La herencia escrita en la piel: de la abuela Germana a Martina Otzoy, dos generaciones defendiendo la vida en San Juan Comalapa
Escrito por Joel Solano
El legado medicinal que inició Germana Catú se conserva hoy en San Juan Comalapa con su nieta, Martina Otzoy Curuchich, quien a sus 77 años suma cuatro décadas como comadrona tras asumir un oficio marcado desde su nacimiento por un lunar en el brazo e iniciado en 1982.
Por Joel Solano
Martina ve el lunar en su brazo izquierdo, la misma seña que llevaba su abuela Germana Catú en la muñeca derecha. Esa marca guío las caminatas nocturnas de Germana por las calles de San Juan Comalapa para atender partos en casas de adobe y preparar el baño de temazcal para las recién paridas, un saber que se arraigó en la familia mucho antes de que llegaran las acreditaciones oficiales de abuela comadrona.
Originarias de San Juan Comalapa, Chimaltenango, Germana Catú y su nieta Martina Otzoy Curuchich entrelazan sus vidas en una misma vocación de servicio para su pueblo. A sus 77 años, Martina resguarda y mantiene vivo el legado de su abuela, entregando sus manos y su sabiduría ancestral al trabajo de comadrona para seguir cuidando la vida y la salud en el corazón de su comunidad.
El legado de la abuela Germana Catú
Germana Catú inició su labor como comadrona cuando tenía tres hijos, una entrega que sostuvo a lo largo de los años mientras su propia familia crecía hasta llegar a los 16 hijas e hijos, todos atendidos por ella misma en la intimidad de su hogar. Martina Otzoy cuenta cómo su abuela preparaba sus propios temazcales para recuperarse del alumbramiento y continuar cuidando a los suyos, demostrando un conocimiento profundo de su cuerpo que ponía en práctica día con día. Aunque el tiempo ha borrado el dato exacto de cuántos de sus tíos fallecieron en la infancia, Martina enfatizó la fuerza con la que su antecesora sostuvo el trabajo del parto en el pueblo, sin dejar de lado la crianza ni el resguardo de la salud de su propia casa.

Germana Catú atendió partos en San Juan Comalapa hasta pasados los 60 años, dejando una huella imborrable en la memoria del pueblo. Foto: Joel Solano
Sin importar si el llamado venía en el día o a plena noche, Germana Catú caminaba de un lado a otro por las calles del municipio para atender a las familias que necesitaban de su sabiduría medicinal. Martina recuerda con respeto la conducta intachable de su abuela, subrayando que cuando la venían a traer de madrugada la acompañaban los hombres en parejas, para resguardar su camino hasta la casa de la paciente. La abuela jamás aceptó licor o guaro de sus vecinos para emborracharse durante los partos y se mantuvo firme en sus convicciones religiosas mientras sostuvo un trabajo que inició con tres hijos y mantuvo activo hasta los 60 años, atendiendo partos en el pueblo casi hasta el final de sus días.
La partida de Germana Catú dejó una huella profunda en la memoria de la comunidad y en el seno familiar, un dolor que Martina evoca a través del recuerdo de sus hermanos mayores y tíos, quienes sintieron con más fuerza su ausencia al no haber compartido ella tanto tiempo con los más jóvenes. Tras el retiro de la abuela, la tragedia golpeó a la familia con la pérdida de una de las criaturas, quien no logró sobrevivir a las complicaciones de dar a luz a un bebé de 12 libras en un momento en que la comadrona ya no estaba para asistir a la hermana de Martina. Aquella partida dejó mucha tristeza, pues la gente extrañaba la calidez de sus visitas y la cercanía de su atención, porque sabían que era una comadrona muy confiable, no como son considerados los médicos hoy en día, una confianza ancestral que el sistema de salud moderno difícilmente ha logrado reemplazar.
La insignia ancestral y el llamado en tiempos de guerra
Para Martina Otzoy, el oficio que sostiene no es solo un trabajo, sino un mandato marcado en el cuerpo desde el primer día de vida: un lunar en el brazo izquierdo que replica la seña que su abuela llevaba en la muñeca derecha y que predestinó su camino en la medicina comunitaria.
Con 77 años y una vocación marcada desde el nacimiento, sostiene la herencia de Germana Catú, una de las primeras comadronas de San Juan Comalapa. Con profunda gratitud hacia Dios y hacia la memoria de su antecesora, Martina manifiesta que asumir la labor de comadrona tras soñar que su abuela le decía que hiciera el trabajo, se convirtió en una bendición fundamental para salir adelante en medio de la violencia que azotaba al país. Muestra la marca en su piel con respeto y explica que jamás imaginó que esa insignia de nacimiento fuera la llave para heredar una vocación tan sagrada, la cual le permitió sostener a su familia en los momentos más oscuros.

Martina Otzoy muestra el lunar en su brazo izquierdo, la marca de nacimiento que predestinó su vocación como comadrona en Comalapa. Foto: Joel Solano
A pesar de que su madre y su tía prefirieron no seguir el oficio ancestral de la familia, Martina sintió el llamado de la atención del parto tras atravesar una de las etapas más duras de su vida, marcada por la negativa inicial de su esposo y el trágico secuestro de este durante la guerra, en 1982. Mantiene vivo el recuerdo de aquel año, cuando el fallecimiento de varias comadronas en las comunidades dejó un vacío en el pueblo justo en el momento en que su abuela gestionó sus documentos para integrar oficialmente al oficio.
Aún abatida por la desaparición de su esposo Isabel Roquel Chutá y con la angustia de criar sola a cinco hijos, entre ellos un bebé de siete meses, Martina acudió a la sabiduría de un anciano del pueblo para saber el paradero de su compañero. Apoyado en maíces y un vaso de agua con el que escuchaba lo invisible, el hombre le confirmó la trágica partida de su esposo tras tres días de tortura hasta asesinarlo, pero también leyó en la angustia de Martina la señal de su propio destino al recordarle que llevaba un xik'ayul (grabado en el cuerpo o el simbolo del lunar en la piel). Martina cuenta entre lágrimas aquel encuentro donde el sabio local le reveló el sentido de la marca en su brazo izquierdo.“El Padre Eterno te ha dado una alcancía en tus manos para sostener a tu familia mediante la atención de partos”, le anunció.
El llanto que la embargó al soñar a su abuela en lugar del esposo ausente marcó el quiebre decisivo en la vida de Martina, pues, aunque ella misma dudaba por la enorme responsabilidad de criar a sus cinco hijos, el destino terminó por confirmarse la tarea ancestral a través de la intermediación de un vecino y un enfermero local. Cuando las autoridades de salud buscaron quién atendiera los nacimientos en el municipio, la recomendación de su comunidad la llevó a acudir al llamado institucional en Comalapa, donde compartió espacio con apenas otras nueve mujeres de las zonas rurales. Martina indicó que, tras completar un ciclo de cinco semanas de aprendizaje, en septiembre de 1982, recibió la acreditación que la autorizaba formalmente para ejercer.
Los primeros partos y la medicina del tacto
Sin haber realizado prácticas en la capacitación recibida, Otzoy Curuchich obtuvo sus papeles con el compromiso de acudir al llamado de cualquiera que la necesitara. Recuerda la profunda alegría que sintió al ser buscada por primera vez para auxiliar a una vecina a “componerse”, un entusiasmo que se transformó en angustia al enterarse en el lugar de que la paciente estaba rodeada por la presencia militar que sitiaba el Instituto de Ciencias Comerciales en la entrada del pueblo. Frente al pánico de no haber atendido nunca un nacimiento y sin insumos médicos a la mano, tuvieron que improvisar herramientas con filo usando una caña, mientras Martina alentaba a la parturienta en su propio idioma al exclamar tachoqomij (echa fuerza), logrando que la persona diera a luz felizmente en su hogar sin tener que arriesgarse a salir ante las fuerzas del ejército. Martina tenía apenas 34 años cuando recibió a su primer bebé, iniciando un camino que ya suma más de cuatro décadas de entrega comunitaria.
Para la abuela, la sabiduría del oficio no reside en la vista, sino en el tacto milenario transmitido de generación en generación para diagnosticar la salud de la madre y del bebé dentro del vientre. Con la serenidad que brindan los años, Martina reflexiona sobre la sensibilidad del cuerpo y explica que nuestros ojos no tienen la capacidad de poder ver. “Son nuestras manos las que utilizamos para trabajar como comadronas y sentir la posición exacta de la vida que viene en camino”, dice. Al repasar sus más de cuatro décadas en el oficio, reflexiona sobre los misterios de la vida comunitaria y las marcas del destino, enfatizando que a veces nacen niños envueltos en velo puro, como si estuvieran en una bolsa, una seña especial que anuncia a quienes vienen con un don encomendado para servir a su pueblo.

A sus 77 años, Martina conserva en sus manos y en su memoria el legado medicinal que recibió de la abuela Germana. Foto: Joel Solano
Entre las memorias más vivas de sus cuatro décadas atendiendo partos, la abuela comadrona conserva el recuerdo de un parto doble que desafió los diagnósticos médicos previos. Equipada siempre con sus tijeras, pinzas, perilla, mantas, báscula y jabón para desinfectar, la comadrona acudió de noche tras ser buscada por dos hombres, encontrándose con una vecina cuya avanzada gestación no había sido detectada con precisión en la consulta del doctor. Al atender la urgencia en la vivienda y liberar con cuidado el cordón del primer recién nacido, Martina notó que el vientre continuaba abultado y, tras sobar con calma a la madre para guiar la posición de un segundo bebé que venía sentado, logró recibir exitosamente a una pareja de gemelos. La abuela comadrona evoca con satisfacción aquel logro que solo se repitió dos veces en su vida de forma independiente, recalcando que aquellos niños ahora ya son personas adultas y que se han ido a los Estados Unidos, hombres formados a cuyos nacimientos asistió únicamente con la fuerza de sus manos y la tranquilidad dada a la familia en medio del parto.
Saberes desplazados y la resistencia del oficio
A pesar de los temores de su familia, quienes temían que asumir el oficio de comadrona siendo madre autónoma fuera riesgoso o la expusiera a accidentes en los caminos, la abuela sintió el llamado de continuar la medicina tradicional en su comunidad, trabajando de forma independiente y en coordinación con el centro de salud. Martina recuerda con nostalgia las bebidas de plantas como el ancelmo o las mezclas amargas con un toque de comino o anís que las comadronas de antes preparaban para calentar el cuerpo de las mujeres y preparar el parto, una costumbre arraigada en todo el pueblo que comenzó a perderse con la llegada de las capacitaciones oficiales. La comadrona lamenta cómo las exigencias del sistema de salud terminaron por arrinconar estos saberes ancestrales, pues indicó que si continuaban usando sus remedios naturales les quitarían el trabajo y entonces ya no continuarían trabajando en el oficio, una presión institucional que poco a poco desplazó el uso medicinal de las plantas en la atención de los enfermos.
Aunque los años y las restricciones familiares tras la pandemia han llevado a Martina a enfocarse en el control preventivo de las gestantes más que en los partos directos, la abuela comadrona continúa firme en su entrega a la salud comunitaria, manteniendo viva una trayectoria donde ha perdido la cuenta de los cientos de vidas que ayudó a recibir. Martina señala con amargura cómo las dinámicas impuestas por el Centro de Atención Permanente (CAP) terminaron desplazando el saber ancestral de las comadronas, pues a pesar de que las madres solicitan su compañía durante el parto, el personal institucional limita su espacio y acompañamiento. La experimentada abuela lamenta esa ruptura de confianza en los pasillos de la salud pública, recordando con pena que, tras llevar a sus pacientes, hay enfermeros que decían, ¿Qué hacíamos nosotros ahí? Nosotros no teníamos nada que ver, una frase que refleja la frialdad institucional frente al respeto y consuelo milenario que las comadronas brindan a las mujeres de su pueblo.

La atención cálida en los hogares sigue siendo el refugio de muchas mujeres frente a la frialdad de las salas de hospital. Foto: Joel Solano
A pesar de que en años anteriores el personal médico permitía a las comadronas acompañar a sus pacientes dentro de las instalaciones de salud, Martina Otzoy lamenta que hoy las normativas del CAP busquen desplazarlas del todo, pidiendo a las familias que prescindan de su acompañamiento en el parto. La defensora de la salud tradicional sostiene que, tras haber iniciado su labor en los momentos más oscuros de la guerra en Guatemala para sostener la vida en San Juan Comalapa, la labor histórica de las comadronas sigue en pie gracias a la firmeza colectiva. “Gracias a la compañera Rosa Chex (autoridad indígena Kakchikel) que está haciendo el esfuerzo de luchar por nosotras como comadronas, está haciendo fuerza, está haciendo esfuerzo, lucha y resistencia”. indicó Martina. Retirarles la atención del nacimiento no solo significa quitarles el trabajo, sino despojar al pueblo de un resguardo humano y territorial que emergió en plena violencia para cuidar a las familias cuando nadie más llegaba a las comunidades.
Tierra, tejido y la dignidad que no se borra
Lejos de detenerse tras una vida entera de entregas, la abuela Martina Otzoy Curuchich encuentra en el contacto directo con la tierra su propio descanso y refugio diario. “Voy todavía al campo, a raspar un poquito mi hierba, a raspar el güisquil o atender la milpa, y cuando estoy por regresar traigo una carretilla de leña mientras mis energías me lo permitan”, enfatizó Martina con alegría. Al margen de su labor médica en el pueblo, complementa sus días tejiendo sus propios huipiles en el telar de cintura, una labor artesanal que mantiene viva con paciencia, tejiendo hilo a hilo la memoria e identidad de su comunidad. Esas mismas fuerzas la sostuvieron desde los 30 años cuando, tras quedar sola en medio de la violencia de 1982, asumió trabajos lavando ropa ajena por un quetzal con cincuenta centavos o haciendo tortillas por escasos 15 centavos con tal de alimentar y guiar a sus cinco hijos. Sus descendientes reconocen con profundo respeto ese esfuerzo incansable y la rectitud con la que sacó adelante al hogar sin abandonar jamás su cuidado.
La labor incansable de Martina Otzoy Curuchich sostiene y prolonga el surco trazado por su ancestra, la abuela Germana Catú, quien consagró la vida entera a la salud comunitaria y al acompañamiento de los partos en San Juan Comalapa. Esa vocación de servicio, transmitida de generación en generación a través de la memoria, el ejemplo cotidiano y las señas del cuerpo, se mantiene viva en las manos de Martina, asegurando que la sabiduría de su antecesora continúe respondiendo a las necesidades más profundas de las familias del territorio.
En el andar pausado de Martina Otzoy Curuchich se sintetiza la historia de San Juan Comalapa: una vida atravesada por el dolor de la guerra y el despojo institucional, pero sostenida por la dignidad del trabajo, el tejido y el cuidado milenario de la vida. A sus 77 años, mientras sus manos raspan la tierra para cortar güisquil o acarician el tejido de cintura, la comadrona resguarda en el lunar de su brazo izquierdo no solo la herencia viva de su abuela Germana Catú, sino la certeza de que el conocimiento de los pueblos indígenas no se borra con sellos oficiales ni con la frialdad de las salas de hospital. En cada mujer que robó en la penumbra y en cada recién nacido que recibió en sus brazos en los momentos más oscuros del conflicto armado, Martina reafirma que el don de sanar es un mandato sagrado con el territorio, un servicio incansable que sigue latiendo en el corazón de las comunidades para cuidar la vida desde su nacimiento.
Participaron de esta nota
La elaboración de un altar que es una práctica propia de algunas comunidades, hasta las luchas sociales para tener acceso al agua, así como la resistencia por mantener la memoria e identidad de La Montaña, formaron parte de las clínicas pedagógicas durante la presentación de la revista Alboroto del Colectivo Chiviricuarta y Prensa Comunitaria.