Flory Contreras: una vida dedicada a la lucha sindical y la defensa de los derechos de las trabajadoras domésticas y de cuidados
Escrito por Glenda Alvarez
Floridalma Contreras Vásquez comenzó a participar en el movimiento sindical a sus 18 años. Sobrevivió a la persecución durante la guerra en Guatemala y enfrentó la desaparición forzada de su compañero y padre de sus hijos. Actualmente, desde el Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia (Sitradmosa), continúa formando y acompañando a trabajadoras domésticas y de cuidados en Guatemala.
Por Glenda Álvarez
Floridalma Contreras Vásquez, conocida cariñosamente como Flory, es sindicalista, defensora de derechos humanos y laborales y una de las fundadoras del Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia, (Sitradomsa).
En la organización es secretaria general adjunta, capacita y acompaña a trabajadoras del hogar para que conozcan sus derechos. También participa en procesos de incidencia ante el Ministerio de Trabajo, municipalidades y otras instituciones. Junto con sus compañeras, ha llevado información a trabajadoras domésticas de 12 departamentos de Guatemala.
Su vida ha estado vinculada con los movimientos sindicales durante más de cinco décadas. Comenzó en la Municipalidad de Guatemala, continuó en la Central Nacional de Trabajadores, acompañó a mujeres trabajadoras de maquila y, años después, contribuyó a la creación de Sitradomsa.
Floridalma Contreras ha estado vinculada durante años a los movimientos sindicales. Foto: Eddy Zeta
Su primera experiencia sindical
Flory comenzó a trabajar en la Municipalidad de Guatemala en 1974, a sus 18 años. Para entonces ya había empezado a conocer, junto a sus padres, los derechos de las y los trabajadores.
En la Municipalidad encontró un sindicato integrado principalmente por hombres. Aun así, decidió participar y animó a otras trabajadoras a incorporarse.
A finales de la década de los setenta, se involucró en las protestas contra el aumento del pasaje urbano, que pretendía duplicarse de cinco a diez centavos. Flory comprendió que aquella medida afectaría especialmente a las mujeres, porque eran ellas quienes utilizaban diariamente el transporte para llegar a sus trabajos y realizar distintas tareas familiares.
“Les dije a las compañeras: ‘Metámonos al sindicato. Si nosotras somos las que principalmente usamos el bus’”, recordó Flory.
Para ella, el aumento del pasaje no podía verse como un problema aislado, pues si subía el transporte, también aumentaría el precio de los alimentos, la energía eléctrica y otros productos necesarios para sostener la vida.
Su participación sindical creció, pero también aumentó la represión del Estado.
Flory rememoró que, cuando el coronel Abundio Maldonado llegó a la alcaldía de Guatemala, buscó desarticular el sindicato. Durante una reunión colocó una pistola sobre el escritorio y dio 24 horas a la dirigencia sindical para abandonar sus puestos.
“O se van o los saco”, contó Flory que les advirtió.
Ella era una de las cuatro mujeres que formaban parte de aquella dirigencia. Al salir de la Municipalidad, cerca de las siete de la noche, varios vehículos negros comenzaron a seguirles.
Las amenazas no impidieron que las y los trabajadores continuaran organizándose. Después del despido de la dirigencia, unas siete mil personas, según Flory, ocuparon el edificio municipal. Participaron trabajadores administrativos, personal de limpieza, agentes municipales y empleados de otras dependencias.
En Sitradomsa, Floridalma ha promovido los derechos de las trabajadoras domésticas y de cuidados. Foto: Eddy Zeta
En la terraza encendieron fuego dentro de toneles y organizaron una cocina para alimentar a quienes sostenían la ocupación. Mujeres y hombres preparaban la comida y desde los mercados, las vendedoras enviaban plátanos, verduras, frijol y maíz para sostener la resistencia.
Flory recordó especialmente a doña Francisca, conocida como doña Paca, quien reunía alimentos desde el mercado de La Terminal y los llevaba en un camión hasta la Municipalidad.
Mientras la solidaridad permitía sostener la protesta, las autoridades amenazaban con enviar a las fuerzas antimotines para desalojarlos. En esos años, participar en un sindicato podía significar ser vigilado, despedido, detenido o desaparecido. Algunos de los compañeros de Flory fueron asesinados, de otros ella nunca volvió a saber.
La organización dentro de la CNT
Después de salir de la Municipalidad, Flory se integró a la Central Nacional de Trabajadores, (CNT). Trabajó en el departamento de organización y acompañó el fortalecimiento de sindicatos en distintos lugares de Guatemala.
Tuvo contacto con organizaciones campesinas e indígenas y con sindicatos de los ingenios de la Costa Sur, entre ellos Pantaleón, Santa Rita y El Baúl. Varias de estas empresas pertenecían a familias con un fuerte poder económico.
En 1980, la sede de la CNT fue allanada y veintisiete dirigentes sindicales, entre ellos siete mujeres, fueron secuestrados y desaparecidos.
Con el acompañamiento de abogados, las familias y organizaciones presentaron recursos de exhibición personal. También escucharon versiones de que las personas detenidas habían sido arrojadas al mar o a los cráteres de los volcanes, pero nunca obtuvieron una respuesta sobre su paradero.
Flory recordó que las mujeres participaban activamente en los movimientos sindicales de aquellos años. Había trabajadoras en las dirigencias de sindicatos de Coca-Cola, Incasa, CIDASA y los ingenios. Sin embargo, buena parte de sus nombres y aportes han quedado fuera de los relatos sobre el sindicalismo guatemalteco.
El allanamiento dejó a la CNT sin sede y sin buena parte de su dirigencia. Quienes sobrevivieron continuaron reuniéndose de manera clandestina, porque tener una oficina también significaba convertirse en un blanco de la persecución.
Flory siguió participando.
La desaparición llegó hasta su familia
José Julio Cermeño Reyes, compañero de Flory y padre de sus dos hijos, también era sindicalista. Fue dirigente de la Federación Nacional de Obreros del Transporte, integrante del departamento de organización de la CNT y asesor de distintas organizaciones laborales, entre ellas el Sindicato de Trabajadores del Ingenio Pantaleón.
Flory recordó con mucha nostalgia su desaparición relacionada con su trabajo sindical en Escuintla. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico registró que José Julio fue detenido y desaparecido el 12 de noviembre de 1983, en la ciudad de Guatemala, cuando se dirigía a una reunión con integrantes del sindicato.
Hombres armados, vestidos de civil y movilizados en vehículos sin identificación lo interceptaron. Hasta ahora se desconoce su paradero.
Flory no fue solamente testigo de la violencia contra el movimiento sindical. También fue víctima directa de esa persecución.
Cuando José Julio fue desaparecido, sus dos hijos todavía eran pequeños.
“Mis hijos me decían siempre: ‘Mamá, ¿y mi papá? Mamá, ¿y mi papá?’”.
Flory no pudo explicarles inmediatamente que su padre había sido secuestrado y desaparecido. Esperó a que crecieran para hablarles sobre la violencia que se vivía en Guatemala y sobre la persecución contra quienes defendían los derechos de las y los trabajadores.
La desaparición dejó una ausencia, pero también transformó la vida cotidiana de la familia. Flory tuvo que criar, proteger y sostener a sus hijos mientras enfrentaba el miedo, la persecución y la falta de un empleo estable.
La guerra también se extendió hasta los hogares, en las casas de las trabajadoras domésticas y del cuidado. Después de que miles de hombres fueron asesinados o desaparecidos, muchas mujeres tuvieron que asumir solas el trabajo doméstico, los cuidados y la responsabilidad económica de sus familias.
En el caso de Flory, cuidar significó atender la alimentación, la salud y la educación de sus hijos, buscar ingresos y mantenerlos a salvo. Todo esto mientras ella también vivía el duelo y la incertidumbre de no saber dónde estaba su compañero.
Flory también se involucró en las acciones impulsadas por familiares de personas detenidas y desaparecidas. Recordó haber participado junto a mujeres como Nineth Montenegro y Aura Elena Farfán en la exigencia de verdad y justicia.
Proteger a sus hijos en medio de la persecución
Flory vivía en una colonia de la zona 7 de la ciudad de Guatemala. Según recuerda, al menos dieciocho personas de ese sector, vinculadas con movimientos sindicales, estudiantiles y de pobladores, fueron asesinadas o desaparecidas.
Su madre le advirtió que ella también estaba en peligro.
“Ya desaparecieron al papá de sus hijos, ¿qué va a hacer?”, le decía.
Flory tuvo que alejarse de su casa y desplazarse junto con los niños. Se tuvo que trasladar dentro de Guatemala para protegerse de la persecución.
Durante ese tiempo observó cómo la violencia también alcanzaba a las comunidades indígenas y campesinas. Familias enteras eran obligadas a huir, las comunidades eran quemadas y las mujeres enfrentaban violencia sexual.
Flory sentía que no podía permanecer apartada de lo que estaba sucediendo.
“Uno no puede vivir fuera”, explicó. Por eso regresó y buscó nuevamente un espacio desde donde continuar trabajando.
Formar a las trabajadoras de maquila
En 1990, Flory comenzó a trabajar con la Federación Sindical de Trabajadores de la Alimentación, Agroindustria y Similares (Festras). Allí se integró a un comité de mujeres y acompañó procesos formativos con trabajadoras de maquila.
En los talleres hablaban sobre derechos humanos y laborales, aguinaldo, prestaciones, organización sindical y salud y seguridad ocupacional.
Después de haber presenciado la desaparición de compañeros y la destrucción de la CNT, Flory conocía la dimensión de esas amenazas. Finalmente dejó Festras y comenzó a trabajar en el Centro para la Acción Legal en Derechos Humanos, CALDH.
Frank La Rue, amigo y compañero de José Julio, conocía la historia de la familia y sabía que Flory tenía dos hijos pequeños. Fue una de las personas que la animó a integrarse a la organización.
Flory trabajó durante 15 años en CALDH. Se incorporó al Programa de Derechos de la Mujer, coordinado entonces por Eugenia Mijangos.
El equipo comenzó con tres personas y llegó a estar integrado por 14, entre abogadas laboralistas, capacitadoras y especialistas en violencia contra las mujeres. Flory también coordinó un proyecto dirigido a trabajadoras de maquila.
Ese trabajo le permitió continuar formándose en derechos humanos, legislación laboral y salud y seguridad ocupacional. Participó en cursos e intercambios internacionales que fortalecieron su experiencia como capacitadora.
Flory rememoró con emoción, que esos espacios no solo fortalecieron su trayectoria profesional, sino que también le permitieron sostener a sus hijos.
Habla con orgullo de haber logrado que ambos estudiaran. Uno se convirtió en abogado y actualmente trabaja como jefe de una delegación del Tribunal Supremo Electoral, en Santa Rosa. El otro se formó en criminalística y criminología y también trabaja en esa institución.
El origen de Sitradomsa
Años después, Flory pasó un año sin recibir un salario ni encontrar un empleo estable. Durante ese tiempo se fue a cuidar a uno de sus nietos, que vivía con su familia en una colonia residencial.
Allí comenzó a observar las condiciones en las que trabajaban las empleadas domésticas, las extensas jornadas, la acumulación de responsabilidades y la falta de reconocimiento de sus derechos.
Paralelamente, en una organización donde participaba comenzó a discutirse el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo OIT), aprobado para reconocer el trabajo doméstico como trabajo y garantizar a quienes lo realizan los mismos derechos que al resto de la población trabajadora.
Estas experiencias llevaron a Flory y a otras compañeras a organizar el Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia. Sitradomsa fue constituido en septiembre de 2011 y en septiembre de 2026 cumplirá 15 años.
Sitradomsa capacita y acompaña a trabajadoras domésticas y de cuidados. Foto: Eddy Zeta
Actualmente, la organización trabaja en 12 departamentos. Capacita a las trabajadoras, acompaña casos laborales, divulga información y realiza acciones de incidencia con autoridades.
A través de Sitradomsa, Flory ha conocido a mujeres que reciben 20 o 25 quetzales por una jornada. Algunas lavan grandes cantidades de ropa por 50 quetzales. Otras trabajan medio día, cocinan, limpian y lavan por 75, 80 o, en algunos casos, 100 quetzales.
Las trabajadoras que viven dentro de la casa de sus empleadores pueden iniciar sus labores a las cinco de la mañana y terminarlas hasta las diez u once de la noche. Muchas tienen únicamente el domingo para descansar.
La situación afecta principalmente a mujeres jóvenes, indígenas y migrantes internas que llegan desde los departamentos sin conocer sus derechos. Algunas son llamadas genéricamente “María”, dijo, como una expresión en la que se mezclan el racismo, el clasismo y la idea de que sus identidades no importan.
Una de las demandas de Sitradomsa es la existencia de contratos escritos que establezcan los horarios, salarios y tareas para las que fue contratada cada trabajadora.
Sin un contrato, una misma mujer puede terminar cocinando, lavando, planchando, limpiando y cuidando a niñas, niños, personas mayores o con discapacidad.
Flory explicó que cada una de estas actividades necesita conocimientos y habilidades. Cuidar a una persona mayor puede implicar medir la glucosa, controlar la presión, administrar medicamentos y cambiar pañales. Cuidar a un niño o niña puede requerir preparar sus alimentos, llevarlo al transporte escolar, acompañar sus tareas y protegerlo de accidentes.
Pese a estas responsabilidades, las trabajadoras domésticas continúan sin una protección adecuada del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. El Programa Especial de Protección para Trabajadoras de Casa Particular (Precapi) se concentra en maternidad y accidentes, pero no garantiza una cobertura suficiente frente a enfermedades comunes, invalidez, vejez y sobrevivencia.
Muchas trabajadoras son despedidas cuando se embarazan, sufren un accidente o ya no pueden mantener el mismo ritmo de trabajo. Después de pasar décadas cuidando a otras personas, llegan a la vejez sin pensión ni seguridad social.
Por otro lado, para ella, cuidar a una persona mayor, enferma o con discapacidad no debe recaer automáticamente sobre una hija, hermana, tía o sobrina, como lo ha impuesto la sociedad. Esta imposición puede impedir que las mujeres estudien, tengan un empleo, construyan autonomía económica o desarrollen sus propios proyectos.
El cariño y los vínculos familiares no pueden utilizarse para justificar que las mujeres trabajen sin descanso, reconocimiento ni remuneración. “Y si lo vamos a hacer, que sea un trabajo remunerado”, afirmó.
Sitradomsa lleva la información hasta parques, mercados y salidas de iglesias. Sus integrantes instalan un toldo, utilizan una bocina y reparten materiales para explicar a las trabajadoras de casa particular cuáles son sus derechos.
Trabajadoras domésticas afiliadas a Sitradomsa reparten material informativo en la vía pública.
Foto: Angie Ross
También dialogan con municipalidades y autoridades laborales. Flory considera que la discusión debe llegar a las iglesias, porque en ellas coinciden trabajadoras y empleadoras de distintas clases sociales. También quiere involucrar a las universidades y sectores empresariales.
Además, reconoce que sostener tantos años de trabajo sindical, formación e incidencia es agotador. Sin embargo, cuando habla de llegar a más mujeres, su nerviosismo disminuye y la emoción se refleja en su rostro.
Su trayectoria une la historia del sindicalismo guatemalteco con otra historia que pocas veces se cuenta: la de las mujeres que, mientras exigían justicia por las personas desaparecidas, también cocinaban, cuidaban, criaban y buscaban cómo sostener económicamente a sus familias.
Flory Contreras sobrevivió a la persecución, crió a sus hijos y regresó una y otra vez a la organización colectiva. Hoy continúa defendiendo que el trabajo doméstico y de cuidados deje de ser tratado como una obligación de las mujeres y sea reconocido como lo que es, trabajo.
Participaron de esta nota
Lucero Sapalú
El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en casas particulares ejercido por las infancias es una forma de esclavitud. Algunas niñas escapan de realidades de pobreza y abusos, abandonan sus estudios y renuncian a sus sueños para ir a “trabajar” a lugares donde se enfrentan a una serie de violencias que afectan su salud y desarrollo.
Angie Ross
En Guatemala, cientos de labores que sostienen la vida ocurren todos los días y muchas veces permanecen invisibles. Cocinar, limpiar, cuidar a niñas y niños, acompañar a personas adultas mayores o con algún tipo de discapacidad, trabajar la tierra o sostener el hogar también son trabajos que requieren tiempo, esfuerzo y conocimiento. Ante este panorama, las trabajadoras domésticas y de los cuidados organizadas en Ames y Sitradomsa impulsan jornadas informativas sobre derechos laborales, sexuales y reproductivos para despertar la conciencia de otras trabajadoras domésticas.
Violeta Cetino
Las sociedades y la economía de los países se sostienen gracias a las labores de cuidados remunerados y no remunerados que realizan, en su mayoría, las mujeres. En América Latina, más de 15 millones de mujeres son trabajadoras domésticas y de casa particular, esto equivale a 1 de cada 9 mujeres. Expertas en el tema en la región coinciden en que los cuidados son un derecho humano que debe ser reconocido por los Estados e incluido en las agendas del movimiento social de mujeres.