Redes sociales: reproductoras de violencias contra las mujeres
Por Jacqueline Torres Urizar, investigadora en el ICESH, URL
La era digital ha marcado nuevos horizontes en las formas de acción de las sociedades, espacios que han sido aprovechados por todos los agentes sociales que buscan cambios o perpetuar formas de poder dominantes. Contra pronóstico, actuar en el espacio digital no ha modificado un sistema que violenta, excluye o discrimina a las mujeres, porque no está pensado para modificar habitus (prácticas) sociales relacionados con los sistemas de opresión, sino asegurar las ganancias de corporaciones y élites que incrementan sus ganancias a partir de la reproducción de viejos comportamientos que usan tecnología de última generación.
Hemos sido testigas de varios cambios de época en los últimos 20 años, marcadas principalmente por nuevas tecnologías, no solo para la producción masiva de mercancías, sino también para la reproducción de la vida cotidiana que poco a poco se traslada a espacios virtuales. Varios acontecimientos en este periodo nos muestran el impacto que esta modalidad puede tener en la capacidad de acción social. Desde la Primavera Árabe en 2011 hasta la pandemia por el COVID-19, una década después, que nos obligó a trasladar parte de nuestra vida a ese espacio y estar conectadas a pesar del aislamiento.
Si bien la tecnología puede ser una herramienta para romper cercos políticos e ideológicos hegemónicos, también puede reforzar desigualdades estructurales por medio de la producción y reproducción de discursos que refuerzan viejos habitus con los que se busca mantener el control social para el beneficio de los grupos dominantes.
Hay que recordar que los cambios tecnológicos han transcurrido con transformaciones sociales propiciadas, sobre todo, por actores sociales marginados y vulnerados, como los pueblos indígenas, grupos de mujeres, feministas y LGBTQI+, que llevan siglos de resistencias en la búsqueda de trastocar esas estructuras del poder opresor. Estas participaciones que han hecho posible el goce de derechos políticos, sociales, económicos y culturales, también han sido el origen de bloqueos y represiones que emanan del poder masculino dominante, porque según sus imaginarios los cambios amenazan su estabilidad, sus privilegios económicos, de género y étnicos. Mismos que son reproducidos por instituciones como la familia tradicional, las iglesias fundamentalistas, las escuelas y los medios de comunicación hegemónicos, incluyendo muchos medios digitales. Es ahí donde se cuela la violencia contra las mujeres, producida en el seno de una sociedad patriarcal.
Los espacios virtuales de socialización se caracterizan por tener un efecto inmediato en el individuo y la sociedad actual, como nos lo explica el filósofo Byung Chul Hang. Requieren de una gratificación inmediata, porque hemos perdido nuestra capacidad de relación con las cosas tangibles, con la presencia de las otras y los otros, la paciencia y los rituales que da la vida cotidiana. De esa cuenta, los likes o visualizaciones dan la sensación de pertenecer a una tendencia, satisfacción que buscan muchos individuos que interactúan en las redes.
Las acciones en estos espacios no requieren de evidencia, porque su repetición es elevada a verdad, pues al estar mediadas por algoritmos predeterminados, buscan la ganancia sin importar si es verdadero o falso. Al no tener mediaciones más allá del uso de palabras consideradas “políticamente incorrectas”, reproducen la catarsis del descontento humano, sin criterios que pongan freno a expresiones sexistas o racistas. Hace unos días se viralizó la imagen de un camión de carga lleno de costales que decía: “se necesitan tres mujeres para descargar este camión… de esas que dicen que no hacen falta los hombres”. Los comentarios replicaban el humor sexista.
Ninguna mujer escapa a estas expresiones, puede ser igual una presidenta, candidata a un cargo público, cantautora, escritora o ciudadana, del barrio o de países del norte global, contra quienes el poder manifiesta su descontento por desafiar el poder masculino dominante. Tienen la capacidad de resguardar la identidad de individuos que no pasarían desapercibidos en escenarios físicos tangibles y permiten la proliferación de perfiles falsos que esconden desde pedófilos, pornógrafos, psicópatas, netcenters o, en última instancia, boots.
Así logran filtrarse el acoso sexual, chistes sexistas, insinuaciones que rechazan la diversidad o apelan a la existencia de “una” estupidez femenina. Se presentan en forma de memes, con “grandes” frases filosóficas; imágenes sexistas o ridiculizantes; analogías que usan figuras de animales, brujas, seres mitológicos o antihéroes. Circula un meme que cuestiona: “¿qué haremos cuando la generación de tías que hacen tamales se acabe?”, se viraliza y genera opiniones a favor, porque no tiene palabras como asesinato o feminicidio y así se desdibujan los límites del respeto por la vida de las mujeres y la libertad de opinión se vuelve la máxima de los derechos.
El del lenguaje puede ser desde soez hasta especializado con el uso de figuras retóricas, como metáforas, hipérboles, símil, entre otras, que intentan esconder insultos. Se viralizan fotos o videos de cuerpos de mujeres sin sus permisos, mientras se consumen sin restricciones. Se refuerzan estereotipos sobre cómo deberían de ser y vestir sus cuerpos, “bellamente” distorsionados por la magia del photoshop.
En coyunturas políticas, las mujeres siempre son cuestionadas por su lugar en la sociedad, las amenazan de muerte, se permiten insinuaciones sobre sus roles, sus formas de vestir, su apariencia y se desacredita su acción y pensamiento. Constantemente se hace apología del delito de feminicidio, con falacias, creencias machistas y la palabra irrefutable de la Biblia.
Los espacios digitales reproducen los habitus violentos de la sociedad patriarcal que los grupos de mujeres y feministas intentan transformar. Hemos cambiado el espacio de acción, con el agravante de que las prácticas violentas se viralizan, porque el algoritmo está hecho para generar ganancias sin importar muchas veces si va en detrimento de los derechos y el respeto hacia la vida de las mujeres, frente al derecho a opinar sin criterios ni fronteras, avalado por argumentos falaces sobre la igualdad y el fin del patriarcado que muchas personas pregonan.