Mujer señala un cuadro mientras da información sobre la capitana Foto: Joel Solano

Vidalia Sandoval y la capitana María: dos voces, una sola historia de dignidad y sororidad en Nuevo Horizonte

Escrito por Joel Solano

A través de la memoria viva y la palabra combativa, la historia de la capitana María y de Vidalia Sandoval Martínez encarna la resistencia, la entrega y el liderazgo de las mujeres durante la guerra en Guatemala. Desde las montañas donde enfrentaron el rigor del combate, la clandestinidad de las comunicaciones y la permanente amenaza militar, la capitana María guió a sus compañeras bajo el principio de la dignidad y la educación en igualdad, mientras Vidalia resguardaba con la vida los radios y las claves de transmisión para salvar a su comunidad. Hoy, esa siembra de conciencia florece en las nuevas generaciones que aprenden de su legado de lucha, sororidad y servicio al pueblo.

Por Joel Solano

Nuevo Horizonte, Petén - En los pasillos del Museo de la Comunidad de Nuevo Horizonte, entre fotografías desgastadas, equipos de radio TRC-77 y la sombra protectora de la ceiba donde descansa la capitana María, Vidalia Sandoval Martínez recorre la memoria viva de la resistencia guatemalteca. Quien fuera radista en las profundidades de la montaña durante la guerra en Guatemala vuelve la vista atrás para dignificar la historia de sus compañeras y lanzar un llamado urgente a las nuevas generaciones: conocer la verdad histórica directamente de la voz de sus protagonistas y defender la paz para que el horror de la guerra y el genocidio no se repitan jamás.

La ¨Escuadra menuda¨: juventud y formación en medio de la guerra

A sus 59 años, Vidalia Sandoval Martínez evoca el momento en que se unió a las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) en la comunidad Nuevo Horizonte, en Petén, compartiendo los recuerdos y vivencias que marcaron su paso por la lucha armada en la montaña.

En 1982, tras incorporarse a las filas guerrilleras, Vidalia Sandoval pasó a formar parte de la denominada «Escuadra menuda», un grupo compuesto por jóvenes de entre 14 y 15 años que asumieron diversas tareas y responsabilidades en medio del conflicto armado.

Como explicó Sandoval, la «Escuadra menuda» fue formada por las combatientes Lidia, Niyurka y la capitana María, quienes fueron capacitadas para desempeñarse en distintas labores. En su caso, fue preparada junto a otras jóvenes como radio operadora y radista, un rol que compartía con diversas tareas asumidas por las mujeres en la montaña, que iban desde la atención médica y el combate hasta el trabajo político de concientización e integración con las comunidades vecinas.

Posteriormente, a los 15 años, Sandoval Martínez asumió la responsabilidad del radiorrastreo, una tarea clave que consistía en desencriptar y descifrar los mensajes interceptados al enemigo para anticipar sus movimientos en la zona.

La huida hacia la montaña: represión, masacres y la decisión de resistir

Vidalia señaló que vivía en La Técnica, a orillas del río Usumacinta, cuando el despliegue represivo del ejército contra las comunidades la obligó a refugiarse en las montañas. Precisamente el 17 de junio de 1982, mientras se capacitaba como promotora de primeros auxilios en la cooperativa El Arbolito, las fuerzas militares irrumpieron en la zona y perpetraron la masacre de Bonanza, un evento desgarrador que presenció desde la parte alta donde se preparaba.

Tras la masacre en Bonanza, un asentamiento en Petén, Vidalia tuvo que adentrarse definitivamente en la montaña, pues la represión militar contra las cooperativas había forzado el desplazamiento de las familias. Al regresar a La Técnica, descubrió que la suya ya se había visto obligada a huir; sin embargo, gracias a las redes de alerta y organización comunitaria, lograron escapar a tiempo antes del arribo del ejército.

Una vez instalada en la montaña, fue capacitada como radista y en labores de radiorrastreo con el objetivo de concentrar y analizar la información de las fuerzas militares. Gracias a este trabajo de inteligencia, se logró alertar a tiempo a los campamentos sobre el avance del ejército, evitando así emboscadas y la pérdida de más vidas. 

En ese momento, Vidalia ignoraba que sus tíos ya formaban parte de la guerrilla. Cuando la población fue evacuada hacia las montañas ante la inminente llegada del ejército, las y los comunitarios se reunieron para decidir quiénes permanecerían en la lucha. Con apenas 14 años, su decisión de quedarse se consolidó al enterarse por medio del alcalde auxiliar de la cooperativa, Víctor Ochoa, de que toda su familia figuraba en la lista negra militar y corría el riesgo de ser masacrada.

Al conocer la amenaza, Vidalia le advirtió a su tío, apodado «el Soldadito», quien ya combatía en la guerrilla y había ido a visitarlos. Ante la violenta ofensiva militar, la familia logró cruzar la frontera hacia México en busca de refugio; sin embargo, la persecución no se detuvo allí. El ejército guatemalteco incursionó en territorio mexicano y ejecutó a los tíos que se habían quedado a cargo del cuidado de sus abuelos.

La impotencia e indignación ante la muerte de sus familiares, quienes eran inocentes, se convirtieron en el impulso para resistir y mantenerse firme en la lucha armada hasta la firma de los Acuerdos de Paz, en 1996. Para Vidalia, aunque el acuerdo marcó el fin del conflicto, la búsqueda de justicia y la lucha por un país más digno continúan vigentes.

La capitana María: liderazgo, empatía y la fuerza de las mujeres

La capitana María, una figura de gran autoridad y respeto dentro de la organización, conocía a Vidalia desde pequeña y fue quien decidió orientarla hacia el área de comunicaciones cuando ella buscaba asumir otras tareas. Para Martínez, la capitana representaba un referente fundamental no solo por su liderazgo en la montaña, sino por la profunda empatía y compromiso que demostraba hacia sus compañeras y la comunidad.

La capitana María tenía un profundo afecto por la niñez y solía decir que quería «darles sombra» y protección a los más pequeños de la comunidad. Habiendo tenido que dejar a sus propios hijos para sumarse a la lucha armada, volcó ese cariño en la «Escuadra menuda» y en las fuerzas insurgentes instaladas en Petén, a quienes consideraba su familia. Pese a las versiones que afirman que los mandos no permanecían en el terreno, Vidalia desmiente ese mito al recordar que la capitana María convivió de forma constante con ellos en la montaña.

Foto: cortesía

La capitana María junto al comandante Pablo Monsanto, ambos militantes de las FAR. 

Vidalia recordó que la capitana María permanecía siempre junto al comandante en las zonas de operaciones. Aclaró que entre 1982 y 1983 la capitana estuvo presente e involucrada de cerca en los combates en la selva petenera, demostrando que los mandos acompañaban directamente a los combatientes en el frente.

El legado de la capitana María estuvo marcado por un fuerte sentido de igualdad y desarrollo personal. En medio de la guerra, enseñó a la juventud que tanto hombres como mujeres debían seguir estudiando para salir adelante, formándoles en un ambiente donde no cabía la discriminación de género. Para Vidalia, la máxima de trabajar y luchar por las y los demás sin dejar a nadie abandonado se convirtió en un principio de vida que la motiva a seguir aportando activamente a su comunidad.

Inspirada por ese ejemplo de liderazgo, Vidalia enfatizó el rol fundamental de las mujeres dentro de la organización y la importancia de mantener la dignidad y la firmeza ante la adversidad. Para ella, el camino recorrido por las combatientes demuestra la capacidad transformadora de la mujer en la historia, dejando un mensaje directo a las nuevas generaciones para seguir adelante, organizadas y con la frente en alto.

Vidalía Martínez hizo un llamado a la juventud para que estudie y busque conocer la historia de primera mano. Insistió en la importancia de acercarse directamente a las personas que vivieron la guerra en Guatemala, pues considera que la memoria contada por sus propios protagonistas transmite una verdad y una vivencia que ningún relato de terceros puede igualar.

La trinchera del aire: el peligro y la disciplina de las comunicaciones

En medio de las operaciones, el trabajo con la radio implicaba un riesgo constante de localización. Vidalia rememoró la ocasión en que, estando concentrada con los audífonos puestos, el comandante de seguridad irrumpió para apagar el equipo de inmediato ante el sobrevuelo de un helicóptero del ejército equipado con un goniómetro para rastrear señales. La rápida maniobra cortó la transmisión justo a tiempo, evitando que la aviación militar confirmara la ubicación exacta del campamento.


Foto: Joel Solano

Vidalia Sandoval muestra el equipo de comunicaciones instalado en la sala del Museo Nuevo Horizonte, el cual utilizó la guerrilla durante la lucha armada en Guatemala.

El desempeño como radista en la montaña exigía un nivel estricto de disciplina, discreción y aplomo para custodiar la información confidencial de la organización. Vidalia destacó la enorme responsabilidad que implicaba resguardar el equipo y proteger las claves de comunicación para que nunca cayeran en manos enemigas. Asimismo, remarcó que en momentos de combate debían mantener la serenidad para transmitir datos críticos bajo alta presión y reaccionar de inmediato si el ejército irrumpía en el área, listas siempre para evacuar con el material sensible.

Debido al constante peligro de incursiones militares, las brigadas contaban con un riguroso protocolo de evacuación rápida donde la prioridad absoluta era salvar el equipo de comunicaciones. Vidalia recuerda que, ante la orden de repliegue, debían recoger rápidamente lo indispensable, priorizando siempre el radio de transmisión y los cuadernos con las claves secretas, pertrechos esenciales que jamás podían abandonar o dejar al servicio del enemigo.

Solidaridad y supervivencia en la cotidianidad de la montaña

El desplazamiento por la selva implicaba atravesar ríos y terrenos complejos, una labor retadora que Vidalia lograba superar gracias al respaldo constante de sus compañeros y compañeras. Por órdenes de su superior, siempre se asignaba a alguien para apoyarla al cruzar arroyos o superar obstáculos como árboles caídos, protegiendo tanto su integridad como el radio que transportaba. Esta dinámica reflejaba la profunda solidaridad comunitaria y el compañerismo que caracterizaban el diario vivir en la montaña.

La vida en la selva imponía retos particulares para las mujeres, especialmente en lo relativo a la gestión menstrual durante las largas caminatas bajo la lluvia y en terrenos pantanosos que a menudo debían recorrer descalzas. Vidalia rescata cómo el compañerismo permitía enfrentar estas dificultades: los combatientes compartían sus cobijas para que ellas pudieran confeccionar compresas improvisadas, a las que humorísticamente llamaban «trápex». Esta solidaridad cotidiana facilitaba sobrellevar las complejas condiciones físicas y sanitarias que exigía la cotidianidad en la montaña.

Las 40 libras de historia y el valor estratégico de la señal

Para Vidalia, la continuidad del trabajo de las mujeres en la sociedad demuestra que los objetivos trazados y la formación recibida en la montaña no fueron en vano. Reflexiona con gratitud sobre la capitana María, convencida de que su legado permanece vivo en cada una de las compañeras que capacitó y preparó para la vida, viendo cómo sus enseñanzas dieron frutos concretos en la resistencia y en el liderazgo femenino actual.

Al mostrar un radio TRC-77, Vidalia recordó el equipo que solía transportar en la montaña, un cargamento que junto a los manojos de antenas de bandas 30 y 40 sumaba cerca de 40 libras de peso. A esto se sumaba una mochila con los cuadernos de claves secretas, documentos esenciales de los que no quedan registros físicos pero que constituían su principal herramienta de trabajo. La exradista destacó la trascendencia estratégica de las comunicaciones en la guerra, afirmando que la transmisión oportuna de información permitió salvar incontables vidas y prevenir tragedias en el frente.

Museo Horizonte: un espacio de verdad, justicia y memoria viva

Vidalia resaltó el valor esencial del Museo Horizonte como un espacio de historia viva para dar a conocer la verdad sobre la guerra en Guatemala y el genocidio sufrido por las comunidades. Explicó que muchas personas aún dudan de estos hechos porque no los vivieron directamente ni conocen el contexto, por lo que este recinto busca preservar la memoria colectiva y combatir el negacionismo. Ante esto, invitó a toda la población a visitar el espacio para acercarse de primera mano a la historia y rendir tributo a las víctimas.

Vidalia reiteró su llamado a la sociedad para acercarse a la realidad histórica de Guatemala no a través de relatos de terceros, sino mediante la convivencia directa con la propia comunidad. Al recordar que aún permanecen los sobrevivientes de la lucha armada, invitó a las personas a visitar el lugar, dialogar con sus protagonistas y palpar de cerca la memoria viva de quienes presenciaron y resistieron ese periodo de la historia.

Bajo la sombra de la ceiba: sembrar el futuro sin olvidar el pasado

Uno de los mayores anhelos de la capitana María era perdurar en la memoria de las nuevas generaciones y seguir brindándoles esa sombra y protección que tanto deseó para la niñez. Atendiendo a su última voluntad de descansar bajo la naturaleza, la comunidad de Nuevo Horizonte decidió sepultarla bajo una ceiba en el centro de la localidad. Su tumba, resguardada al pie del árbol sagrado, permanece como un símbolo vivo de memoria y enseñanza para que las juventudes sigan conociendo quién fue y cuál es el legado de la capitana.

Mientras recorre los pasillos del museo de la comunidad de Nuevo Horizonte, Vidalia vuelve sobre los pasos de los años difíciles transcurridos en la montaña durante la guerra en Guatemala. Al observar las fotografías de las compañeras con quienes compartió el rigor de la lucha, entre ellas la capitana María, la memoria viva se transforma en un firme mensaje de paz: el anhelo profundo de que estas historias jamás se repitan y de que las nuevas generaciones no tengan que sufrir los estragos ni la violencia que su pueblo conoció en el pasado.

La memoria de la capitana María no se apaga; palpita con fuerza en el tronco firme de la ceiba que resguarda su descanso, habita en las miradas combativas retratadas en los murales de la comunidad y florece en cada espacio de Nuevo Horizonte. Su convicción trasciende el tiempo: desde la sombra protectora del árbol sagrado, la capitana sigue abrazando el andar de la niñez y las juventudes, guiando su presente y sembrando en ellas la esperanza de un futuro con justicia, dignidad y libertad.

Hoy, entre la sombra centenaria de la ceiba sagrada donde descansa la capitana y el andar firme de Vidalia Sandoval al recorrer los pasillos del museo de la comunidad, Nuevo Horizonte resguarda mucho más que recuerdos de la guerra: custodia el mapa vivo de la dignidad popular. Sus nombres no son reliquias del pasado, sino dos vertientes de una misma historia tejida con sororidad, audacia y resistencia; la de la capitana que educó en igualdad y la de la joven radista que cargó 40 libras de esperanza para salvar vidas a través de las frecuencias del aire. 



Foto: Joel Solano

Al pie de la ceiba descansa la capitana María. 

En esta tierra petenera, el legado de María y Vidalia trasciende el dolor de las masacres para convertirse en siembra consciente. Ellas encarnan la certeza de que la paz no es el silencio de las armas, sino el ejercicio cotidiano de recordar la verdad, defender la vida y entregarle a la juventud la antorcha encendida de una Guatemala libre y con memoria.

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