No podemos quedarnos dormidas

Escrito por María de la Paz Castañón

Durante gran parte de la historia las mujeres no teníamos elección ni autonomía. Para el mundo, el lugar de la mujer estaba en la casa. Su responsabilidad eran los hijos. Su realización debía hallarse en el matrimonio. Los hombres estaban hechos para trabajar y participar de la vida pública; las mujeres, para cuidar. Incluso, cuando comenzamos a conquistar espacios fuera del hogar, nuestros cuerpos continúan sujetos a reglas escritas por hombres.

Por María de la Paz Castañón

Durante siglos, esta desigualdad encontró distintas formas de justificarse. A veces fue la religión, otras la tradición, la biología, etcétera. Uno de los ejemplos más claros de lo que ocurre cuando estas ideas se convierten además en política de Estado tuvo lugar durante el régimen franquista en España. La dictadura de Francisco Franco tomó valores que ya existían, los convirtió en un modelo oficial de feminidad y construyó instituciones para reproducirlos.

Una de las principales encargadas de hacerlo fue la Sección Femenina de Falange. Falange fue el movimiento político fascista que terminó integrado al aparato político del régimen franquista. Su organización femenina tenía una misión concreta: formar a las españolas de acuerdo con los valores políticos y religiosos de la dictadura. Las mujeres debían servir a la patria preparándose para formar familias y educar a las nuevas generaciones.

La Enciclopedia para cumplidoras del Servicio Social era una guía de economía doméstica, limpieza, lavado, planchado, decoración, cocina, costura, puericultura e higiene. Además, establecía que la finalidad de estas enseñanzas era conseguir que las jóvenes se convirtieran en “perfectas amas de casa”. También se enseñaba cómo debía vestirse una mujer, se rechazaban prendas que mostraran demasiado su cuerpo y se apelaba al “pudor” y a la “decencia”.

El régimen tenía mecanismos para hacer cumplir ese modelo. Una de estas era, por ejemplo, que las mujeres casadas debían tener la llamada licencia marital, necesitaban autorización de sus maridos para determinados trámites jurídicos. Esta licencia sobrevivió hasta 1975.

El franquismo nos deja claro algo: las ideas sobre lo que una mujer “debe ser” nunca son inofensivas.  Existe una enorme diferencia entre una sociedad en la que alguien piense que las mujeres deberían quedarse en casa, a una en donde un grupo logra que se comience a aceptar como sentido común y se comiencen a realizar cambios con base a estas ideas.

Durante las últimas décadas, las mujeres luchamos y gozamos por primera vez de derechos que nos habían sido negados. Ganamos autonomía jurídica, derechos sexuales y reproductivos, entre otros. También logramos por primera vez acceder a  espacios políticos y  comenzamos a romper la idea de que nuestras vidas debían estar determinadas necesariamente por el matrimonio. Pero cometimos el error de pensar que seguiría en esta trayectoria.

La idea de la mujer franquista ideal está más viva que nunca, regresó con otros nombres, otros discursos, pero con el mismo trasfondo. Se habla de combatir la “ideología de género”, acabar con lo “woke”, recuperar determinados valores tradicionales o corregir los supuestos excesos del feminismo.

Argentina ofrece un ejemplo cercano de esto. Organizaciones feministas y estudiantiles están impulsando talleres de Educación Sexual Integral (ESI) frente a la ofensiva de Javier Milei contra derechos y políticas conquistadas por mujeres y diversidades. Entre las preocupaciones que plantean están los ataques a la ESI, los cuestionamientos al derecho al aborto y las propuestas relacionadas con eliminar la figura del femicidio del Código Penal. Imagínate que en Estados Unidos hay conferencias en donde miles de mujeres declaran que renunciarían a su derecho al voto.

Sin embargo, no olvidemos algo: tenemos una ventaja enorme, esto ya lo vivieron otras mujeres antes de nosotras. Ahora podemos reconocer esos procesos cuando están ocurriendo frente a nosotros.

Porque los derechos de las mujeres no desaparecen necesariamente de un día para otro. Primero se cuestiona su legitimidad. Después se instala la idea de que las conquistas fueron demasiado lejos. Y, cuando el retroceso comienza a parecer razonable, se vuelve políticamente posible recortarlas.

La historia de las mujeres nunca ha sido una línea recta hacia la igualdad. La pregunta es qué vamos a hacer ahora que nuevamente se están disputando el lugar, los derechos y la autonomía de las mujeres.

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María de la Paz Castañón

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