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La instrumentalización del enojo para proyectos políticos

Escrito por María de la Paz Castañón

Hoy estamos viviendo cosas que ingenuamente pensé que nunca vería, crecí con una idea de que como humanidad habíamos aprendido los peligros del odio y que no repetiremos nuestros errores. Lastimosamente me di cuenta, desde la primera vez que Trump fue electo y escuchando discursos de líderes como Bolsonaro y Narendra Modi, que no es así. Esto me llevó, como siempre, a sumergirme en la historia para encontrar consuelo en un mayor entendimiento o simplemente escapar, y me di cuenta de que estamos viviendo un patrón que se ha repetido durante siglos.

Por María de la Paz Castañón

Como la mayoría de nosotros, asumo que por la cercanía geográfica con Estados Unidos, mi infancia estuvo rodeada de historias sobre la guerra civil estadounidense, Lincoln, etc. Pero siempre me quedé con una idea muy superficial sin darme cuenta de que este conflicto nunca realmente tuvo un fin. Además de que lograron los gobiernos del sur mantener control sobre sus Estados y negarle los derechos a sus ciudadanas y ciudadanos negros, un gran grupo de jóvenes y soldados confederados se quedaron con un enorme resentimiento y rabia por cómo terminó el conflicto. En ese contexto, organizaciones como el Ku Klux Klan nacieron como respuestas organizadas a la creencia de que el “orden” que se había roto debía ser restaurado.

Ese mismo patrón lo podemos ver en la Alemania de entreguerras. La crisis económica, la inflación descontrolada y la derrota en la Primera Guerra Mundial produjeron una sociedad llena de juventud enojada, humillada y frustrada buscando una respuesta, una solución. Uno de estos fue Himmler, quien vivió soñando haber podido luchar en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. El nazismo articuló y supo explotar estas emociones construyendo un relato donde Alemania había sido traicionada, su grandeza había sido robada, y todo había sido culpa de un grupo que ya veía como enemigos a los judíos.

Lo mismo pasó en Inglaterra en los 70 con el fortalecimiento del National Front, el cual construyó una narrativa dentro de la cual la crisis económica inglesa no había sido causada por cambios globales, decisiones políticas o estructuras económicas, sino por la creciente presencia de migrantes. ¿Te suena familiar?

Hoy tenemos un contexto en donde las juventudes no pueden costear una casa propia, cada vez tienen menos oportunidades de desarrollo, etc., y esto ha generado un resentimiento y rabia enorme especialmente en hombres, quienes parecen cada vez volverse más de ultraderecha, y han encontrado chivos expiatorios. Uno de ellos, lastimosamente, hemos sido las mujeres. 

En el siglo pasado y en especial en las últimas décadas, las mujeres finalmente hemos podido tener un mayor acceso a la educación superior, al mercado laboral especializado (aún cuando no nos pagan lo mismo) y por ende a la autonomía económica. Esto modificó estructuras económicas y mejoró la vida de millones de mujeres, desestabilizó identidades que históricamente habían estado asociadas a la masculina.

Como en los casos anteriores, la juventud está convencida de que su frustración, soledad o la falta de sentido no son problemas estructurales complejos, sino el resultado de una injusticia concreta. Hoy, en la manosfera (red de blogs, foros y sitios web que promueven la masculinidad hegemónica, la misoginia y el antifeminismo), el señalamiento recae sobre las mujeres, el feminismo y cualquier transformación que desafíe el orden tradicional. Además, se declaran en oposición a estos cambios. Ven al mundo bajo una lógica binaria: quienes han sido “despojados” y quienes supuestamente se han beneficiado de ese despojo.

A diferencia de los movimientos históricos, la manosfera no necesita estructuras formales ni jerarquías visibles para organizarse. Su fuerza radica precisamente en su dispersión. Funciona como un ecosistema donde distintos actores, desde figuras abiertamente misóginas hasta creadores de contenido que apelan a la autoayuda, contribuyen a una misma narrativa, aunque no siempre de forma explícita. Aparecen conceptos como “hipergamia” o “red pill”, que traducen desigualdades y resentimientos en términos aparentemente racionales o incluso, científicos.

Estos espacios no solo transmiten ideas; producen comunidad. Para jóvenes que experimentan aislamiento o falta de pertenencia, la manosfera ofrece reconocimiento, validación y una narrativa que da sentido a su experiencia. En ese sentido, no es muy distinto a lo que lograron otros movimientos en el pasado: transformar el descontento individual en identidad colectiva. Y como muestran investigaciones sobre la radicalización contemporánea, estos entornos digitales pueden funcionar como espacios de intensificación progresiva, donde las ideas se refuerzan, se normalizan y, en algunos casos, escalan hacia posiciones más extremas.

Ahí está el peligro de este espacio, no se queda en hombres quejándose de que no le gustan a nadie de su clase. Esto escala y usualmente luego se van incorporando a grupos donde las posturas son más peligrosas como los Proud Boys y Turning Point. Jóvenes que simplemente se sentían solos y estaban buscando una respuesta y a dónde dirigir su rabia se vuelven soldados para movientes racistas deshumanizantes que están haciendo que realidades como la estadounidense actual sea posible y llevando a líderes, como el nuevo presidente de Chile, al poder.

Es importante comenzar a mirar estos procesos con más atención y no como casos aislados, sino como parte de algo que ya hemos visto antes: personas buscando respuestas en momentos de crisis, y encontrando explicaciones simples y rápidas. Si no comenzamos a tener empatía y a realmente buscar las razones por las cuales miles de jóvenes están encontrando estos espacios tan atractivos, no vamos a encontrar una manera de combatirlas efectivamente. Es hora de unirnos para que esto no se vuelva parte del sentido común de una generación e imaginar maneras de responder a las necesidades que son más evidentes que nunca.

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María de la Paz Castañón

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