Mujeres
Claudia Azucena Muñoz Ramos y Diana Rosmery Chávez Alarcón son las dos agentes de la PNC que fueron asesinadas junto a otros ochos agentes en los ataques del 18 de enero en el departamento de Guatemala. Ambas no llegaban ni a los 30 años de edad y sus cuerpos fueron sepultados entre lágrimas y discursos de sus familiares que las despidieron este 20 de enero.
Recientemente, en la plataforma de Amazon se estrenó la serie de 8 episodios llamada “All her fault” [Todo es culpa de ella]. Como protagonistas principales están Sarah Snook como Marissa Irvine, y Dakota Fanning como Jenni Kaminski.
Las redes sociales se han convertido en espacios donde los agresores sexuales acechan a niñas y adolescentes. A través de perfiles falsos y promesas engañosas, estos delincuentes vulneran la seguridad de las menores de edad.
“Es solo un comentario por redes sociales”, “solo un correo electrónico”, “es solo una foto tuya editada para que aparezcas desnuda con un cuerpazo”, “nada más fue un mensaje «para molestar», es su forma de decirte “que le gustas”...
Sara Xicón nos cuenta que en noviembre de 1999 nació la idea de fundar su propia colectiva de barrileteras junto a sus hermanos. Así surgieron las Orquídeas Barrileteras, que este año celebran 26 años de existencia. Fue el primer grupo conformado únicamente por mujeres en participar en el Festival de Barriletes Gigantes de Sumpango, Sacatepéquez; este evento fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 1998 por el Ministerio de Cultura y Deportes.
No recuerdo cuándo fue la última vez que terminé el día con la sensación de haber realizado todo lo que me había propuesto. Incluso en aquellas jornadas en las que siento que logro hacer mucho, siempre hay algo que queda pendiente, como una deuda silenciosa y pesada que se acumula día tras día.
La violencia digital contra mujeres periodistas avanza en el norte de Centroamérica como una estrategia de censura que busca desacreditar el periodismo crítico y generar autocensura en un contexto de impunidad.
“Desde mi perspectiva, el mayor enemigo para las mujeres, para su creatividad y su potencial es la cotidianidad”. Jennie Gabriela Salazar Baños, escritora petenera.
Luego de cuatro años de impunidad y beneficios para los acusados del femicidio de la joven universitaria Melisa Palacios, este 5 de enero, el caso avanzó en el Juzgado de Mayor Riesgo “C” luego de que la jueza Carol Berganza admitiera las más de 200 pruebas ofrecidas por el MP. Además, resolvió que continuará conociendo el juicio contra los acusados María Fernanda Bonilla Archila y José Luis Marroquín Ovalle.
La violencia digital contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni una consecuencia inevitable del uso de las redes sociales. Es una expresión contemporánea de violencias estructurales que, lejos de desaparecer, se adaptan a las nuevas tecnologías para reproducirse, amplificarse y, en muchos casos, garantizar la impunidad. En sociedades marcadas por el patriarcado, la desigualdad y la corrupción, el espacio digital se ha convertido en un nuevo campo de disputa por el poder y la voz pública.
Crecí en Guatemala cuando los teléfonos eran fijos y el correo tardaba días sino meses en llegar; nunca imaginé que en un solo aparato cupiera el mundo. Mi vida transcurrió en analógico mientras lo digital se instalaba sin avisar, transformando todo. La comunicación masiva vino a evolucionar aspectos de la conectividad de manera rápida, fluida y efectiva, no solo con la familia sino con amigos, grupos de personas y organizaciones con intereses comunes y el mismo ejercicio del derecho. Pero … ¿Qué pasa cuando ese mundo en el bolsillo se vuelve un espacio hostil para las mujeres?
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles, pero que duelen igual. Hay batallas que no se libran en las calles, sino a través de una pantalla. Soy una mujer que decidió usar su voz en las redes sociales, y esa decisión cambió mi vida. No escribo esto desde la teoría académica ni desde la distancia de quien analiza un problema ajeno. Escribo desde la vivencia de quien ha sufrido la violencia digital en carne propia, desde la certeza de que mi historia es también la historia de miles de mujeres que hoy callan por miedo.
“Nos llevamos la peor parte por habernos atrevido a ver a los ojos a este sistema corrupto”, Thelma Aldana, exfiscal general de Guatemala.
Las mujeres con voz pública y con incidencia son víctimas de violencia política digital, ante un Estado incapaz de protegerlas. Según estudios realizados en Guatemala, los ataques digitales son dirigidos por grupos de poder a través de net centers.
En Guatemala, la violencia no se detiene en las calles. También habita en los celulares, redes sociales y espacios virtuales donde, bajo la idea de que “solo es internet”, se reproducen agresiones reales que dejan daños profundos y duraderos. Frente a un país que carece de marcos legales claros y mecanismos de justicia eficaces, la colectiva No + Violencia Digital surge como un espacio de acompañamiento, denuncia y acción comunitaria.
La denuncia de la cantante Belinda por violencia digital y mediática contra el cantautor Lupillo Rivera ha puesto en los reflectores el papel fundamental en la protección de las víctimas de violencia digital en Latinoamérica. Aquí te contamos cuáles son los tipos de violencia digital más frecuentes y cómo afecta a las mujeres en cualquier ámbito que se desenvuelven.
Aunque el Índice Global de Brecha de Género (IGBG) del Foro Económico Mundial dice que Guatemala ha mejorado de posición, las cifras aún no reflejan ese avance en la vida de las mujeres. ¿Qué tan profunda es realmente esta mejora?
Oxfam presentó su estudio Libertades en riesgo: ¿quién gana y quién pierde? el cual revela que la alianza estratégica entre las élites económicas, políticos conservadores y religiosos fundamentalistas provocan el retroceso en la garantía de los derechos humanos para las mujeres.
“Esta política es una ofrenda sagrada”, la lucha de Makrina Gudiel que obligó al Estado a proteger a quienes defienden los derechos humanos
En Guatemala, defender los derechos humanos no solo implica levantar la voz, sino también arriesgar la vida. Makrina Gudiel lo sabe desde muy joven: la desaparición forzada de su hermano y el asesinato de su padre marcaron su historia familiar con dolor, pero también con una convicción inquebrantable. Lejos de silenciarla, la convirtió en una de las voces más firmes en la lucha por la justicia y la memoria. Su recorrido ha sido fundamental para que el Estado reconozca, por fin, la necesidad de proteger a quienes defienden la vida y los derechos colectivos.
La narrativa de que existe una prevalencia de falsas denuncias se alimenta de prejuicios antiguos y profundamente misóginos. El discurso promueve que el aumento de denuncias por violencia de género es “artificial” e impulsado por mujeres que mienten, exageran o manipulan a sus hijos e hijas. Lo grave es que esta narrativa encuentra un correlato en instituciones estatales, el legislativo e incluso en influencers que venden la idea de una persecución sistemática contra los hombres.