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Denunciar los maltratos en el trabajo doméstico nos devuelve la dignidad

2020, Pandemia Covid-19. Sin oportunidad de trabajo profesional decidí migrar a la ciudad donde no había oportunidad de ejercer mi profesión. Acepté un trabajo de trabajadora doméstica. Las reglas eran no revelar para quién trabajaba y no tener comunicación con nadie en horario laboral. 



Por Girasol

Sin experiencia ni conocimiento de cómo viven los ricos, sufrí violencia psicológica, pero en ese momento yo no lo veía así, ya que yo creía que era porque no sabía hacer las cosas. Con el paso del tiempo comprendí que era maltrato, pero la necesidad para mí era mucha, con dos hijos que dependían de mí, continué. 


Cada noche lloraba porque me sentía desesperada, pero debido a la sobrecarga de trabajo y no tener una buena compañera de apoyo que debido a la exigencia de mi jefa, solo duraban semana y media y se iban. Me diagnosticaron migraña y una sinusitis crónica, me retiré del trabajo, renuncié. 


Durante año y medio no tuve trabajo. Hacía ventas de productos de cuidado para la piel y en el año 2024 mi hijo se graduaba. Me volvieron a llamar de la casa en la que trabajé un 1 de abril para trabajar por día y lo acepté, sin dudarlo, por la necesidad de que mi hijo terminara su carrera. 


Inicié dos días a la semana, me pagaban muy bien, con viáticos incluidos. En mayo renunció la persona que estaba interna y me pidieron que regresara. Acepté pensando que mi pago sería mejor, pero cuando ya había dicho que sí, vi mi propuesta salarial y era menos de lo que me imaginé, pero mi necesidad era grande y acepté. 


En ese tiempo no tenía quién cuidara de mis hijos, se quedaron solos, el uno para el otro, y yo trabajando 45 días de corrido para verlos dos días y regresar al trabajo. Poco a poco vi que mi hija no se sentía bien estando sola. A sus diez años cuidaba y cocinaba para su hermano de 16 años. 


En octubre de ese año hablé con mis jefes para decirles que solo iba a llegar a trabajar hasta fin de año, que buscaran a alguien más porque me sentía mal de dejar que mi hija estuviera sola. Me dijeron que si ese era el problema, que mi hija viniera a la ciudad. Se buscó un internado, se hizo el examen de admisión y lo ganó, pero cuando dijeron el precio de la mensualidad, era carísimo y mi jefa desistió, dijo que no, que mejor un colegio para que estudiara a diario y que tuviera bus que la llevara y la trajera a la casa, sin que yo saliera o tuviera pena. 


Así lo hicimos, y ellos pagarían el colegio como una beca, que lo harían mientras yo trabajaba allí. Yo estaba muy feliz de que mi hija estuviera conmigo, pero vinieron las reglas: que mi hija no podía salir del cuarto si los jóvenes (sus hijos) estuvieran allí en el primer nivel. Lo aceptamos y respetamos esa condición.


Mi hora de levantarme cambió. A las 4:20 horas para hacer la refacción y desayuno de mi hija y alistarme para entrar a la cocina. A las 5:00 preparaba el almuerzo de los jóvenes y del jefe y a las 6:20 servía el desayuno, luego a recoger y limpiar todo para poder ir a desayunar, de 8:00 a 9:00. Fueron meses de adaptación y hacer trabajo doble debido a que no había quién me apoyara. El tener a mi hija conmigo me condenó a estar sola durante siete meses. 


Tuve una compañera que llegaba por día, de 7:00 a 15:00 horas, de lunes a viernes y sábado de 8:00 a 13:00 horas. Mi cuerpo se agotaba y me diagnosticaron neuropatía y fibromialgia, pero continué hasta que decidieron contratar a otra persona para que me apoyara y que estaría interna, como yo. Fue un alivio pero más responsabilidad de enseñarle toda la rutina.


Mi hija terminó el ciclo escolar, gracias a Dios, con muchas luchas. Sin embargo, en este 2026 me dijeron que el pago del colegio sería mi aumento salarial. Acepté y le seguí echando ganas, haciendo todo de la mejor manera, dando el 200% cada día, pero siempre había un reclamo, una inconformidad por parte de mi jefa. El desgaste emocional fue creciendo, pero yo no pensaba en mí, sino en mi trabajo y por mi hija no podía rendirme. 


Sentimentalmente terminé mi relación porque ya no podía salir de descanso como antes. Yo lloré por esa relación y un día un compañero me vio y yo, creyendo que era buena persona, le conté lo que estaba atravesando, le conté todo, me vio llorar. Nunca imaginé que él al saber esa parte de mi vida personal, lo usaría como medio de acoso, me decía que yo era amargada por falta de sexo, que quería un hijo conmigo y que le diera una oportunidad. 


Mi respuesta fue “no” y siempre me miraba de forma morbosa y me hacía gestos desagradables. Un día me mostró sus genitales y me dijo, “¿No se le antoja?”, mi respuesta fue “No”, y salí corriendo, motivo por el cual se encargó de ponerme en mal con mi jefa. 


Había más regaños sin razón, reproches, hasta indirectas muy directas por tener a mi hija viviendo conmigo. Yo seguía con mi rutina de 5:00 am a 8:00 pm, o fines de semana de 6:00 am a 9:00 o 10:00 pm, haciendo comida, limpiando hornos, limpiando plata. Siempre organizaba mis días, pero muchas veces me decían que no hacía nada y eso me desgastaba. No podía llorar porque no quería que mi hija se preocupara. 


A raíz de esto, yo estaba en el trabajo 24/7. Mi hija atentó contra su vida ya que sintió que era una carga para mí y evidenció que le afectaba la opresión por parte de mi jefa. Fue muy triste para mí saber que teniendo a mi hija cerca, estaba más ausente. 


Busqué ayuda psicológica para ella y continué trabajando. Tristemente, mi acosador buscó la oportunidad de agredirme verbalmente e intentó golpearme, y a raíz de eso me dio un derrame facial, se me durmió la mitad del cuerpo. Acudí al IGSS y me suspendieron por tiempo indefinido, y mis empleadores molestos por que yo no continué haciendo mi trabajo. Sabiendo que yo no tengo familia en la ciudad, me pidieron sacar todas mis cosas para mi recuperación y que en mi lugar iban a buscar a alguien temporal. 


Me dolió mucho, pero lo hice. Busqué un lugar cerca del colegio de mi hija. Mi tratamiento y recuperación ha sido lenta, y acudí a poner una denuncia y solicité medidas de seguridad para que mi agresor no se me acerque. Todo esto lo hice armada de valor por la asesoría del Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia (Sitradomsa) en una feria lúdica, con apoyo del Ministerio de Trabajo, pero por resguardar la casa de mis empleadores, no continué con el proceso penal, solo pedí medidas de seguridad, lo que los indignó y me dio el pase para el despido injustificado, pero yo lo hice por dignidad. 


Actualmente, aún no me recupero, y sé que cuando el IGSS me dé de alta, será mi despido. Lloré porque confirmé que mientras uno está sano, es importante; pero enferma ya no es funcional. Gracias al acompañamiento de Sitradomsa me siento con valor para pelear mis derechos. Ya trabajé más de lo que decía mi contrato de trabajo y mi consejo a las trabajadoras domésticas es que hablen cuando sean intimidadas, acosadas, violentadas. No estamos solas. No hay necesidad de llegar a colapsar con la salud. 


Durante este tiempo he aprendido a confiar en Dios y él me ha proveído para el pago de mi renta y la comida para mi hija y para mí, porque el colegio ya no lo seguirán pagando. No niego el coraje que me dio, pero comprendí que debo demostrar que con la ayuda de Dios podré sacar adelante a mi hija. 


Actualmente asisto a terapia psicológica con mi hija a Centracap (Centro de Apoyo para Trabajadoras de Casa Particular). Sitradomsa y Centracap han sido mi familia en este proceso, donde sé que un día podré testificar cómo saldré victoriosa, en el nombre de Dios. 

“No es ayuda, es trabajo”: la historia de La Morena, trabajadora doméstica

Angie Ross

Sentada en la Plaza de las Niñas, durante la Feria Informativa para las Trabajadoras Domésticas, del Hogar y de Casa Particular, este 12 de abril, La Morena dibuja con crayones mientras habla. Acepta contar su historia con un pseudónimo. Tiene 38 años y desde hace una década se desempeña como trabajadora doméstica.