Mujeres de Chimaltenango se especializan en salud sexual y reproductiva Foto: Joel Solano

Mujeres de distintos municipios de Chimaltenango se especializan en salud sexual y reproductiva

Escrito por Joel Solano

Mujeres de cuatro municipios de Chimaltenango se graduaron el pasado 27 de septiembre como auxiliares de enfermería especializadas en derechos sexuales y reproductivos, un programa comunitario enfocado en dignificar la labor de las enfermeras en la salud pública, romper ciclos de violencia y desigualdad y promover la autonomía económica de las mujeres.

Por Joel Solano

Cada domingo de madrugada, veintidós mujeres salían de sus comunidades o municipios con la ilusión de ser enfermeras. Antes de ir a estudiar dejaban la comida servida y los quehaceres de la casa listos para abordar el transporte hacia las aulas. Ese esfuerzo sostenido durante diez módulos de formación refleja la realidad de decenas de madres autónomas y mujeres jóvenes que, tras años de haber pausado sus estudios por la crianza o las limitantes económicas, decidieron reapropiarse de su tiempo para formarse en salud comunitaria.

En Chimaltenango, la culminación de la tercera promoción del Diplomado en auxiliares de enfermería con especialidad en derechos sexuales y reproductivos representa un paso concreto hacia la autonomía económica y la atención digna en la salud comunitaria. Con esta graduación suman ya 60 mujeres de tres promociones, marcando un hito en el fortalecimiento de los hogares locales. Los conocimientos adquiridos les permiten laborar en centros de salud, atender a personas enfermas a domicilio o prestar servicios de inyecciones y sueros desde sus propias viviendas.

Madrugar los domingos y gestionar los cuidados, la rutina para ir a estudiar y lograr un sueño. Foto: Joel Solano

El pasado 27 de septiembre, veintidós enfermeras originarias de San Martín Jilotepeque, Santiago Sacatepéquez, Patzicía y El Tejar culminaron su formación académica. Esta amplia cobertura territorial demuestra que los conocimientos no se quedan concentrados en las cabeceras urbanas, sino que echan raíces en distintos rincones de Chimaltenango para fortalecer la atención comunitaria a través de profesionales que multiplicarán estos aprendizajes en cada uno de los centros de salud y espacios donde les toque ejercer.

Formación para la autonomía y la equidad

La incorporación de los derechos sexuales y reproductivos en la formación de las enfermeras comunitarias busca garantizar que la atención en salud se reconozca como un derecho fundamental y no como una simple concesión o ayuda temporal. Con este proceso se persigue no solo dignificar la labor en los puestos de salud, sino también abrir rutas concretas de autonomía económica para las profesionales de los territorios.

Rosa Escobar, integrante de la Asociación Mujeres en Solidaridad (AMES), dijo que la preparación de las graduadas representa una fuerza colectiva capaz de romper con años de inequidad y agresiones en los territorios. La activista sostiene que la formación adquirida les permite contar con la capacidad necesaria para promover, defender y sensibilizar sobre sus derechos, llevando acciones concretas desde el ámbito personal hasta los espacios comunitarios y la ciudad de Guatemala.

Es necesario denunciar y promover que cese ya la violencia contra las mujeres, porque la violencia sexual y la violencia en general son un delito, enfatizó Escobar, convencida de que el acceso a la información y la autonomía económica de cada una de las participantes se convertirá en la herramienta clave para transformar las dinámicas de desigualdad y renovar la atención de salud en sus pueblos.

El acceso a la formación académica de las enfermeras contribuye a transformar las dinámicas de desigualdad. Foto Joel Solano

“Es importante que esos derechos sexuales y reproductivos, ese derecho a la salud, esos derechos laborales cada vez sean conocidos como esa parte que es un derecho, no es solamente un apoyo”, explicó Escobar, destacando que el objetivo final es brindar un servicio con calidad y calidez humana que respete la realidad de cada mujer y les permita avanzar en condiciones dignas en sus propias comunidades.

Sandra Lorena Sequén, facilitadora comunitaria de AMES, destacó que la formación busca consolidar un ejercicio médico consciente y humano donde el personal respete integralmente a las usuarias, al tiempo que abre oportunidades laborales reales para madres autónomas, sobrevivientes de violencia y mujeres jóvenes cuya situación económica les había impedido cumplir sus metas.

“Estamos formando auxiliares de enfermería conscientes, humanitarias, que puedan respetar en el momento de atender a los pacientes”, indicó Sequén al explicar cómo este proceso brinda un título acreditado que permite a las participantes superar barreras de empleo y fortalecer su independencia dentro de sus territorios.

Visibilizar el trabajo del cuidado

Uno de los mayores desafíos que enfrentan las enfermeras en el ejercicio de su labor diaria es la falta de valoración hacia el trabajo del cuidado, un esfuerzo indispensable que históricamente ha recaído sobre las mujeres sin recibir el crédito adecuado. Esta invisibilización perpetúa brechas que afectan la labor en salud pública dentro del país, obstaculizando una atención justa y digna.

“Creemos que también el derecho al cuidado, de cuidar y ser cuidados debe de promocionarse”, aseguró Escobar, subrayando que mediante el acceso constante a la información comunitaria se busca desmontar las desigualdades históricas y garantizar que las trabajadoras de la salud ejerzan sus derechos fundamentales en condiciones de respeto y equidad.

Respaldado por el Gobierno de Navarra, este proceso formativo busca abrir espacios para mujeres que históricamente han enfrentado barreras de oportunidad y situaciones de violencia, la mayoría de ellas madres autónomas o que asumen solas la crianza de sus familias. Para integrarse a las clases, las participantes deben hacer un doble esfuerzo al madrugar los domingos, su único día de descanso, y dejar preparadas las tareas del hogar antes de salir de sus comunidades.

“Esperamos que con el esfuerzo y la capacitación que ellas tienen poder ir construyendo relaciones diferentes donde la familia, los hombres, toda la familia se integre a la redistribución del trabajo”, enfatizó Escobar, recordando que son precisamente los cuidados asumidos por las mujeres los que sostienen en gran medida la economía del país y de sus propios hogares.

Historia de superación en el territorio

Aunque al principio parecía un sueño inalcanzable, la constancia y el esfuerzo colectivo permitieron que Darlyn Simaj, originaria de la cabecera departamental de Chimaltenango, y sus compañeras completaran su proceso de formación, superando los retos cotidianos que implica la crianza y la economía familiar.

“A veces ha costado bastante por el tema de los hijos, se enferman, el dinero o gastos por cualquier motivo, pero eso no fue impedimento”, dijo Simaj tras culminar su graduación, al destacar que el respaldo recibido por parte de AMES y Oxfam fue determinante para sostener este camino. Su testimonio refleja la determinación de un grupo integrado por madres y mujeres solteras que, a pesar de las dificultades del entorno, se esmeraron día a día hasta celebrar juntas este logro.

El derecho a decidir y aprender fuera del hogar sigue enfrentando trabas como los celos o el control de las parejas, una realidad que muchas mujeres rompen al defender su propia libertad sin descuidar a sus familias. Para Simaj, el motor principal de este esfuerzo fue su propia hija: “Tengo una niña con discapacidad, ella fue mi motivo para poder seguir y hasta hoy en día ella está presente conmigo”, señaló al recordar que el reto más grande fue encontrar a alguien de confianza que la cuidara durante los desvelos y las largas jornadas de prácticas. A pesar de la exigencia física y emocional que implicó ausentarse días y noches enteras, sostiene con orgullo que la presencia de su pequeña al final del camino demuestra que el esfuerzo valió la pena.

Tengo una niña con discapacidad, ella fue mi motivo para poder seguir: Darlyn Simaj. Foto Joel Solano

El acompañamiento entre mujeres de la comunidad busca tender una mano a quienes enfrentan situaciones de violencia física, psicológica o sexual, abriendo espacios de orientación y consulta donde la confidencialidad es la norma fundamental.

“Nos corresponde a nosotras orientarlas y decirles cómo deben actuar si es necesario algo legal o no”, manifestó Darlyn Simaj, al detallar que el trabajo informativo abarca desde la salud reproductiva y los cuidados en pareja hasta la identificación temprana de síntomas médicos para prevenir complicaciones graves. Asimismo, enfatizó que resguardar bajo estricta ética profesional lo que cada mujer comparte en la intimidad resulta indispensable para asegurar que ellas se sientan respaldadas al tomar decisiones sobre su propia vida.

Tras haber superado una profunda etapa de depresión, Simaj hace un llamado a las mujeres de la comunidad para que rompan el silencio frente a cualquier situación de abuso y salgan a buscar alternativas para sus vidas: “No se limiten a que, si ya son madres o que posiblemente son madres solteras, casadas o si son jóvenes, pero no tienen la posibilidad de poder pagar algo”, compartió al recordar que su propio camino cambió cuando decidió aprovechar la oportunidad de formación que le brindó AMES. Su mensaje invita a buscar apoyo en el personal de enfermería o en personas de confianza, pues sostiene con firmeza que siempre es posible levantarse, vencer el miedo y construir un futuro propio a partir de las oportunidades que surgen en el territorio.

Metodología y apoyo integral

A través de diez módulos de formación que abren espacio al diálogo y al conocimiento de sus derechos, la Asociación de Mujeres en Solidaridad busca que más jóvenes y mujeres de Chimaltenango retomen sus metas y logren autonomía en sus decisiones diarias.

Sandra Lorena Xiquín Sequén, integrante de AMES con sede en El Tejar, explica que la propuesta metodológica enseña a transformar la dinámica del hogar, remarcando que se busca comunicación antes que su misión: “Aquí aprendemos no a pelearnos con los hombres, sino que, a comunicarnos de otra forma, de que nosotras podemos salir adelante también”.

Aquí aprendemos no a pelearnos con los hombres, sino a comunicarnos: Sandra Xiquín. Foto Joel Solano

La facilitadora añadió que el programa apoya principalmente a mujeres de entre 18 y 27 años, priorizando a quienes han vivido situaciones de violencia o limitaciones económicas al cubrirles la alimentación, el transporte, la enseñanza y un kit de trabajo, para garantizar que ninguna participante abandone su formación por falta de recursos.

Xiquín manifestó que el aprendizaje adquiere sentido cuando las graduandas logran apropiarse de estas herramientas para transformar sus vidas, recalcando que el objetivo principal es que ellas conozcan sus derechos para que puedan ejercerlos bien y puedan ser autónomas de derechos, para que ellas puedan decidir sobre su cuerpo y vida también.

El reto del reconocimiento oficial

Aunque la Escuela de Formación ha capacitado a las participantes para desempeñarse en cualquier espacio de salud, muchas de ellas enfrentan barreras para insertarse laboralmente debido a que no cuentan con la educación básica requerida por los marcos institucionales. Frente a esta realidad, la organización impulsora busca avanzar hacia el reconocimiento formal de los estudios para responder a la escasez de personal sanitario en los territorios y elevar la atención comunitaria.

“Esa certificación estaremos promoviéndola para que tanto el Ministerio de Salud, que se requiere de tantas enfermeras para trabajar, para apoyar, para que Guatemala cuente con mejores condiciones de atención en la salud, en calidad y calidez”, indicó Escobar, asegurando que mantendrán las gestiones para lograr el aval oficial de la graduación y garantizar así una atención digna y equitativa en los puestos de salud.

Sin embargo, el principal impulso del proceso ha sido despertar en las participantes el deseo de retomar las aulas tras años de haber suspendido su formación.

“Hemos tenido experiencias muy lindas en esta organización de mujeres que estaban trabajando en sus casas, que luego de graduarse de enfermeras se le abrió una puerta para seguir estudiando y hoy tenemos ya una psicóloga, tenemos una química”, contó Escobar, convencida de que este aprendizaje técnico funciona como una puerta abierta para que cada vez más mujeres profesionales transformen sus vidas y aporten al bienestar de sus comunidades.

Una mirada integral desde las ciencias sociales

Helen Mejía es una de las graduadas, originaria del municipio de San Martín Jilotepeque y estudiante de Ciencias Sociales en la universidad. Indicó que la salud no es un asunto exclusivo del personal médico, sino una realidad comunitaria que se deteriora entre la desnutrición y malos hábitos moldeados por el propio entorno social. Su apuesta busca conectar las ciencias sociales con la medicina para incidir en el territorio, poniendo la mirada en las mujeres, quienes enfrentan  jornadas más exhaustivas tanto de día como de noche. Tal como enfatizó la joven, al disponer de menor tiempo para descansar o recrearse, son ellas las más expuestas a enfermar y quienes encarnan las mayores desigualdades, por lo cual recalca la urgencia de abordar esa brecha de género.

Cuando las mujeres acuden por sí mismas a buscar atención médica, suelen enfrentarse a cuestionamientos que van más allá de sus dolencias físicas, cargando con prejuicios sociales que los hombres no sufren. Helen explicó que muchas veces se les juzga o se les pregunta “¿Dónde está su esposo?”, cuando buscan asistencia por padecimientos propios de su salud, un trato desequilibrado que termina por violentarlas en su dignidad. Ante esta realidad, Mejía sostiene que la atención de enfermería debe recuperar el sentido humano de servicio a la comunidad y atender a las pacientes con empatía e inmediatez, entendiendo la urgencia de su contexto y respetando plenamente sus derechos.

Hablar de salud sexual y reproductiva en los territorios exige comprender realidades distintas a las de la capital. Como señaló Helen, en departamentos como Chimaltenango la diversidad sexual existe y es latente, aunque se mantenga invisibilizada. Esta mirada integral también abarca el día a día del personal médico, que atiende bajo una constante presión comunitaria y laboral; Mejía recordó que las enfermeras lidian con carreteras complejas, transporte deficiente y salarios que no compensan su esfuerzo, enfrentando la exigencia de atender siempre con una sonrisa. Por ello, añadió que no se trata de despojar a las trabajadoras de sus creencias o vivencias personales, sino de reconocer sus condiciones concretas para brindarles una formación amplia que respete tanto la fe como las necesidades de cada paciente en su propio entorno.

Helen Mejía rescata la importancia de atender la salud sexual y la diversidad en Chimaltenango. Foto: Joel Solano

Atender la salud en los municipios de Chimaltenango exige un compromiso real con la comunidad y la disposición constante de desaprender prejuicios. Helen Mejía argumentó que, aunque no resulte cotidiano cruzarse con personas que se identifican como transexuales en el territorio, eso jamás debe privarlas de una atención digna, recordando que ello no quiere decir que no existan o que no merezcan ser atendidas con respeto. Además, remarca que los padecimientos no caminan aislados de la economía ni de la vida social, por lo que sostiene que quien entra a formarse en este campo debe hacerlo con vocación de servicio comunitario y no por mero beneficio económico.

El respaldo familiar como pilar de transformación

Marta Lidia Buchán expresó una profunda gratitud hacia la asociación que acompañó el proceso educativo de su hija Jenny, convencida de que los conocimientos adquiridos no solo le permitirán abrirse paso en el mercado laboral, sino que transformaron su perspectiva frente a las dificultades diarias. Al recordar el esfuerzo familiar y la determinación de la joven, destacó cómo el ejemplo de su propia hija terminó por derribar los límites y temores que muchas mujeres enfrentan en el territorio: “Yo vi algo positivo en mi hija, ella siempre me decía: ‘Yo puedo’, y gracias a Dios lo logró”, dijo Lidia, enfatizando que este logro representa una oportunidad concreta para que las jóvenes alcancen mejores condiciones de vida y construyan espacios de trabajo más dignos sin abandonar sus proyectos personales.

Yo vi algo positivo en mi hija, ella siempre me decía: “Yo puedo”: Marta Lidia Buchán.    Foto: Joel Solano

Detrás del camino recorrido por la joven hay una historia de respaldo familiar constante, marcada por la decisión de romper barreras culturales frente a las oportunidades de las mujeres en las comunidades. Su madre recuerda con claridad cómo desde pequeña la vocación de servicio guiaba cada una de sus conversaciones, cuando solía repetirle: “Yo quiero ser enfermera, yo quiero ayudar a las demás personas, sin temor a los retos del oficio”. Aunque reconoce que en el trayecto enfrentaron momentos difíciles y limitantes económicas, Marta Lidia Buchán enfatizó que junto a su esposo nunca dudaron en impulsarla a seguir sus sueños, celebrando con profunda alegría la llegada a esta meta que fortalece el futuro de las mujeres de su hogar.

La graduación de estas 22 mujeres es, ante todo, una victoria contra el silencio, las barreras económicas y los mandatos culturales que históricamente limitaron su desarrollo. Historias como las de Darlyn, Helen y Jenny confirman que cuando a una mujer se le brindan herramientas, formación y acompañamiento, el impacto no se queda en lo personal: se multiplica en sus familias, transforma sus puestos de salud y abre camino para que las siguientes generaciones ejerzan plenamente su derecho a decidir, sanar y cuidar con dignidad.

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