El costo de ser espectadores
Escrito por Rebeca Javier
Por Rebeca Javier
He intentado mantenerme informada sobre los recientes operativos migratorios en Estados Unidos, lo que me causa preocupación y tristeza. Como a muchas otras personas, me pareció repugnante la manera en que los agentes federales abatieron a tiros a dos personas en Minneapolis en este año que apenas empieza: Renee Good y Alex Pretti, ambos de 37 años y ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos. Las circunstancias de sus muertes están ampliamente documentadas con videos que contradicen las versiones iniciales que alegaron defensa propia.
No me gusta enfatizar el estatus migratorio de las personas como si fuera un motivo de juicio moral. Sin embargo, creo necesario recalcar que ninguno de ellos era objeto directo del motivo detrás de la presencia de ICE en Minnesota. Eran transeúntes, testigos del pánico sembrado por cada redada. Quizá por esto es que sus muertes han causado tanta conmoción, en contraste con las desapariciones, arrestos y muertes de personas en custodia de ICE que se han convertido en titulares tan frecuentes y carentes de humanidad. Qué espantosa es la manera en que hemos aceptado estas circunstancias como un terror cotidiano.
Sería fácil decir que la culpa solo recae en el agente federal que amedrenta a la población indocumentada en Estados Unidos. Seguramente son personas que se perciben a sí mismos como subordinados que solo cumplen órdenes, hacen que se cumpla la ley, restauran el orden. Esta es la coartada que queda más a mano, negar la responsabilidad individual y tercerizar la rendición de cuentas. Es crucial examinar qué papel hemos tomado nosotros también para permitir que nuestra sociedad haya llegado a este punto. El agente que mata a sangre fría no es un caso aislado, es un producto de la sociedad.
Pienso, por ejemplo, en los medios que reprodujeron sin cesar a Donald Trump afirmando que los mexicanos traen “drogas”, “crimen” y los llamó “violadores” de tal manera que se convirtió una banalidad en 2015, sin cuestionar estas declaraciones con el rigor necesario. Han pasado diez años desde este discurso que ha contribuido decisivamente al deterioro de la imagen de la población latinoamericana en los medios masivos.
Pienso también en la larga historia de las intervenciones estadounidenses en América Latina y en cómo se ha normalizado que tantas personas sean expulsadas de nuestros países por la desigualdad, la inseguridad y la violencia. Me imagino a un adolescente, hijo de migrantes, que se ve en la necesidad de afirmar que no es “como los otros” por su propia seguridad, no necesariamente por desdén, sino por supervivencia. O tal vez llega a interiorizar ese desprecio porque ve que es el discurso dominante. Esta y otras crisis humanitarias tan urgentes nos obligan, además de nombrar las estructuras desiguales de poder, a nombrar el verdadero costo detrás de permanecer en el papel del espectador.
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