Orquídeas Barrileteras: mujeres que tejen el vuelo de los difuntos en Sumpango
Escrito por Prensa Comunitaria
Sara Xicón nos cuenta que en noviembre de 1999 nació la idea de fundar su propia colectiva de barrileteras junto a sus hermanos. Así surgieron las Orquídeas Barrileteras, que este año celebran 26 años de existencia. Fue el primer grupo conformado únicamente por mujeres en participar en el Festival de Barriletes Gigantes de Sumpango, Sacatepéquez; este evento fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 1998 por el Ministerio de Cultura y Deportes.
Por Alex PV
El atol de elote se enfriaba poco a poco mientras la conversación con Sara Xicón se extendía en el parque central de Sumpango, un municipio de Sacatepéquez, habitado por el pueblo maya Kaqchikel. La noche estaba fría, pero de cerca se sentía el calor de sus habitantes: el viento arrastraba olor a atol de elote, a brisas de lluvia, y en el cielo los relámpagos pintaban de rojo el contorno del volcán de Agua.
Sara hablaba con calma, como quien ha contado muchas veces su historia, pero sin perder la emoción de quien recuerda el primer barrilete elaborado.
“Fue en noviembre de 1999”, recuerda mientras mira el cielo. “Cuando junto a mis hermanos formamos nuestro propio grupo de barrileteras le pusimos Orquídeas Barrileteras… y ya cumplimos 26 años”, relata Sara.
Un 29 de octubre su voz se mezcla con las campanas que anuncian las ocho de la noche. Faltan unos minutos para que Sara camine hacia su reunión con el Comité de Barrileteros del municipio, donde se definen los espacios para cada grupo en el campo de fútbol, ese gran escenario del primero de noviembre. Hoy existen 50 grupos. La organización es inmensa: junta directiva, comités, comerciantes, vecinos. Todo el pueblo parece respirar en torno al festival.

El campo de fútbol se convierte en el escenario más importante de Sumpango el 1 de noviembre. Foto Alex PV
Sara se despide un momento para atender una llamada. La gente que pasa la saluda con cariño; le dicen “doña Sara” y le sonríen. Su liderazgo es visible. Yo la imagino maestra, o tal vez dirigente en alguna organización o entidad gubernamental, pero me dice que solo estudió hasta sexto primaria. “El conocimiento no está en los títulos”, pienso, mientras sorbo el atol ya frío. Ella se marcha, pero me deja una dirección: el taller en el sector La Bonita, donde las mujeres de su grupo siguen trabajando el barrilete de este año.
El taller de las Orquídeas
Cuando llego, el ambiente está alegre, el sonido del papel de china se mezcla con risas y con el golpeteo de las tijeras sobre la mesa. Son jóvenes mujeres de diversas edades, todas concentradas en recortar, pegar y encajar figuras de colores. La más joven, Katerin Xicón, apenas tiene trece años y sostiene múltiples pedazos de papel china. Al fondo, Marisol, la hija mayor de Sara, dirige el trabajo con paciencia. El olor a café recién hecho llena el cuarto. Entre costales de papel y cañas de carrizo y bambú, las Orquídeas dan forma al barrilete que pronto verán volar.

El taller donde las integrantes de las Orquídeas arman los barriletes. Foto Alex PV
Mientras las observo, recuerdo lo que Sara me contó: que cuando empezó, ser mujer y barriletera era casi un acto de rebeldía. “Nos miraban raro”, me dijo. “Decían que las mujeres debíamos estar en la casa, no en el campo con los hombres, mucho menos armando barriletes”. En los primeros años no les permitían participar en la recolección del bambú, decían que “estorbaban”. Pero ellas insistieron, año tras año. Desde hace tres, por fin pueden integrarse en todas las fases del proceso.
Hoy, el grupo lo integran 22 mujeres, desde dos niñas de trece años hasta sesenta y dos. En los inicios, eran nueve jóvenes entre 18 y 25. Las primeras fundadoras ahora son madres y abuelas. De esa primera generación ya solo participan 2, Sara y su hermana Adela de 62 años. “Nosotras nunca cobramos nada a las integrantes”, explica Sara. “Lo que se vende en la feria o en los puestos lo guardamos para el próximo año. Los materiales, el alquiler del taller, todo lo costeamos entre nosotras”. Esto indica que ellas tienen autonomía del propio grupo, desde la fundación hasta hoy ya son cuatro generaciones que lo conforman.

Actualmente 22 mujeres conforman el grupo. Foto Alex PV
Mientras las horas avanzan, las Orquídeas bailan entre bromas, recortan figuras, pegan letras, inventan un cielo de papel y la Luna de Xelajú. El arte y la comunidad se funden en un mismo gesto. Afuera, son las tres de la madrugada ya roza los tejados.
Seis meses preparando el vuelo
El calendario de trabajo de las Orquídeas es tan meticuloso como la manera de sus diseños. En junio hacen la primera convocatoria: se reúnen las integrantes antiguas y se invita a nuevas mujeres. En esas primeras sesiones deciden el tema del año. Luego, en agosto, inician la recolección de materiales. Las cañas de carrizo y bambú, que sirven como esqueleto del barrilete, las buscan en luna llena para que estén “sazonadas”, firmes y flexibles. Este año, el traslado fue desde Masagua, Escuintla, los días 4 y 5 de octubre. “Cada caña lleva su historia”, me dice Sara, “porque sin buena base, el barrilete no se sostiene, como una familia”.
En septiembre los ensayos se intensifican. Se reúnen tres noches por semana: martes, jueves y sábado. En las dos últimas semanas de octubre, ya trabajan todos los días hasta la madrugada. Este año lograron terminar el barrilete el 30, y por primera vez pudieron dormir antes del festival. En otras ocasiones se desvelaba toda la noche del 31, entre risas y atole, para ver amanecer junto al barrilete terminado.

Mientras finaliza octubre los trabajos se intensifican. Foto Alex PV
Sara recuerda con orgullo los primeros años. “Nuestra intención siempre fue abrir camino para que más mujeres participen. Hoy ya hay grupos femeninos en Sumpango. No los vemos como competencia, sino como hermanas. Cada nuevo grupo es una victoria contra el machismo”.
Las Orquídeas fueron la primera agrupación de mujeres en toda la historia del festival. Y ese gesto sembró algo más que arte: sembró cambio. Pero no todo ha sido fácil. Muchas de las integrantes dejan el grupo cuando se casan; algunas por celos de los esposos, otras por cargas familiares. “Seguimos luchando contra eso”, dice Sara. “Queremos que nuestras hijas tengan otras opciones, que se vean capaces de crear, de decidir”. También la migración ha afectado.

Sara Xicón, fundadora, señala que su objetivo fue abrir el camino para que más mujeres participen en la elaboración de barriletes. Foto Alex PV
Algunas jóvenes han emigrado para buscar trabajo y no regresan. Sin embargo, el arte sigue siendo raíz: cuando una se va, otra llega. “Así se mantiene el vuelo”, dice Sara, sonriendo.
El surgimiento de las Orquídeas
René Xicón Rabay, hermano mayor de Sara, llega al taller una tarde. Tiene 58 años y una memoria tan clara como el color del barrilete que cuelga en la pared del taller, el diseño del año pasado en donde fueron retratados y homenajeados por las integrantes en su aniversario de 25 años de fundación. Adela, Sara y René, de apellidos Xicón Rayba fueron los fundadores. Me cuenta que los barriletes en Sumpango tienen más de un siglo de historia. “Mi abuelo ya hacía barriletes antes del terremoto del 76”, dice. “No eran gigantes, apenas de dos o tres metros. Pero después del terremoto, cuando el pueblo quiso levantar el ánimo, surgió el primer concurso, y de ahí nació la tradición de los barriletes gigantes en 1978”.
Él fue presidente del Comité de Barrileteros por más de treinta años. Su impulso fue clave para que las mujeres tuvieran un espacio propio. “Me cansé de verlas solo sirviendo comida”, dice. “Les dije a mis hermanas: formen su grupo, demuestren que pueden hacerlo todo”. Así nacieron las Orquídeas Barrileteras.
La Lunada
Tras varios días de convivencia con las Orquídeas, llega el 31 de octubre y las emociones comienzan a asomarse con mayor intensidad. Coordinadas y uniformadas, ellas llegan al taller a las cinco de la tarde, pues en unas horas partirán hacia la Lunada. Antes de eso, se dedican a los últimos detalles del barrilete, dando los toques finales entre letras y colores en escalas menores.

La lunada se realiza una noche antes del 1 de noviembre en el campo de fútbol. Foto Alex PV
A las nueve de la noche, Marisol y Sara hacen el llamado para iniciar el traslado hacia la Lunada, actividad que consiste en llegar al campo durante la noche o madrugada previa al día principal, el 1 de noviembre, para colocar las cañas de bambú que servirán como base de los barriletes. Todos los grupos llegan al lugar: algunos llevan atolito y refacción, mientras al fondo se escuchan marimbas que anuncian que la fiesta ya ha comenzado.
Las Orquídeas empiezan a excavar la tierra, alcanzando una profundidad de unos ochenta centímetros. Las horas se alargan, pero finalmente terminan con éxito la jornada, celebrando con la quema de un cuetillo como símbolo de su logro. Luego, todas regresan a sus casas para descansar y estar listas para la madrugada del día siguiente.
El barrilete es mensaje y mensajero
El primero de noviembre llega como una marea. Desde temprano, el campo de fútbol se llena de vida. Según la municipalidad, más de 100 mil personas visitan Sumpango cada año. Los últimos tres días previos ya se siente la fiesta: turistas, cámaras, olor a pupusas, a flores de Parutz’, a viento. Este año, además, el festival celebra su edición número 47 y coincide con el Bicentenario del municipio. Es el primero desde que la UNESCO declaró, en diciembre de 2024, la técnica de elaboración de los barriletes gigantes de Sumpango y Santiago Sacatepéquez como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Las Orquídeas llegan con güipil color blanco con diseños de barriletes alrededor del cuello, sus cortes de color negro, resaltan entre la multitud. El campo está dividido en categorías: infantil, B y A. Los barriletes más imponentes alcanzan hasta 18 metros de diámetro. Las Orquídeas participan en la categoría B con un tamaño de 4.60 metros. Su diseño, elaborado por casi cuatro meses, representa al departamento de Quetzaltenango, los elementos como símbolo de identidad y memoria. La marimba, la indumentaria y la Luna de Xelajú “En el barrilete plasmamos quiénes somos, nuestra identidad, historia y nuestros pueblos”, me dice Marisol.
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El barrilete de Las Orquídeas tuvo como temática el departamento de Quetzaltenango. Foto Alex PV
Cuando llega la hora de levantar el barrilete, el aire se vuelve espeso. La multitud grita y aplaude. El papel se tensa, las cañas crujen, las manos tiemblan. Hay dos momentos, dice Sara: “Cuando el barrilete logra elevarse y cuando no. En ambos se llora. En ambos se siente algo que no se puede explicar”.
Las Orquídeas se abrazan; algunas ríen, otras lloran. La escena se vuelve colectiva: no son solo mujeres elevando un barrilete, son generaciones enteras empujando la memoria hacia el cielo.
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En Sumpango existe la creencia de que el barrilete sirve de puente entre los vivos y los muertos Foto Alex PV
Este año sentí su tristeza, pues al momento de elevar el barrilete pierde el vuelo y no logra levantarse por la fuerza del tornado de aire. Lo intentan una segunda vez, pero el resultado se repite. En el festival solo se permiten dos intentos, y después de eso quedan descalificadas. Este suceso pasa todos los años, no todos los barriletes se alzan al cielo por los tornados vientos, y otras veces por la lluvia, sin embargo, la intención siempre es estar presente para exponer el arte y colores de los barriletes ante los miles de almas que visitan el lugar.
En Sumpango, la creencia dice que cada primero de noviembre los muertos tienen permiso de visitar a los vivos, y que el barrilete sirve de puente entre ambos mundos. Por eso, la víspera del festival, los grupos realizan una ceremonia maya en el cementerio general: se pide permiso a los ancestros y se encienden velas. Marisol me cuenta que muchos de los diseños surgen de los sueños. “Dicen que los abuelos nos muestran lo que debemos hacer. Tal vez son ellos quienes nos visitan en sueños”.
La conexión espiritual está en cada paso: en la elección de los colores, en el ritmo con que se corta el papel, en el círculo que encierra el dibujo. Todo tiene sentido desde la cosmovisión maya: el viento, el vuelo, el ciclo. El barrilete es mensaje y mensajero.
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Marisol, hija de Sara Xicón, expresa su deseo de seguir los pasos de su madre. Foto Alex PV
Converso con Belsi Jerez, de 20 años, integrante de la tercera generación. “Llevo once años participando”, dice. “El diseño más difícil fue el de Semuc Champey, el año antepasado. Tenía formas pequeñas, llenas de detalles. Nos desvelamos muchas noches”. También hablo con Jenifer, de 25 años, quien lleva cuatro años en el grupo. “Trabajar juntas nos enseña mucho. Cuando ves el barrilete terminado, ahí entiendes que valió la pena. Es como ver volar tu propio esfuerzo”.
Sara ahora tiene 49 años, escuchando a las jóvenes, sonríe. “Lo que hicimos hace 25 años ya está dando frutos”, dice. “Ahora hay más mujeres participando en política, en cultura, en espacios de decisión. Nosotras solo abrimos la puerta. Quiero que mis hijas sigan este camino cuando ya no estemos”. Marisol es hija de ella, también Katerin una de las más pequeñas del grupo.
Marisol, asiente. “Desde que tengo memoria mi familia ha sido barriletera. A los seis años ya ayudaba a cortar papel. Quiero seguir el legado de mi mamá y dejar este arte como herencia. Que el mundo sepa que en Sumpango el arte se trabaja con el corazón”.
La noche cae otra vez sobre el pueblo. En el parque, las luces parpadean y el murmullo de la gente se mezcla con el viento. Sara vuelve a casa cansada, pero con la mirada serena. Me dice que al día siguiente irá a revisar el barrilete si está en buenas condiciones. “Cada año es distinto”, murmura, “pero la emoción es la misma”.
Todos los diseños se conservan. Cuando uno de ellos resulta dañado durante el vuelo o la exposición, las integrantes lo reparan con cuidado. Luego, las Orquídeas exhiben sus lienzos en diferentes espacios locales, regionales e internacionales. Sus obras han estado presentes en países como México, Estados Unidos, Costa Rica y Australia.
Camino entre las calles empedradas. Pienso en esas mujeres que transformaron el papel y el bambú en símbolo de libertad. En esas manos que desafiaron el machismo, la rutina, la idea de que “solo servían para la cocina”.
El viento sopla fuerte, y por un instante imagino que ya vuelan los barriletes: que los espíritus bajan curiosos a ver cómo sus descendientes siguen levantando el alma de su familia y del pueblo.
Sumpango vibra entre el cielo y la tierra. Y allá arriba, flotando entre los relámpagos, una orquídea de papel sigue abriendo sus alas.
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