Ser o no ser mamá en la academia, esa no es la cuestión
Escrito por Ana Lucía Ramazzini Morales
Por Ana Lucía Ramazzini
Soy de las “tías del FB”. Entre las cosas que más disfruto de esa red social están “los recuerdos”; esos pensamientos y fotografías que regresan llenas de nostalgia y que nos traen de vuelta lo vivido años atrás. Hace unos meses reaparecieron dos fotos que me gustan mucho. Una de ellas fue tomada durante una reunión de planificación de un Congreso de Sociología, y mi hijo -de unos siete años- está sentado al centro de las sillas, jugando y “poniendo un poco de atención”. La otra, durante una reunión de claustro de profesoras, en donde nos organizábamos para desarrollar un curso, mientras él dibujaba en el pizarrón a los personajes de su caricatura favorita en aquel momento.


Foto: Cortesía Ana Lucía Ramazzini
Llevarlo era una necesidad práctica, y varias veces se encontró con otros niños y niñas, sobre todo de colegas mamás, “desordenando” los límites de la academia tradicional.
A muchas personas su asistencia a estas actividades les podría haber parecido intrusiva y fuera de lugar. Pero la mayoría del tiempo, se dio en espacios seguros y de acogida. En nuestro hogar hemos vivido una crianza compartida y corresponsable, buscando resignificar la maternidad y paternidad y distribuyéndonos los cuidados para poder continuar con nuestros propios proyectos académicos. Nuestro hijo durante su niñez nos acompañó a diferentes espacios laborales.
Específicamente, la pregunta por la maternidad en la academia por mucho tiempo ha sido formulada como una disyuntiva individual: ser o no ser madre, detenerse o avanzar, cuidar o producir. El sistema nos lleva a pensarlo así -o una cosa o la otra- y esto es una trampa perversa porque oculta las condiciones estructurales en las que debiera ejercerse la maternidad también en este ámbito y, así, cuestionar las lógicas que separan de forma rígida los espacios de producción de conocimiento de los espacios de cuidados. La experiencia para muchas ha implicado tener que elegir entre la posibilidad de maternar o postular a una beca; entre sostener la crianza o cumplir con los ritmos de la carrera académica.
Recientemente, en diversos conversatorios, encuentros y pláticas con varias colegas y amigas, compartíamos que maternar en la academia levanta varias percepciones: desde los ojos tradicionales de algunas autoridades se ve como una “anomalía”, porque se considera que rompe con la productividad, tiempos lineales y trayectorias sin interrupciones. Además, hay quienes llegan a verla como una “incapacidad” para ajustarse a los ritmos, para sumarse a los equipos e, incluso, para generar conocimientos.
Pero la otra cara de esta lógica también es problemática. Algunas colegas expresaban que la decisión de no ser madres dentro de la academia suele traducirse para ellas en la asignación de la eterna disponibilidad de tiempo para hacer tareas del trabajo: “Si no cuidas, entonces puedes -y debes- estar siempre al servicio de las demandas institucionales”.
El dilema, entonces, no es en realidad ser o no ser madre en la academia. El problema es una academia que continúa estructurada sobre la negación del cuidado -incluyendo las precarias condiciones materiales existentes-. Como si pensar, investigar, enseñar fueran acciones desvinculadas de la propia vida. Por eso, en el marco del 10 de mayo, Día de las Madres, abrir esa reflexión es una oportunidad para imaginar -y seguir demandando- otras formas de habitar los espacios, entre estos, la academia; formas más situadas, más justas, y sobre todo, más humanas.
Participaron de esta nota
Ana Lucía Ramazzini Morales
9 artículos