Tintas
El 2025 fue uno de los años más retadores en la historia de nuestro colectivo. La reducción de fondos en varios proyectos impactó directamente nuestra capacidad de acción. Tuvimos que tomar decisiones dolorosas, entre ellas despedir a parte de nuestro valioso personal trans, personas que no solo sostenían programas, sino también sueños, procesos comunitarios y acompañamientos vitales.
Recientemente, en la plataforma de Amazon se estrenó la serie de 8 episodios llamada “All her fault” [Todo es culpa de ella]. Como protagonistas principales están Sarah Snook como Marissa Irvine, y Dakota Fanning como Jenni Kaminski.
“Desde el momento en que haya un solo desaparecido en Sudamérica o un solo torturado en el mundo, todos los demás somos sobrevivientes (de un sistema que no dudaría en desaparecernos) y sólo por eso hablamos. Y que cada relato, cada gesto de memoria no son sino la lucha de millones de seres humanos por convertirnos en seres humanos y por el derecho a continuar siéndolo”.
“Es solo un comentario por redes sociales”, “solo un correo electrónico”, “es solo una foto tuya editada para que aparezcas desnuda con un cuerpazo”, “nada más fue un mensaje «para molestar», es su forma de decirte “que le gustas”...
Hace un año realizamos la investigación periodística “Violaciones tras las rejas” y descubrimos que detrás de los perfiles de redes sociales que suponían pertenecer a jóvenes adolescentes, había reclusos vinculados con el crimen organizado.
La violencia digital contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni una consecuencia inevitable del uso de las redes sociales. Es una expresión contemporánea de violencias estructurales que, lejos de desaparecer, se adaptan a las nuevas tecnologías para reproducirse, amplificarse y, en muchos casos, garantizar la impunidad. En sociedades marcadas por el patriarcado, la desigualdad y la corrupción, el espacio digital se ha convertido en un nuevo campo de disputa por el poder y la voz pública.
Estados Unidos no hace nada por error, mucho menos cuando está en crisis consigo mismo.
Crecí en Guatemala cuando los teléfonos eran fijos y el correo tardaba días sino meses en llegar; nunca imaginé que en un solo aparato cupiera el mundo. Mi vida transcurrió en analógico mientras lo digital se instalaba sin avisar, transformando todo. La comunicación masiva vino a evolucionar aspectos de la conectividad de manera rápida, fluida y efectiva, no solo con la familia sino con amigos, grupos de personas y organizaciones con intereses comunes y el mismo ejercicio del derecho. Pero … ¿Qué pasa cuando ese mundo en el bolsillo se vuelve un espacio hostil para las mujeres?
La era digital ha marcado nuevos horizontes en las formas de acción de las sociedades, espacios que han sido aprovechados por todos los agentes sociales que buscan cambios o perpetuar formas de poder dominantes. Contra pronóstico, actuar en el espacio digital no ha modificado un sistema que violenta, excluye o discrimina a las mujeres, porque no está pensado para modificar habitus (prácticas) sociales relacionados con los sistemas de opresión, sino asegurar las ganancias de corporaciones y élites que incrementan sus ganancias a partir de la reproducción de viejos comportamientos que usan tecnología de última generación.
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles, pero que duelen igual. Hay batallas que no se libran en las calles, sino a través de una pantalla. Soy una mujer que decidió usar su voz en las redes sociales, y esa decisión cambió mi vida. No escribo esto desde la teoría académica ni desde la distancia de quien analiza un problema ajeno. Escribo desde la vivencia de quien ha sufrido la violencia digital en carne propia, desde la certeza de que mi historia es también la historia de miles de mujeres que hoy callan por miedo.
Siempre que se menciona a Manuela Sáenz se habla de ella como la amante de Bolívar. La insistencia de definir a mujeres por su vínculo con un hombre es algo común y es una injusticia para todas aquellas mujeres que dejaron una marca en la historia, y solo son recordadas por quienes amaron. Manuelita no fue solo un interés romántico: fue protagonista política y militar de la independencia de América del Sur.
La “ideología de género”: el monstruo que creamos al descuidar la información, la unidad y la defensa de los derechos humanos en Guatemala
Durante la última década, en Guatemala y en buena parte de América Latina, se ha consolidado una ofensiva política, religiosa y mediática que ha encontrado en la llamada “ideología de género” un vehículo perfecto para sembrar miedo, manipular y frenar los avances en derechos humanos. Lo que empezó como una narrativa construida desde grupos conservadores transnacionales se convirtió en un monstruo que crece silenciosamente: alimentado por la desinformación, fortalecido por el miedo y sostenido por nuestra falta de unidad como sociedad.
A las mujeres nos enseñaron desde pequeñas a “tener cuidado”. A no andar solas de noche, a no confiar, a caminar rápido, a estar pendientes de todo. Crecemos pensando que eso es lo normal, pero no: es miedo. Un miedo tan metido en nuestra vida que ya ni lo cuestionamos.
Cacería de brujas, la más reciente película de Luca Guadagnino, es de las primeras historias que ofrece un vistazo a un mundo post-#MeToo, el movimiento que hizo que el mundo pusiera atención a los testimonios de violencia contra las mujeres.
Ojalá, en un futuro cercano dejemos de conmemorar días en contra de todas las sombras de esta sociedad; que todos los días sean para construir mejores caminos, mejores rumbos, mejores destinos.
Ser un hombre trans no es sinónimo de machismo. Aunque a muchos les parezca contradictorio, habemos muchas transmasculinidades alejadas del modelo hegemónico de lo que es ser un hombre, y no disfrutamos de muchos de los privilegios que nombrarse en masculino supuestamente conlleva, porque sencillamente no cabemos en esa masculinidad. No encajamos en la idea tradicional, rígida y violenta de lo que significa “ser hombre”. Nuestro camino parte de otras experiencias, otras heridas, otras resistencias.
Asesorar una tesis no implica solo orientar una investigación. Es abrir un diálogo entre generaciones, miradas y experiencias. En las universidades, donde aún pesan las estructuras jerárquicas patriarcales, la asesoría se convierte en un acto político y afectivo. Sentarse al lado de quien investiga -como sugiere la raíz de la palabra “asesorar”- es compartir el placer epistémico. En ese encuentro, se genera un poderoso proceso de interaprendizaje.
Pienso que la mara ya perdió el sentido de estudiar a nivel universitario. Antes estudiar era descubrir, cuestionar, conectar con el conocimiento. Ahora es por una hoja de cartón que se cuelga en la pared y por la competencia laboral que el capitalismo te vende como “éxito”. Y no está mal querer una vida digna, lo indignante es que el sistema haya convertido la educación en una carrera de ratas, donde lo que menos importa es pensar.
El acoso en las universidades no es un hecho aislado, es una expresión de poder patriarcal que atraviesa a las instituciones educativas. Lo que debería ser un espacio para pensar, aprender y crear, se convierte para muchas mujeres en un territorio de riesgo y violencia. El acoso conlleva efectos psicológicos necesarios de visibilizar. La reciente investigación del Observatorio Contra el Acoso Callejero Guatemala (OCACGT) lo evidencia con rigurosidad: estudiar sin acoso todavía es un derecho pendiente.