El arte de soltar en el exilio
Escrito por Flor de Maria Gálvez Álvarez
De fondo suena Rosalía. Con esa música para estos días en los que empieza el frío el exilio pesa distinto. Mientras la escucho, leo una carpeta de investigación. Hay un contraste áspero entre la música y la historia que leo en los folios, pero es aquí, en este cubículo, donde me encuentro con la nostalgia de manera inevitable: sí, esa nostalgia de quien empieza a despedirse en silencio.
Por Flor de María Gálvez Álvarez
Aprender a habitar estos espacios que no eran míos me tomó tiempo y dolores; ahora, justo cuando aprendí a habitarlos, estoy poco a poco soltándolos.
No sé qué me espera. No llevo una lista de metas; mi único plan es, precisamente, no tener ninguno. El desarraigo te enseña a la fuerza a vivir un día a la vez, a no mirar demasiado lejos para que el vértigo no te venza o la incertidumbre no te agobie. Cuando te arrebatan el proyecto de vida que construiste con tanto empeño —ese en el que me proyectaba como abogada de niñas víctimas de violencia, el propósito donde sentía que mi vida tenía una razón de ser—, entiendes que el futuro es algo que te obligaron a desaprender.
Sin embargo, el dolor no lo ha ocupado todo. En este último año he tenido la oportunidad de acompañar a muchas personas en sus propias tormentas. Y en ese caminar juntas entendí algo vital: la exigencia de justicia no reconoce fronteras. Las luchas, aun en tierra ajena, tienen la misma fuerza.
He mirado el dolor de las madres buscadoras, la mirada acorralada de adolescentes detenidos injustamente o la resistencia silenciosa de las personas en situación de calle. Nadie planea convertirse en víctima, y, aun así, ahí están: resistiendo, persistiendo, enseñándonos a no rendirnos. Empiezo a despedirme de cada una de ellas, habiendo entregado lo poco o mucho que estuvo a mi alcance, pero, sobre todo, agradecida por las lecciones de dignidad que me dejaron.
En este instante suena Reliquia. Escucho cómo Rosalía compara su corazón con un objeto, hablando de cómo lo ha ido entregando pedazo a pedazo, y se me hace un nudo apretado en la garganta. Porque así me siento hoy: despidiéndome de los lugares que me abrigaron, guardando los pedazos de lo que he sido y preparando el espíritu para lo incierto. Con el corazón apachurrado pero vivo, convertido en reliquia, y listo para resistir donde sea que vuelva a empezar.
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Flor de Maria Gálvez Álvarez
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Viviana Bran
Desde pequeña, las películas me enseñaron a tenerle miedo a las brujas. Eran las malas, las villanas, mujeres a las que había que tenerles temor. Crecí creyendo eso hasta que entendí que detrás de esa imagen de “malas” había otra historia: la de mujeres que se atrevieron a pensar por sí mismas, a sanar, a vivir fuera de las reglas impuestas por los hombres, esos mismos que, al no poder controlarlas, las llaman de esa manera.
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María de la Paz Castañón
El mito de que la guerra pertenece solo a los hombres se ha repetido por siglos. La experiencia de Vietnam demuestra lo contrario: las mujeres combatieron, sostuvieron la resistencia y, pese a su protagonismo, fueron relegadas al olvido.