El imperio creyéndose Dios: el arte de gobernar con miedo

Escrito por Debbie Guzmán

Estados Unidos no hace nada por error, mucho menos cuando está en crisis consigo mismo.  

Hace apenas dos meses, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos aprobó la publicación de los documentos vinculados a Jeffrey Epstein, archivos que no solo incomodan, sino que amenazan con exhibir a la élite política, económica y mediática más poderosa de ese país. Demócratas, republicanos, millonarios, celebridades: el problema no es un partido, es el sistema. ¿Y qué hace el imperio cuando su propia basura amenaza con salir a la superficie? Exacto: mueve el foco. 

Trump vuelve a activar el guión latinoamericano. Venezuela otra vez: sanciones, amenazas, discursos morales. Una narrativa milenaria, pero que sigue funcionando: hablar de “dictaduras ajenas” para no hablar del desastre propio, porque mientras señalan a Caracas, Estados Unidos atraviesa una crisis democrática profunda: un país donde la violencia armada es cotidiana, donde el acceso irrestricto a armas convierte escuelas y calles en campos de tiro, y donde el fentanilo está devastando a comunidades enteras sin que exista una política pública para enfrentar esa emergencia de salud. 

La epidemia de opioides no es una nota al pie: es una tragedia social que expone el abandono del Estado, la privatización de la salud y la lógica capitalista que convierte incluso la adicción en negocio. Cientos de miles de muertes, familias rotas, cuerpos descartables. Pero de eso no se habla en los medios de comunicación nacionales e internacionales, y es ahí donde aparece Venezuela como cortina de humo. 

Es más fácil señalar afuera que asumir que el “sueño americano” está colapsando desde adentro. Es una de las muchas formas de control narrativo imperialista: hablar de América Latina para no hablar de Epstein. Hablar de soberanía ajena para no hablar de impunidad propia. Hablar de “democracia” mientras se gobierna sobre cuerpos adictos, armados y abandonados. 

Hay que decirlo sin rodeos: Venezuela no es el problema, es la excusa. Estados Unidos tiene una maldita maña vieja de llegar y decir “democracia” y salir dejando muerte, saqueo y gobiernos títeres. A Guatemala no la “salvaron del comunismo”: la condenaron a la desigualdad estructural. Décadas después, el mismo guión se repite: Irak, Libia, Siria, ¡GAZA! Y ahora Venezuela. 

El patrón es claro y obsceno: si un país controla sus recursos, es “peligroso”. Si cuestiona al capital, es “dictadura”. Si decide soberanía, se vuelve “amenaza”. No es cuestión de “democracia” ni siquiera del petróleo, sino la vulnerabilidad del derecho internacional que afecta no solo a Venezuela si no a todos los países del globo.

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Debbie Guzmán

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