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Jakelin Coyán, la trabajadora doméstica que aprendió a defender sus derechos

Escrito por Angie Ross

Lo que comenzó como una necesidad se convirtió en un camino de organización, aprendizaje y defensa de derechos para otras mujeres trabajadoras del hogar.

Por Angie Ross

Jakelin Coyán participó este domingo 12 de abril en la Feria Informativa para las Trabajadoras Domésticas, del Hogar y de Casa Particular, en la Plaza de las Niñas.  En medio de las actividades lúdicas que organizó el consorcio por los Derechos Laborales y del Cuidado Remunerado y no Remunerado de las Mujeres, conformado por la Asociación de Mujeres en Solidaridad -Ames-, el Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia -Sitradomsa-, Ruda y Bizkaia, con el apoyo de Oxfam, Jakelin habla con firmeza. Tiene 48 años, es originaria de la capital y actualmente vive en Villa Canales.

Su historia como trabajadora del hogar comenzó en 2002, en un contexto donde las opciones laborales para las mujeres eran limitadas.“Las condiciones en este país son muy pocas para nosotras las mujeres”, dice.

A esto se sumó una enfermedad que afectó su vista, dificultando aún más el acceso a otros trabajos.

“Esta fue la opción que tuve para salir adelante.”

Desde entonces, su experiencia laboral ha estado marcada por la inestabilidad. Trabajos por tiempo parcial, cambios constantes y condiciones que no siempre toman en cuenta su realidad como mujer y madre.

“Es muy difícil tener un trabajo estable”, explica.

Jakelin Cuyán participó en una caminata el 12 de abril, camino a la Feria Informativa para Trabajadoras Domésticas, del Hogar y de Casa Particular. Foto: Angie Ross

Días que empiezan de madrugada

Su rutina inicia antes del amanecer. Se levanta a las 3 de la mañana para poder alcanzar el primer bus que sale de Villa Canales a las 4. Si lo pierde, el siguiente puede tardar hasta 45 minutos. Ese trayecto es solo el inicio de un recorrido más largo hacia la ciudad, dependiendo de la zona donde le toque trabajar.

Las jornadas pueden terminar entre las 5 y 6 de la tarde, o incluso más tarde. Moverse también implica un gasto que no siempre puede cubrir. “Un Uber o un taxi son 70 u 80 quetzales… no me puedo dar ese lujo”.

Cuando el trabajo no tiene límites

Las tareas dentro del trabajo no siempre son claras ni respetadas. Además de limpiar o cocinar, en muchas ocasiones le pidieron cuidar niños o personas adultas mayores, responsabilidades que no estaban contempladas desde el inicio.

“Eso no es para lo que lo contrataron a uno.” A esto se suman jornadas extendidas sin pago adicional. “Te dicen que te quedés más tiempo, pero no te lo pagan”. Lo que debería ser excepcional se vuelve rutina. Y con ello, la sobrecarga.

“La recarga no solo es en el tiempo, sino en el trabajo”.

El desgaste no es solo físico. También es emocional.

“Eso te deprime… te daña psicológicamente y en la salud”.

Lee la historia de La Morena, trabajadora doméstica en el siguiente enlace: 

https://rudagt.org/no-es-ayuda-es-trabajo-la-historia-de-la-morena-trabajadora-dom%C3%A9stica/ 

Violencia que se normaliza

Jakelin lo nombra con claridad: es violencia laboral. Aunque no siempre sea visible, se manifiesta en la sobrecarga, en la falta de descanso y en la presión constante por no perder el empleo.

“Aunque no te estén pegando, tu cuerpo está siendo violentado”.

También existe en las palabras.

“Si no quieres trabajar, hay muchas mujeres que sí”.

Para ella, esto forma parte de una violencia simbólica que se ha normalizado dentro del trabajo doméstico.

“Lo normalizamos porque no conocemos nuestros derechos”.

El momento que cambió su historia

Su primer acercamiento a la información ocurrió en un espacio público, en una feria como la que el 12 de abril la rodea. Ahí escuchó por primera vez sobre derechos laborales, igualdad y acceso a asesoría legal.

Jakelin recuerda que fue en 2005 cuando empezó a informarse sobre sus derechos. Fue en ese contexto que conoció a la Asociación Mujeres en Solidaridad (Ames), donde comenzó a acercarse a espacios de formación y acompañamiento para trabajadoras del hogar.

“Ahí entendí que la información es poder”.

A partir de ese momento, comenzó a involucrarse en espacios organizativos. Participó en talleres, procesos de formación y acompañó a otras mujeres en situaciones similares.

Ese proceso no solo le permitió conocer sus derechos, sino también poner límites.

Jakelin recuerda que fue en 2005 cuando recibió por primera vez información sobre sus derechos laborales, en una feria informativa realizada en un espacio público. Foto: Angie Ross

De trabajadora a formadora

Con los años, su camino cambió. Desde 2019, Jakelin se desempeña como formadora comunitaria, acompañando procesos en zonas 6 y 18 de la capital. Su trabajo consiste en llevar información a otras mujeres, especialmente en comunidades donde el acceso es limitado.

Durante la pandemia del Covid-19, adaptó estos procesos utilizando herramientas como WhatsApp, debido a las dificultades de conectividad en los territorios. Hoy, ya no trabaja en casas particulares, pero su experiencia sigue presente en cada espacio que acompaña.

Un trabajo que sostiene todo

Para Jakelin, el trabajo doméstico sigue siendo uno de los más invisibilizados.

“Es un trabajo, y como tal debe tener respeto y condiciones dignas”.

Además, señala la carga del trabajo de cuidados, que continúa después de la jornada laboral.

“Trabajamos dobles y triples jornadas”.

Ese trabajo, aunque no es remunerado, sostiene la vida cotidiana y el funcionamiento del país.

“El problema es que es el menos reconocido y el menos pagado”.

Compartir para transformar

Antes de terminar, deja un mensaje claro.

“La información no es para quedársela”. Su apuesta está en compartir lo aprendido, en que más mujeres conozcan sus derechos y puedan defenderlos. “Que las mujeres conozcan sus derechos para que así puedan defenderlos”. Porque, como lo aprendió en una feria hace años, entender lo que antes no se nombraba puede cambiarlo todo.

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