Créditos: Glenda Álvarez

“Los Esclavos”, el puente que carga la memoria del trabajo forzado del pueblo Xinka

Escrito por Glenda Álvarez

El Puente Colonial Los Esclavos es una de las obras más antiguas del período colonial en Guatemala. Más allá de su valor arquitectónico, su historia está vinculada al trabajo forzado del pueblo Xinka y al sistema de dominación que sostuvo la colonia. Cada 17 de febrero, la comunidad conmemora su aniversario no como celebración del monumento, sino como ejercicio de memoria histórica. 

Por Glenda Alvarez

El Puente Colonial Los Esclavos, ubicado en el kilómetro 66.5 de la carretera hacia El Salvador, fue construido entre 1580 y 1592, en pleno proceso de consolidación del régimen colonial español en el suroriente guatemalteco. La estructura, de aproximadamente 75 metros de longitud, 2 metros de ancho y 11 arcos de piedra canteada, es presentada oficialmente como una de las obras de ingeniería más antiguas del país.

Sin embargo, los datos técnicos no explican el contexto político que hizo posible su construcción.

Diversas investigaciones académicas documentan que durante el periodo colonial los pueblos indígenas del suroriente, entre ellos el pueblo Xinka, fueron incorporados al sistema económico español mediante tributos y formas de trabajo forzado. La antropóloga Claudia Dary, en Los Xinkas en el Siglo XVIII (Instituto de Estudios Interétnicos y de los Pueblos Indígenas, Universidad de San Carlos de Guatemala), señala que los Xinkas “pagaron tributos y realizaron trabajos obligatorios” dentro del marco del régimen colonial, evidenciando su inserción forzada en la estructura económica de la Corona.

Este señalamiento no es menor. Durante años, el suroriente fue presentado como una región periférica dentro del proceso colonial, casi al margen de la historia económica del Reino de Guatemala. Sin embargo, los registros documentados por Claudia Dary demuestran lo contrario: el pueblo Xinka pagaba tributos, sostenía curatos y realizaba trabajos obligatorios, lo que evidencia su incorporación forzada al sistema de extracción colonial.

Celebración Xinka en el puente Los Esclavos, en su 434 aniversario. Foto Glenda Álvarez

El territorio no fue un espacio vacío ni secundario. Fue estratégico para el comercio, la recaudación y el control político. Reconocerlo implica colocar al pueblo Xinka no como actor marginal, sino como parte central (aunque subordinada) de la estructura económica que sostuvo la colonia.

Curatos, tributos y control territorial

Para comprender el funcionamiento del poder colonial en el suroriente, es necesario examinar la figura del curato. En la obra mencionada, Dary explica que los curatos no eran simples divisiones religiosas, sino unidades de administración territorial donde convergían el control espiritual y la organización económica.

El curato de Nuestra Señora de la Purificación de Los Esclavos/Mataquescuintla aparece documentado en registros eclesiásticos coloniales. Estos registros consignan la entrega de primicias y rentas en especie: maíz, frijol, trigo, panela, quesos, ganado y otros productos destinados al sostenimiento clerical.

Dary detalla que la Iglesia “se servía” de los pueblos indígenas no sólo para funciones sacramentales, sino mediante contribuciones periódicas que reforzaban la economía colonial. En otras palabras, la espiritualidad y la tributación estaban entrelazadas.

El puente debe entenderse dentro de esta red de control. No fue una obra neutral de ingeniería, sino infraestructura estratégica dentro de la Calle Real que conectaba el Reino de Guatemala con el Reino de Cuscatlán (actual El Salvador), facilitando comercio, tránsito y recaudación fiscal.

La toponimia “Los Esclavos”: vestigio de violencia histórica

El nombre del puente y del río no es accidental. Estudios históricos regionales citados en investigaciones sobre el suroriente documentan que tras enfrentamientos bélicos en el siglo XVI, población indígena fue reducida y concentrada en este territorio bajo condición de esclavitud.

La toponimia “Los Esclavos” quedó como registro lingüístico de ese proceso.

En entrevista, el líder comunitario xinka Fito Guerra plantea una lectura que interpela la narrativa popular:“El mismo diablo puede ser la corona española”.

La frase alude a la leyenda que sostiene que el puente fue construido en una sola noche mediante un pacto con fuerzas oscuras. Para Guerra, el “diablo” no debe entenderse en términos sobrenaturales, sino como metáfora del régimen colonial que sometió al pueblo Xinka.

Esta reinterpretación dialoga con la crítica que Claudia Dary recoge en otro de sus trabajos, donde participantes Xinkas cuestionan la versión escolar que atribuye la construcción del puente al diablo, señalando que fue levantado con el “sudor y lágrimas” de sus antepasados. La autora sostiene que la tradición oral constituye una fuente histórica válida, en tanto expresa una memoria colectiva que ha perdurado en el tiempo y que no puede reducirse a simple ficción.

La Señora de la Luz y el proceso de sincretismo

En la tradición oral que resguardan las abuelas del territorio, el origen espiritual del puente no se reduce solo a la leyenda del pacto con el diablo. Existe otra versión, menos difundida en los relatos escolares, pero viva en la memoria comunitaria.

Las abuelas cuentan que, en el momento en que el Xinka estaba siendo presionado por fuerzas oscuras, se le apareció una mujer luminosa. No era una figura asociada al miedo, sino a la claridad. La nombraron la Señora de la Luz.

En esta versión oral, la luz no es únicamente un elemento físico, sino principio espiritual. Es orientación en medio de la imposición, es conciencia frente a la oscuridad del sometimiento. La figura femenina aparece como intercesora, como fuerza protectora que impide que el pacto con las tinieblas se consume completamente.

Con el paso del tiempo y la consolidación del catolicismo colonial en el territorio (particularmente a través de los curatos y cofradías) esa presencia luminosa fue reinterpretada bajo la figura de la Virgen de Candelaria. El nombre cambia, pero la esencia simbólica permanece: la luz como protección.

El término “Candelaria” proviene precisamente de la palabra candela, vela, luz. No es casual que cada año, durante la conmemoración del 17 de febrero, el puente sea iluminado con velas. La práctica no solo responde a la liturgia católica, sino que conserva una capa más profunda de significado territorial: iluminar el lugar donde hubo oscuridad histórica.

El sincretismo no fue un simple reemplazo, fue un proceso de adaptación cultural. El pueblo Xinka no desapareció espiritualmente; reorganizó su cosmovisión dentro del marco impuesto. Las cofradías jugaron un papel clave en ese tránsito, permitiendo que elementos ancestrales sobrevivieran bajo nomenclaturas cristianas.

En este contexto, la Virgen de Candelaria no puede leerse únicamente como devoción importada, en la memoria de las abuelas, la Señora de la Luz antecede al templo. La iglesia institucionalizó la imagen; la comunidad resignificó el símbolo.

Con las cofradías, también surge la Zarabanda de los Esclavos.

La Zarabanda: danza ancestral, memoria corporal y ruptura simbólica

La Zarabanda de Los Esclavos no puede entenderse únicamente como expresión artística contemporánea ni como “grupo de danza” formal. Según la tradición oral del territorio, se trata de una práctica ancestral vinculada a la reorganización espiritual y comunitaria posterior al periodo de esclavitud colonial. Su origen se sitúa en el contexto de la cofradía de la Virgen de la Luz (hoy conocida como Virgen de Candelaria) y en la convergencia anual de comunidades Xinkas que acudían al territorio cada primero de febrero.

Mujeres Xinka participando en el 434 aniversario de construcción del puente. Foto Glenda Álvarez

Los abuelos describen la Zarabanda como un “baile descoordinado”. Esta aparente desorganización no responde a improvisación ni falta de estructura, sino a un principio simbólico profundo. La ausencia de coreografía rígida rompe con la idea de orden impuesto. En lugar de movimientos simétricos o secuencias exactas, la Zarabanda propone desplazamientos libres, vaivenes irregulares y giros que evocan el movimiento del viento en el campo.

En la Zarabanda, la vestimenta no es un elemento ornamental ni accesorio. Constituye un componente central del lenguaje simbólico de la danza. Las mujeres portan vestidos de colores intensos, contrastantes y luminosos que, según la memoria transmitida por los abuelos, no responden a una elección estética arbitraria.

El abuelo Francisco Sánchez Villalta (quien alcanzó los 104 años y fue una de las voces más citadas en la transmisión oral del territorio), explicaba que las comunidades acudían a la festividad “vestidos con los más vivos, intensos y alegres colores que solo Tata Tiwix, el Dios todopoderoso, ha puesto en las flores del campo”. No se trataba de cualquier flor, insistía: “Solamente aquellas que nadie cuida, que nadie siembra, que nadie cultiva, que nadie cosecha y que solo brotan de la morena tierra por el poder de Dios”.

La referencia a las flores silvestres es clave. En la cosmovisión Xinka, estas flores representan resiliencia y persistencia, brotan después de la lluvia, sobreviven al fuego, emergen incluso cuando el campo ha sido quemado. El color, en esta lógica, no es decoración, sino manifestación de luz.

El machete y el sombrero que portan los hombres condensan siglos de historia, trabajo y resignificación simbólica.

El machete, en el contexto  del suroriente guatemalteco, ha sido históricamente herramienta de subsistencia. Es instrumento de cultivo, de limpieza del terreno, de apertura de camino. En territorios donde la agricultura ha sido eje de supervivencia, el machete representa trabajo diario, esfuerzo físico y relación directa con la tierra.

Sin embargo, su presencia en la Zarabanda no se limita a esa función utilitaria. Durante el periodo colonial, el cuerpo indígena fue disciplinado para el trabajo forzado. Dentro de la danza, esa herramienta cambia de significado.

No representa arma de agresión ni se utiliza con violencia. Se balancea rítmicamente, se eleva, se marca en el aire. El machete, entonces, deja de ser recuerdo de subordinación y se convierte en afirmación de identidad territorial. Representa la relación del pueblo con su tierra, no la imposición del colonizador.

Por su parte, el sombrero adquiere una dimensión aún más profunda. En la tradición Xinka, el sombrero está vinculado a la figura del Sombrerón, que no debe confundirse con las versiones folklorizadas populares. En el contexto local, el sombrero simboliza autoridad.

En la cosmovisión Xinka, la autoridad no es quien manda primero, sino quien sirve primero. Se trata de una concepción radicalmente distinta a la jerarquía colonial, donde el poder descendía desde la Corona hacia los súbditos. Quien porta un sombrero, asume simbólicamente un rol dentro del colectivo. La autoridad es entendida como servicio, como compromiso con la comunidad y como disposición a cuidar el territorio.

17 de febrero: memoria, danza e investidura en el Puente

Cada 17 de febrero, el Puente Los Esclavos deja de ser únicamente una estructura colonial para convertirse en escenario de memoria colectiva. La fecha no se asume como celebración del monumento, sino como conmemoración del inicio de su construcción en 1580 y, sobre todo, como recordatorio del trabajo forzado que hizo posible su existencia.

Año con año, la jornada articula varios elementos: la Zarabanda danza sobre el puente, las cofradías participan en la procesión de la Virgen de Candelaria y, al caer la noche, el sitio se ilumina con velas colocadas por la propia comunidad. Es un ritual de resignificación que combina historia, espiritualidad y organización territorial.

En la conmemoración más reciente, realizada este 17 de febrero, el puente volvió a llenarse de música, color y presencia comunitaria. Delegaciones de comunidades cercanas, así como representaciones provenientes de El Salvador, Honduras y Colombia, acompañaron las actividades organizadas por el Programa Cultural Permanente. La Zarabanda recorrió los arcos de piedra con su característico movimiento libre, mientras familias y visitantes observaban desde las orillas del río.

Uno de los momentos centrales fue la investidura de la nueva Uyuha’ Alaya’ Xinka ( Hija del Pueblo Xinka). En el mismo espacio donde la memoria colonial habla de esclavitud, una joven asumió públicamente un cargo entendido como servicio y continuidad cultural. La ceremonia, acompañada por abuelas y autoridades comunitarias,  reforzó el sentido político de la fecha: la historia no se borra, se resignifica.

La procesión de la Virgen de Candelaria también cruzó el puente, reafirmando el sincretismo que caracteriza al territorio. La figura asociada en la tradición oral a la Señora de la Luz volvió a atravesar el lugar que alguna vez simbolizó imposición, mientras las velas encendidas marcaban el tránsito hacia la noche.

Investidura de la Uyuha’ Alaya’ Xinka (Hija del pueblo Xinka) en el marco del aniversario del puente. Foto Glenda Álvarez

Así, lo que sucede cada 17 de febrero no es un acto repetitivo, sino una reafirmación anual de memoria.

El puente hoy: patrimonio declarado, memoria abandonada

Si el siglo XVI explica el origen del Puente Los Esclavos, el siglo XXI revela otra dimensión del problema: la disputa contemporánea por el patrimonio.

El puente fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación. Sin embargo, en el territorio la declaratoria no se traduce en restauración estructural permanente ni en asignación presupuestaria sostenida. Según el liderazgo comunitario consultado para esta cobertura, la infraestructura no ha recibido mantenimiento integral por parte del Estado en décadas.

“Ese título más bien es una condena”, sostiene el dirigente comunitario xinka Fito Guerra. La afirmación resume una tensión estructural: el reconocimiento legal impide intervenciones comunitarias directas en la estructura, pero no garantiza inversión pública para su conservación.

Desde la perspectiva local, el puente ha sobrevivido más por voluntad vecinal que por política cultural estatal. Guerra explica que, durante años, el lugar fue utilizado como basurero municipal. La transformación comenzó en 1998, cuando un grupo de vecinos decidió organizarse para rescatar el sitio. Así nació el Programa Cultural Permanente del Puente Los Esclavos.

La organización comunitaria impulsó jornadas de limpieza, recuperación del entorno y actividades culturales cada 17 de febrero, tomando como referencia la fecha inscrita en la placa que indica el inicio de su construcción en 1580. Desde entonces, la conmemoración se realiza de manera consecutiva.

La iluminación actual del puente no proviene de un proyecto estatal. Las lámparas, el cableado y la instalación han sido financiados por vecinos. Según el testimonio recogido, incluso el reemplazo reciente de luminarias fue cubierto mediante aportes individuales: cada familia donó una o dos lámparas hasta completar el número necesario.

El mantenimiento no es menor: trabajar en altura, sobre arcos que durante la temporada lluviosa reciben caudal de agua, implica riesgo y logística.

A pesar de su valor histórico, el puente no cuenta con un plan integral de restauración estructural financiado por el Ministerio de Cultura y Deportes. La participación institucional en la conmemoración anual se limita, según el liderazgo comunitario, a apoyos logísticos mínimos y ocasionales.

El Puente Los Esclavos no es solo una estructura de piedra del siglo XVI. Es un archivo material del trabajo forzado indígena, un vestigio lingüístico de violencia histórica y un escenario contemporáneo de organización comunitaria.

Cada 17 de febrero, la conmemoración no celebra el “cumpleaños” del puente. Lo que se activa es un ejercicio de memoria. Un recordatorio de que la infraestructura colonial no puede separarse de las condiciones bajo las cuales fue construida.

Mientras las instituciones lo inscriben como patrimonio arquitectónico, el pueblo Xinka lo resignifica como símbolo de resistencia y persistencia cultural. Allí donde hubo imposición, hoy hay danza. Donde hubo silencio histórico, hoy hay relato propio.

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Glenda Álvarez

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