María del Carmen también tiene sueños: la historia de una trabajadora doméstica en la capital
Escrito por Regina Pérez
Proveniente de una familia numerosa de nueve hermanas y hermanos, María del Carmen aprendió a trabajar desde que era una niña. A pesar de su corta edad, 20 años, se ha desempeñado en numerosos trabajos, desde niñera, enfermera, trabajadora doméstica y encargada de limpieza. En una entrevista con Ruda contó su historia de vida, misma que refleja la realidad de miles de trabajadoras domésticas en Guatemala que luchan por el reconocimiento de la labor que realizan en la economía de los cuidados.
Por Regina Pérez
María del Carmen (nombre ficticio) se convirtió en adulta antes de tiempo. A los 13 años ya era una adolescente independiente con dos trabajos.
Es la sexta de nueve hermanos, nació en la capital pero sus raíces vienen de Chuarrancho, un municipio del departamento de Guatemala, a unos 36 kilómetros de distancia.
Su historia está atravesada por la pobreza, la falta de oportunidades e incluso, el abuso sexual. A su corta edad, 20 años, ha vivido diversas experiencias en el trabajo doméstico y de cuidados.
Desde los 7 años ayudaba a su mamá a elaborar tortillas y la acompañaba a vender refacciones a La Terminal, en la zona 4.
Ha trabajado desde los 13 años, como niñera, en una abarrotería, en un restaurante, cuidó a una adulta mayor que padecía de Alzheimer y luego buscó trabajo doméstico, lavando ropa, haciendo limpieza y todo tipo de tareas que se requieren en un hogar. A sus 17 años se convirtió en madre. Eso no le impidió seguir realizando el trabajo doméstico remunerado.
Actualmente, trabaja en labores de limpieza para la Asociación de Mujeres en Solidaridad (AMES), una iniciativa de la defensora de derechos humanos Rosa Marina Escobar que surgió en 1996, que tiene como misión informar a las mujeres trabajadoras sobre sus derechos y apoyarlas cuando buscan justicia en el tema laboral.
En AMES, una organización a la que llegó luego de que uno de sus empleadores le hiciera mención de su existencia, María del Carmen tuvo la oportunidad de estudiar enfermería, un curso avalado por el Ministerio de Trabajo (Mintrab) con una duración aproximada de dos años, yendo a estudiar cada domingo.
Aunque no lo sepa explicar en los términos técnicos que utilizan la Organización Internacional del Trabajo (OIT), o el Ministerio de Trabajo, María del Carmen se ha desenvuelto en la economía de cuidados gran parte de su vida.
Según la OIT, esto se refiere al trabajo de cuidados, remunerado y no remunerado, prestado a través de los sectores público y privado, incluidas las micro, pequeñas y medianas empresas, organizaciones sin fines de lucro, la economía social y solidaria y los hogares.
Entre las actividades incluidas en la economía del cuidado están las que se orientan a sostener la calidad de vida, fortalecer las capacidades humanas; desarrolla las oportunidades y la resiliencia, satisface una serie de necesidades físicas, psicológicas, cognitivas, de salud mental y de desarrollo en todas las etapas de la vida, e incluye a la niñez, la juventud, los adultos, las personas mayores, las personas con discapacidad, las y los cuidadores.
El trabajo no remunerado es proporcionado por la familia y por las redes sociales de los receptores de cuidados, cita el estudio “Estudio sobre el trabajo doméstico en Guatemala”, del Ministerio de Trabajo, publicado en julio de 2026.
María del Carmen ha trabajado desde que tenía 7 años, con su madre, y se independizó a los 13.
Foto: Eddy Zeta
En el caso de María del Carmen, en su hogar ella se encarga de lavar, cocinar y proveer de cuidados a su hija y a su pareja. “Nosotras procuramos cuidar a los demás, y llega el punto en que nosotras nos descuidamos”, reflexionó.
Durante la entrevista se le nota arreglada, maquillada y con el pelo cuidado, pero hizo ver: Invertí tiempo, me tuve que levantar temprano (para arreglarse) porque si no, no me da tiempo.
De tener dos trabajos a ser cuidadora
María del Carmen es franca a la hora de contar su historia. Comentó cómo la mala relación que tenía con su padre y su madre la obligaron a irse de su casa a los 13 años.
A los 15 años ya tenía dos trabajos: en el día laboraba en una abarrotería ganando Q1,600, y de noche en un restaurante como mesera, devengando Q1800.
Se fue de su casa a los 13 años, pero ella ya se sentía independiente. “No le voy a decir que me fui de mi casa porque desde los 13 años yo prácticamente me valía por mi misma, yo ya era muy independiente, trabajaba, tenía mi dinero, incluso les daba algo a ellos”, dijo en entrevista con Ruda.
Únicamente cursó primero básico porque así lo decidieron sus progenitores, quienes le indicaron que si quería seguir estudiando tenía que trabajar para costear sus estudios. Esta decisión contrasta con la forma en que trataron a sus hermanos mayores a quienes sí les costearon estudios universitarios, pero ellos no los concluyeron.
María del Carmen considera que esa fue la razón por la que a ella y a sus demás hermanos ya no les dieron esa oportunidad. Lamenta que sus hermanos no hayan aprovechado ese apoyo y que condenaron a los más pequeños a no tener estudios.
Trabajar en la tienda de día y en el restaurante de noche fue demasiado agotador. En una ocasión, un joven se le acercó y le pidió que cuidara a su madre, quien padecía de Alzheimer.
Miles de trabajadoras domésticas en Guatemala no gozan de derechos laborales.
Foto: Nora Pérez
Su turno era de más de 24 horas, entraba a las 6:00 de la mañana y salía a las 9:00 de la mañana del día siguiente. Trabajaba un día sí y otro no, sus tareas consistían en darle la comida a la anciana, bañarla, cambiarla y tener su ropa limpia. Había noches en las cuales no lograba dormir bien ya que la paciente se levantaba de madrugada e intentaba salir de la casa.
“Se comportan como niños, a veces me gritaba, ‘¡Déjame salir!’, y decía insultos. A veces tiraba cosas o tiraba la comida”, recordó María del Carmen. Con cariño le decía “mama” o la llamaba por su nombre “Julita, no seas así”, para calmarla.
Tuvo que dejar el trabajo cuando su empleador le indicó que enviaría a su madre a un asilo, para desahuciarla. La señora falleció un mes después.
El trabajo doméstico: sin prestaciones ni horario
Tras quedarse sin esa ocupación, María del Carmen se vio obligada a buscar trabajo nuevamente. Sin estudios, una de las pocas opciones para muchas mujeres es el trabajo doméstico en casas particulares. Según el Ministerio de Trabajo, el 50 % de las personas que se ocupan en este sector solo han completado la educación primaria, lo que confirma que el trabajo doméstico absorbe principalmente a personas con niveles de educación relativamente bajos.
Muchas mujeres, como María del Carmen, se ven obligadas a abandonar sus estudios debido a la necesidad de incorporarse al sector laboral a muy temprana edad.
Cuando comenzó a buscar trabajo, las ofertas de empleo que ella encontraba ofrecían entre Q75 a Q125 al día. En su último empleo, en una casa particular, le pagaban Q125 al día, entraba a las 7:00 de la mañana y salía a las 5:00 de la tarde; sin embargo, su jornada laboral no siempre concluía a esa hora, lo cual le preocupaba ya que después de las 6:00 de la tarde era difícil encontrar buses que la llevaran cerca de su casa.
Aunado a ello solo descansaba cada quince días, sábado y domingo.
En ocasiones, sus empleadores le indicaban que le pagarían el servicio de Uber pero se tenía que quedar hasta las 8:00 o 9:00 horas de la noche. Esas horas extra no eran remuneradas. Trabajando en esa casa, de dos niveles, tenía que lavar, planchar y a veces cocinar para cinco personas. A veces, hasta le pedían “apoyo” para realizar la tarea de sus hijos.
A inicios de este año tomó la decisión de abandonar el trabajo debido a que su empleadora tenía muchos problemas personales y ella sentía que su mal humor recaía en ella y las demás trabajadoras con malos tratos. “Nos gritaba o a veces por la confianza que tenía con nosotras se pasaba con las bromas”, indicó.
Además, María del Carmen ya había formado una familia y ya no disponía de tiempo para cuidar a su hija. Eso requería que antes de que fuera a realizar su jornada diaria ella tenía que dejar todo listo en su hogar.
Si tenía que llevar a su hija a una cita médica, sus empleadores le requerían un comprobante. O una vez que tuvo que sacarse una muela que requería dos días de descanso, solo le dieron un día para recuperarse.

María del Carmen en una entrevista con Ruda en la ciudad de Guatemala.
Foto: Nora Pérez
Pero hubo una situación que le llevó a tomar la decisión de renunciar. Su suegra, quien se dedicaba a cuidar a su hija para que María del Carmen pudiera ir a trabajar, le informó que ya no podría hacerlo ya que había conseguido un “trabajito”. En una experiencia previa en la que no encontró quién cuidara a su hija, su empleadora le dijo que no podía llevarla a la casa, temía que rompiera cosas de valor. La bebé tenía 2 años.
Eso la llevó a dejar ese trabajo de un día para otro. Su empleadora le recriminó haber abandonado su trabajo y la señaló de falta de responsabilidad.
¿Cuánto gana una trabajadora doméstica de casa particular?
El Ministerio de Trabajo calcula que en Guatemala para 2025 había 315,933 trabajadoras domésticas y de casa particular, y la tendencia general es de crecimiento en el mediano plazo. En 2025 este sector representó el 4.3 % del total de personas ocupadas.
Según las estadísticas, el trabajo doméstico remunerado se caracteriza por una alta y persistente participación femenina, alcanzado un 93 % entre 2013 y 2025. El ingreso laboral promedio para una trabajadora doméstica al mes es de alrededor Q 1230.2, en comparación, un empleado de gobierno ganaría alrededor de Q 5595.3 y un empleado de empresa privada Q3,701, una brecha considerable.
María del Carmen señaló que el trabajo doméstico y de cuidados remunerado o no remunerado debe ser reconocido porque quienes lo realizan se esfuerzan y ponen empeño en él, “Una de mujer también se cansa, una mujer también da vida, hace el oficio, gracias a nosotras ellos tienen ropa limpia, tienen comida, en el hogar cumplimos esas funciones y también en un trabajo doméstico”, aseguró.
Son los mismos trabajos que realiza en su hogar día a día, pero que no es pagado. “Donde yo trabajaba, lavaba ropa, hacía comida, la limpieza, había que bañar al niño, son cosas que uno hace en la casa, las haces si estás o no en tu casa, pero una también se cansa y en el trabajo, sí o sí lo tienes que hacer, y ahí sí te pagan”, indicó.
Por eso, considera que desde la niñez es bueno inculcar tanto a niñas y niños a realizar sus quehaceres. “Hay hombres que dependen tanto de una mujer que cuando se quedan solos no saben qué hacer”.
Los golpes de la vida
Al preguntarle qué es lo más difícil que ha enfrentado en el trabajo doméstico mencionó varias situaciones, como el jefe que tuvo en la abarrotería que a veces las llamaba “inútiles” o hacía comentarios sexuales sobre su cuerpo.
No faltaron ocasiones en que al acudir a lavar o hacer limpieza, hombres le hicieran propuestas indecentes con el ofrecimiento de pagarle un poco más. “A veces me ponían de mal humor; una vez fui a hacer limpieza en la casa de una persona mayor, él se acercó y me abrazó, sentí incómodo. Me dijo, ‘Ahorita no hay nadie, vení’. Me agarró del brazo y empezó a jalarme. Le pedí que me soltara. Yo tenía 14 años”.
Esa vez le dijo que era la primera y última vez que la volvía a tocar o si no le contaría a su esposa y a todo el mundo. Lastimosamente esa no era la única experiencia de esa índole que sufrió en la vida.
“En mi entorno familiar, mi abuelo estuvo a punto de violarme. No se me olvida porque era un Día de Muertos, se aprovechó de que yo estaba triste, yo tenía como 12 o 13 años, me encontró llorando y me empezó a abrazar y me dijo que me iba a dar besitos, yo reaccioné y le dije ‘Suélteme’, y aunque era mi abuelo, le pegué una patada y me fui corriendo”.
Sin embargo, considera que el error que cometió fue no contarle a nadie lo que pasó. Pasaron varios años antes de que se atreviera a contarlo, cuando tenía 17. “Mi mamá reaccionó muy mal porque mi hermana ya había sufrido de violación”. La hermana no solo sufrió el abuso sexual por parte del abuelo sino también de un vecino, a quien sí se le pudo juzgar y se le condenó a 10 años de prisión.
La madre hizo una reunión y expuso al abuelo frente a toda la familia. Pero el caso no llegó a más.
Otro de los momentos dolorosos de su vida fue cuando sus progenitores la llevaron a la Procuraduría General de la Nación (PGN) cuando tenía 12 años, por recomendación de una vecina que la veía jugando pelota en la calle y era algo que no le permitían hacer.
Estuvo a punto de ser ingresada a una casa hogar y cuando escuchó el caso del Hogar “Seguro” Virgen de la Asunción, en 2017, se puso a pensar en qué hubiera pasado si ella hubiera sido una de las 41 niñas que murieron quemadas en ese crimen. Sin embargo, sus padres se retractaron y ya no firmaron la autorización para que la llevaran.
Una de las psicólogas que la atendió como parte del proceso le preguntó si alguna vez sus padres la habían abrazado o le dijeron “Te quiero”. “Le dije que no, yo no sé qué es eso”.
El otro momento fue cuando su hermana mayor, a quien le tenía mucho afecto porque la crío, enfermó y falleció debido a una diabetes, hipertensión y lupus. Hasta la fecha indica que no puede ver a sus sobrinas porque eso la pone triste.
Al recordar a su hermana y hablar de ella su semblante denota su tristeza. “Ella fue la que me enseñó y explicó tantas cosas que mi mamá nunca me dijo, con ella aprendí muchas cosas, yo era muy apegada a ella”.
Considera que a su hermana le tocó una vida muy dura, “Pasó por muchas cosas, sufrió de violación, ella tampoco quiso estudiar, llegó ese punto en que su cuerpo ya no soportó, le quitaron a su primera niña, el papá se la quitó, pasó todo el embarazo en el hospital. Incluso quedó ciega por la diabetes”, contó.
Cuando su hermana enfermó ella la cuidaba, gracias a los estudios de enfermería que realizó con AMES era la única que podía atenderla; le aplicaba insulina, le tomaba la presión y la apoyó cuando salió del hospital posterior a la cesárea. “Esa es mi historia”, indicó.
Pese a todo lo que ha vivido tanto en su vida personal como laboral ella se reconoce como una persona capaz y fuerte y es algo que ha aprendido de todas esas experiencias. “Yo misma me puedo demostrar lo capaz que soy, lo fuerte y hasta el punto que he podido soportar lo pesado de la rutina. Me digo, ‘Si yo puedo con esto, puedo con más’, es algo que como mujer va aprendiendo, va viviendo”, reflexionó.
María del Carmen tiene sueños a futuro. “Me gustaría seguir estudiando, tener una carrera, ser profesional y darle algo mejor a mi niña, un buen ejemplo a seguir, es lo que procuro con el esfuerzo que hago en mi trabajo, sacrificarme un poco más, tanto por ella como por mí", finalizó.
La lucha para reconocer el trabajo doméstico
La situación laboral de María del Carmen no es la única. Según la socióloga Ana Lucía Ramazzini, desde una perspectiva sociológica feminista, esas historias no se viven de manera aislada, sino que están atravesadas y conectadas por estructuras sociales que históricamente han ubicado a las mujeres en el ámbito doméstico asignándoles los cuidados como un trabajo que "naturalmente" les corresponde.
En el trabajo doméstico remunerado, las desigualdades patriarcales, coloniales y clasistas están presentes y se expresan en salarios precarios, largas jornadas, malos tratos, racismo y otras violencias, señala.
Y existen varias condiciones sociales que se relacionan entre sí que hacen que muchas mujeres busquen este tipo de trabajos, como la pobreza y la necesidad de generar ingresos, las pocas oportunidades de empleo formal, las desigualdades educativas, los imaginarios sociales que feminizan los cuidados y los desvalorizan.
“El problema es que si no se reconocen los derechos laborales que ese trabajo doméstico remunerado supone, las condiciones de precarización siguen dándose y reproduciéndose” afirmó Ramazzini.

Rosa Escobar (centro), fundadora de la Asociación de Mujeres en Solidaridad.
Foto: Eddy Zeta
Según datos del Mintrab, el promedio de lo que gana una trabajadora es de Q1,230, un tercio del salario mínimo no agrícola. Rosa Escobar, fundadora de AMES, considera que a nivel de Estado debe existir un acuerdo sobre el salario mínimo, aunque el actual apenas alcance para subsistir.
No solo el salario mínimo puede compensar la situación de las trabajadoras de casa particular, sino cómo el Estado asume la responsabilidad para que haya centros de cuidado de las hijas e hijos de las trabajadoras, entre otras maneras de compensar el trabajo que realizan, como el trato y la dignidad que deben tener, el derecho a la alimentación y el respeto a sus horas laborales.
Y finalmente, el derecho a las prestaciones laborales, aunque sean trabajadoras de casa, porque la ley lo estipula, agregó Escobar.
Actualmente no existe una ley específica en Guatemala que regule integralmente el trabajo doméstico en Guatemala. En el plano internacional, lo regula el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el cual ellas exigen que sea ratificado por el Congreso de la República de Guatemala.
Y aunque parezca difícil lograr un trabajo remunerado digno para las trabajadoras domésticas, Escobar señaló que seguirán dando la lucha para que esto se logre algún día.
Participaron de esta nota
Regina Pérez
113 artículosJorge Fernández
Samanda Maldonado es una joven activista de la Asociación Mujeres en Solidaridad (AMES). Acompaña a trabajadoras domésticas que enfrentan múltiples violencias en sus lugares de trabajo y en entrevista con Ruda compartió su historia y su perspectiva sobre el trabajo de los cuidados.
Lucero Sapalú
El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en casas particulares ejercido por las infancias es una forma de esclavitud. Algunas niñas escapan de realidades de pobreza y abusos, abandonan sus estudios y renuncian a sus sueños para ir a “trabajar” a lugares donde se enfrentan a una serie de violencias que afectan su salud y desarrollo.