“No es ayuda, es trabajo”: la historia de La Morena, trabajadora doméstica
Escrito por Angie Ross
Sentada en la Plaza de las Niñas, durante la Feria Informativa para las Trabajadoras Domésticas, del Hogar y de Casa Particular, este 12 de abril, La Morena dibuja con crayones mientras habla. Acepta contar su historia con un pseudónimo. Tiene 38 años y desde hace una década se desempeña como trabajadora doméstica.
Por Angie Ross
En el bullicio de la feria organizada por el consorcio por los Derechos Laborales y del Cuidado Remunerado y no Remunerado de las Mujeres, conformado por la Asociación de Mujeres en Solidaridad -Ames-, el Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia -Sitradomsa-, Ruda y Bizkaia, con el apoyo de Oxfam, La Morena decide narrar su historia desde el anonimato.
Esta empieza con una separación. De su pareja, papá de sus hijas. De la vida que tenía antes. Desde entonces, sus días comienzan antes de que amanezca.
“Me levantaba a las 5 de la mañana para dejarles refacción a mis hijas”, cuenta. A las 6 ya iba de salida. Dos horas de camino para llegar hasta la zona 18. Si el tráfico no la detenía, llegaba a las 8. Si no, tocaba explicar por qué.

La Morena y sus hijas, dibujadas por ella misma. Foto: Angie Ross
“A veces se molestaban si uno llegaba tarde… pero con el tiempo entendían que es el tráfico”.
Su jornada era de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Limpieza. Solo limpieza, en teoría.
Pero no siempre era así.
“Cuando me contrataron no me dijeron todo lo que tenía que hacer. Ya cuando uno llega, le dicen: ‘Tiene que hacer esto, esto y esto…’, y el día no alcanza”.
Aun así, siguió. Como muchas. Porque ser trabajadora del hogar no es solo un trabajo. Son dos. “Llevamos dos casas: la nuestra y la de otros”, dice. “Es como tener doble vida”. Después de limpiar una casa ajena, volvía a la suya, a seguir trabajando. A seguir siendo madre. “No es fácil levantarse temprano y acostarse tarde todos los días”.
Por ese trabajo gana Q100 al día.
“Uno se conforma con lo poquito que gana, pero sí trae consecuencias”, explica. “A veces uno dice: ‘Si no voy, esos cien ¿quién me los va a dar?’”.
Las cuentas no alcanzan. La comida se ajusta. “Hoy no compro carne, hoy unas yerbitas… para ir estirando el dinero”.
En Guatemala, el trabajo del hogar continúa siendo uno de los más precarizados. Los salarios suelen ser bajos y, en muchos casos, no cubren el costo de la canasta básica ni garantizan condiciones laborales dignas.
A eso se suma el miedo.
“Salimos sin saber si vamos a regresar”, dice, refiriéndose al peligro en los buses, a los asaltos, a la rutina diaria que también implica riesgo.
Y también está lo que no siempre se nombra: la violencia.
“No es que le peguen a uno, pero la forma en que le hablan… o que uno saluda y medio le contestan. Eso se siente feo”.
La indiferencia, la discriminación por el color de piel o la forma de vestir, también pesan. “Todos somos iguales, pero a veces lo hacen de menos a uno”.
Estas formas de trato, muchas veces normalizadas, forman parte de la violencia laboral que enfrentan las trabajadoras del hogar, donde la desigualdad se expresa no solo en el salario, sino también en el trato cotidiano.
Fue a través de una conocida, Noemí, que “La Morena” se acercó por primera vez a un espacio organizativo. Ella la invitó a participar en reuniones impulsadas por la Asociación Mujeres en Solidaridad (Ames), donde brindan orientación a trabajadoras del hogar.

Trabajadoras domésticas, del hogar y de casa particular organizadas caminan por la Sexta Avenida del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, previo a participar en la Feria informativa. Foto: Violeta Cetino
Esto ocurrió poco antes de la pandemia, un periodo que también marcó un antes y un después en su vida laboral. Durante ese tiempo, como muchas otras trabajadoras, dejó de salir a trabajar debido a las restricciones sanitarias, lo que impactó directamente en su economía.
A pesar de las dificultades, fue en estos espacios donde comenzó a conocer más sobre sus derechos y a encontrar herramientas para defenderse.
“Uno no sabía muchas cosas, pero poco a poco va aprendiendo”, cuenta.
“Antes no sabía cómo defenderme. Ahora poco a poco voy aprendiendo”.
Ahí también entendió algo clave:
“No es ayuda, es trabajo. Porque ayuda es si uno quiere; trabajo es sí o sí”.
A pesar de su rol fundamental en el sostenimiento de miles de hogares, el trabajo doméstico continúa siendo invisibilizado y poco reconocido socialmente. Y aunque muchas veces el miedo a perder el empleo la ha hecho callar, también reconoce el peso de su trabajo.
“Nosotras también sostenemos este país. Si no hiciéramos esto, el país estaría en el suelo”.
Antes de despedirse, vuelve a lo esencial. A lo que sostiene todo.
“Entre mujeres debemos apoyarnos”, dice.
Y aunque no lo dice como consigna, sino desde la experiencia, su historia deja claro que lo que hace todos los días no es ayuda.
Es trabajo.
Y es vida.
Participaron de esta nota
Angie Ross
140 artículos