta es mi historia. Esta es nuestra historia…