Mi primera vez con el feminismo: una historia de muchas veces

Escrito por Ana Lucía Ramazzini Morales

Era 1994, tenía aproximadamente 17 años y estaba en V Magisterio de Primaria en un colegio religioso de mujeres.  Llevábamos un curso que, para la época y el contexto, resultaba pionero: “Teoría de género”. Esa fue la primera vez que empecé a escuchar de feminismo. No dimensionaba lo que esto significaría para mi vida. 

Por Ana Lucía Ramazzini

Un par de años después, nos volvimos a encontrar con el feminismo y las feministas. En la institución educativa donde trabajaba como maestra, la misma en la que me gradué, organizábamos la actividad llamada “Mujeres de Esperanza”, donde se invitaba a defensoras de derechos humanos, muchas de ellas autonombradas feministas, con trayectorias sólidas en el país. Sus voces ampliaron mis preguntas.

Paralelamente, un grupo de maestras de diferentes áreas asistimos a los primeros talleres, en Guatemala, de la académica feminista mexicana Marcela Lagarde. Años más tarde, ella misma, quien fue mi maestra, me comentó que le había sorprendido profundamente que maestras y equipo directivo de un colegio religioso participaran en sus talleres de Antropología feminista “Casandra”, que eran procesos de formación en la perspectiva de género, autoconocimiento, sororidad y desmontaje del patriarcado, con una metodología participativa que impulsaba la creación de estrategias para la igualdad de género.

A finales de la década de los noventa también inicié mis estudios universitarios en Sociología en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ese fue otro encuentro, esta vez más intenso. La triada educación-sociología-feminismo me hizo reconfigurar mi mirada y acercarme a la vida desde otra posición. Ser estudiante de sociología y no leer a mujeres desde sus propuestas teóricas, me cuestioné: ¿Y las mujeres dónde están? ¿Por qué solo se estudia a “los precursores”? ¿Desde qué visión e intereses se ha construido el conocimiento? ¿A quiénes se ha dejado fuera y por qué? ¿Cómo fue que predominó la visión masculina como referente universal en la construcción del conocimiento?

Pocos años después, ya como catedrática, siendo la única mujer docente de la carrera en la jornada nocturna en el área de sociología, y la única mujer que les había dado clases a muchas de las personas del grupo de estudiantes que tuve, esas preguntas continuaron y fueron surgiendo otras más. No eran anécdotas, eran vivencias comunes y sistemáticas en las aulas universitarias de compañeras estudiantes y catedráticas de otras unidades académicas. Eso me motivó a estudiar -en aquellos años- cómo se construye el conocimiento y lo sigo haciendo ahora, desde el continuum de violencia epistémica contra mujeres y los mecanismos de resistencia/transgresión en sus trayectorias de educación formal.

Conforme me adentraba en el feminismo como teoría crítica, movimiento social y forma de vida, más preguntas surgían, más mitos se desmontaban, más expectativas se desvanecían. Así, entré en un proceso de desaprendizaje -y continúo estando en él-. 

Mi encuentro en plural con los feminismos me ha permitido conocer a mujeres diversas y entrañables con quienes nos hemos acompañado, de manera personal y colectiva. Mujeres mayoras, jóvenas, niñas; de distintos territorios, pueblos, orígenes, orientaciones, identidades; en las calles, en los barrios, en la academia, entre las fronteras y fuera de éstas… Por supuesto que ha habido tensiones, desencuentros, incomodidades, rupturas, despedidas.  También amistades vitales, alianzas políticas y complicidades imprescindibles sin las que no podría definir mi camino. 

El 8 de marzo es un buen momento para hacer memoria de nuestras primeras veces con el feminismo, con los feminismos: ¿cómo ocurrió ese encuentro? ¿A través de una conversación incómoda? ¿De una lectura que removió certezas? ¿De una experiencia de violencia que obligó a nombrar y enfrentar?   ¿Quiénes lo hicieron posible?  ¿Qué aprendizajes se han dado y qué desafíos aún tenemos?

También es un espacio para agradecer… Gracias a las que nombraron lo que  apenas intuíamos, a las que nos sostuvieron y nos acompañaron, a las que nos enseñaron formas y fondos distintos de ver-nos, a las que abrieron brechas para otras, a las que ya no están pero cuyo legado permanece con nosotras, a las que nos acuerpan para romper el silencio, a las que permanecen.  Gracias, gracias a ellas por todas las veces.  

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Ana Lucía Ramazzini Morales

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