La vida requiere una ciudad para los cuidados
Escrito por Angie Ross
Las banquetas intransitables, el transporte público y la falta de espacios para descansar y encontrarse también hablan de cómo se planifican nuestras ciudades. La arquitecta y urbanista Ángela María Orellana López reflexiona sobre cómo el diseño urbano condiciona la vida de las mujeres y qué necesitamos transformar para construir una ciudad que ponga la vida y los cuidados en el centro.
Por Angie Ross
Una ciudad puede estar llena de calles, edificios, automóviles y construcciones, pero eso no significa que todas las personas puedan habitarla de la misma manera.
Para algunas, desplazarse de un lugar a otro implica recorrer una ruta relativamente directa. Para otras, salir de casa significa organizar una cadena de actividades: llevar a las niñas y los niños a la escuela, hacer las compras, llegar al trabajo, acompañar a una persona mayor o resolver las tareas de cuidado que sostienen la vida cotidiana.
A esa diferencia se suman las banquetas que desaparecen o se encuentran bloqueadas, el transporte público que no responde a las necesidades de quienes viajan con niñas y niños, la falta de iluminación y los espacios públicos donde permanecer puede convertirse en una amenaza o en una experiencia de incomodidad y miedo.
En Guatemala, estas situaciones forman parte de la manera en que las mujeres, niñez y disidentes caminan, se desplazan y se relacionan con la ciudad. Pero, ¿qué hay detrás de estas? ¿Son dificultades aisladas o responden a una forma de planificar el espacio urbano que ha dejado fuera determinadas experiencias y necesidades?
Para la arquitecta y urbanista Ángela María Orellana López, docente sancarlista y miembro de la Asociación de planificadores Urbano-Territoriales de Guatemala, Creamos Guate, el urbanismo nunca ha sido neutral.
Una ciudad construida para determinados cuerpos
“Esta ciudad ha sido diseñada, como tantas otras en el continente americano, por y para el hombre adulto, saludable, con un trabajo remunerado de jornada continua y que se desplaza en vehículo privado”, explica Orellana.
Desde esta perspectiva, la planificación urbana ha respondido históricamente a un modelo de persona que puede movilizarse de manera independiente, que tiene determinadas condiciones físicas y que organiza su vida alrededor de un recorrido entre el hogar y el trabajo.
De acuerdo con la urbanista, el problema aparece cuando ese modelo se convierte en la referencia para diseñar calles, transporte, viviendas y espacios públicos, mientras que otras formas de habitar quedan relegadas.
Las mujeres, las personas cuidadoras, las personas con discapacidad, las adultas mayores, las niñas y los niños y quienes dependen del transporte colectivo deben adaptarse a espacios que no siempre contemplan sus necesidades.
La especialista señala que las decisiones sobre la infraestructura no son únicamente técnicas. Cuando se prioriza un carril de alta velocidad sobre una banqueta caminable o un cruce peatonal seguro, también se está decidiendo quién tiene prioridad para desplazarse y permanecer en el espacio público.
Pensar la ciudad desde el urbanismo feminista implica, entonces, cuestionar quiénes han participado en su planificación, qué necesidades se han considerado y cuáles han quedado fuera.
No se trata solamente de incorporar más mujeres a una ciudad que ya existe, sino de preguntarse qué tendría que cambiar para que sus experiencias también orienten la manera en que se construye y se organiza el espacio, asegura Orellana
Cuando la ciudad no contempla los cuidados
Una de las diferencias que señala Orellana es la forma en que se realizan los desplazamientos cotidianos.
Mientras que el modelo tradicional de movilidad suele responder a trayectos lineales entre la casa y el trabajo, muchas mujeres realizan recorridos múltiples relacionados con las responsabilidades de cuidado.
Salir de casa, dejar a las niñas y los niños en la escuela, ir al mercado, acudir al trabajo, visitar a familiares y regresar al hogar son actividades que pueden formar parte de una misma jornada.
La arquitecta denomina a estos desplazamientos “Movilidad del cuidado”, una forma de movilidad que no siempre es reconocida por los sistemas de transporte y la planificación de las vías.
En Guatemala, argumenta, todavía existen dificultades relacionadas con la integración tarifaria, la accesibilidad de las unidades de transporte y las condiciones de las aceras para quienes se desplazan con bebés, bolsas, bastones, andadores o sillas de ruedas.
Cuando las banquetas son intransitables o los trasbordos implican mayores dificultades, el tiempo y el esfuerzo necesarios para realizar las actividades cotidianas aumentan.
La ciudad no solo determina cuánto tardamos en llegar a un lugar. También influye en quién puede acceder al empleo, a la educación, a la salud y a los espacios de recreación.
Desde esta mirada, reconocer los cuidados en la planificación urbana significa dejar de considerarlos una responsabilidad exclusivamente privada y entender que la infraestructura y los servicios públicos también deben responder a las necesidades de quienes cuidan y de quienes necesitan cuidados.
Transitar no es lo mismo que habitar
Hay una diferencia entre poder atravesar una calle y sentir que se tiene derecho a permanecer en ella.
Orellana plantea que transitar puede convertirse en una experiencia marcada por la prisa, la tensión y la necesidad de llegar a salvo al destino. Habitar, en cambio, implica poder apropiarse del espacio: sentarse en una banca, conversar con una vecina, descansar bajo un árbol o permitir que las niñas y los niños jueguen en un parque.
Esta distinción permite ampliar la conversación sobre la seguridad de las mujeres en la ciudad. El miedo al acoso, la violencia y la inseguridad condiciona las rutas, los horarios y las decisiones sobre cómo desplazarse. Muchas mujeres no necesariamente eligen el camino más corto o el que les resulta más agradable, sino aquel que consideran menos peligroso, aunque implique más tiempo o dinero.
La noche, además, puede restringir las posibilidades de salir y disfrutar del espacio público.
El miedo no aparece en el vacío. La falta de iluminación, los muros ciegos, los terrenos baldíos, las pasarelas oscuras y la ausencia de actividad en determinados sectores pueden influir en cómo se experimenta un lugar.
Por eso, pensar una ciudad feminista no significa únicamente buscar que las mujeres puedan desplazarse sin sufrir violencia. También implica preguntarse si pueden disfrutar de su tiempo, encontrarse con otras personas y permanecer en los espacios públicos sin tener que justificar su presencia.
Una ciudad incluyente debería permitir que las mujeres no sean únicamente usuarias de paso, sino personas con derecho a ocupar, transformar y disfrutar el espacio urbano.
Una ciudad pensada para los automóviles
La prioridad que se ha dado al automóvil también revela qué formas de movilidad han ocupado un lugar central en la planificación urbana.
En su análisis, Orellana señala que el espacio destinado a los vehículos motorizados puede reducir el suelo disponible para banquetas, parques, plazas y otros lugares de encuentro.
Cuando caminar o utilizar el transporte colectivo se vuelve difícil, las consecuencias no son iguales para todas las personas. Quienes no tienen automóvil o dependen del transporte público enfrentan mayores obstáculos para desplazarse y acceder a servicios.
La infraestructura para caminar y andar en bicicleta también forma parte de esta discusión. No basta con promover otras formas de movilidad si las personas no cuentan con condiciones adecuadas para utilizarlas.
Las ciclovías, las banquetas amplias y niveladas, los cruces seguros, la iluminación y los espacios para descansar son parte de una infraestructura que permite que más personas puedan desplazarse y participar de la vida urbana.
En este sentido, las experiencias de colectivas como Chicas al Pedal permiten abrir otra pregunta: ¿qué ocurre cuando las mujeres y disidencias se organizan para aprender a andar en bicicleta, recorrer juntas las calles y ocupar espacios que muchas veces han sentido ajenos?
La colectiva surgió en 2020, en el marco del Día de Acción Global por la Despenalización del Aborto, a partir de la iniciativa de un grupo de amigas que encontró en la bicicleta una forma de encontrarse y ocupar el espacio público. Desde entonces, Chicas al Pedal se ha consolidado como una comunidad feminista de mujeres y disidencias sobre ruedas en Guatemala, que promueve el ciclismo urbano y reivindica el derecho a transitar y habitar espacios públicos seguros.
La bicicleta puede convertirse en una forma de movilidad, pero también en una oportunidad para encontrarse, construir redes de apoyo y experimentar la ciudad de otra manera.
La organización colectiva no sustituye la responsabilidad de transformar la infraestructura ni elimina por sí misma las condiciones de inseguridad. Sin embargo, permite visibilizar que las mujeres también tienen derecho a moverse, encontrarse y disfrutar de la ciudad.
¿Cómo sería una ciudad que pinga la vida en el centro?
Para Orellana, avanzar hacia ciudades que reconozcan las necesidades de las mujeres requiere transformar la manera en que se planifica el espacio urbano.
Una de las propuestas que plantea es la ciudad de proximidad, en la que las necesidades cotidianas de cuidado, abastecimiento, salud y recreación puedan resolverse a distancias caminables desde la vivienda.
Esto implica pensar los barrios no únicamente como lugares para dormir o desde los cuales trasladarse hacia otros puntos, sino como espacios donde las personas puedan realizar actividades cotidianas, encontrarse y construir comunidad.
También supone mejorar las condiciones de las banquetas, incorporar iluminación adecuada, garantizar espacios de descanso, desarrollar sistemas de transporte accesibles y seguros y contar con parques y plazas que respondan a distintas edades y necesidades.
Pero el cambio no depende únicamente de construir nueva infraestructura. La especialista también destaca la importancia de incorporar a las mujeres en las decisiones sobre planificación urbana.
Las vecinas, las lideresas comunitarias y las adultas mayores conocen de primera mano las dificultades que enfrentan en sus recorridos cotidianos. Sus experiencias pueden contribuir a identificar los problemas de un territorio y orientar las decisiones sobre cómo transformarlo.
Pensar una ciudad feminista implica reconocer que no existe una única experiencia de ser mujer ni una sola forma de habitar el espacio. Las necesidades de una mujer que camina, una trabajadora que utiliza el transporte colectivo, una madre que se desplaza con sus hijas e hijos o una mujer con discapacidad no son necesariamente las mismas.
Por eso, la participación debe permitir que distintas experiencias sean escuchadas e incorporadas en la planificación.
Al final, preguntarnos de quién es la ciudad también significa preguntarnos quién tiene derecho a decidir sobre ella.
No se trata de pedir espacios especiales para las mujeres, sino de transformar las condiciones que hacen que algunas personas puedan moverse, permanecer y disfrutar de la ciudad con mayor libertad que otras.
Como plantea Orellana, reivindicar el derecho de las mujeres a la ciudad implica poner la vida, los cuidados y el disfrute colectivo en el centro de la planificación urbana.
Una ciudad que reconozca esas necesidades no solo sería distinta para las mujeres. También abriría la posibilidad de construir espacios públicos más accesibles, habitables y compartidos para todas las personas.
Participaron de esta nota
Angie Ross
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Debbie Guzmán
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Angie Ross
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