Manos de mujer sosteniendo un lapicero. Foto: Ana Lucía Ramazzini Morales

De los campos libres al encierro del cuarto pequeño

“Me sentía como desnuda”, me dijo Caty cuando recordó el día en que dejó de usar su indumentaria maya para ponerse el uniforme de trabajadora de casa particular. Había dejado atrás los campos abiertos de Sacapulas, Quiché, para llegar a un cuarto pequeño en la ciudad de Guatemala. Esta es su historia. 

Por Ana Lucía Ramazzini Morales

Caty tenía catorce años cuando dejó Sacapulas, Quiché, para trabajar en una casa de la ciudad de Guatemala. No lo hizo buscando un sueño propio, sino para ayudar económicamente a su familia. En su comunidad tenían un terreno, pero no contaban con agua ni con las condiciones mínimas para vivir de él. Era el año 2000 y llegó a una casa en Santa Rosita, zona 16, en la ciudad de Guatemala, donde ganaba Q500 mensuales. Trabajó ahí por tres años. Hoy, ese sector está rodeado de nuevas residenciales y  proyectos habitacionales. 

Al preguntarle sobre las dificultades a las que se enfrentó, comentó: “Los primeros meses me costó porque uno no está preparado, lo más duro fue acostumbrarme al cambio, ¡fue un gran cambio!”.

Ese cambio no consistía únicamente en aprender a limpiar una casa o cuidar a un bebé, tarea que terminó realizando aunque nunca fue parte de lo acordado. El verdadero cambio fue dejar atrás su mundo entero. En ese entonces los teléfonos celulares aún no eran de uso tan común como ahora, por lo que la distancia se vivía con mayor intensidad: "Estaba triste por mi familia porque extrañaba mucho a mi mamá". Aunque su papá también trabajaba en la ciudad de Guatemala, solo podía verlo una vez a la semana.

En Sacapulas habían patios amplios y campos abiertos. “En mi pueblo era libre”, recordó, “y vivir acá era más encerrado, solo salía los domingos pues de lunes a sábado estaba trabajando”. El paso de los campos libres al encierro del cuarto pequeño fue una transformación profunda en su vida. Y es que los cuidados también tienen geografías, rupturas, duelos y despojos.

Caty tuvo que aprender español porque apenas lo hablaba. "Tenía miedo de hablarlo y de expresarme." Además debió acostumbrarse a una comida distinta: “No había tortilla, todo era pan. Yo estaba acostumbrada a comer tortilla y el pan como que no llena”.  También dejó de vestir su indumentaria porque le impusieron el uso de uniforme: “No me sentía cómoda; sentí raro porque mi corte pesaba, pero el uniforme era liviano, ¡me sentía como desnuda!”. El uniforme borraba parte de la historia que Caty llevaba puesta. No era solamente cambiar de ropa, era jerarquizar las relaciones y dejar de habitar su identidad con el cuerpo. 

En Guatemala, el trabajo doméstico remunerado no puede comprenderse únicamente desde las desigualdades de género. También está atravesado por el racismo y por las profundas brechas entre el campo y la ciudad. Durante generaciones, miles de niñas y adolescentes indígenas se han desplazado para trabajar en hogares urbanos donde su idioma, sus costumbres y su vestimenta han sido percibidos como algo que debe corregirse, ocultarse o sustituirse. Implica adaptarse a relaciones laborales que pocas veces reconocen su historia, su cosmovisión, sus derechos. 

Los feminismos han argumentado desde hace décadas que los cuidados sostienen la vida. Sin alguien que cocine, limpie, cuide a niñas, niños, personas enfermas o adultas mayores, el resto de actividades simplemente no podrían realizarse. Sin embargo, ese trabajo ha sido históricamente invisibilizado porque se asumió como una responsabilidad "natural" de las mujeres y porque, cuando es remunerado, suele recaer sobre quienes enfrentan mayores desigualdades: mujeres indígenas, afrodescendientes, ladinas/mestizas empobrecidas.

Foto: Ana Lucía Ramazzini Morales

La doctora Aura Cumes, maya Kaqchikel, ha señalado que “la servidumbre” en Guatemala no puede entenderse únicamente como una forma de empleo, porque hunde sus raíces en una historia colonial que asignó a las mujeres indígenas el lugar de quienes cuidan, sirven y sostienen la vida de otras personas, mientras su propia humanidad, sus saberes y sus proyectos quedan relegados. Desde esa perspectiva, la experiencia de Caty no refleja solo la vida de una adolescente que se desplazó para trabajar. Evidencia un racismo estructural que ha normalizado procesos de desarraigo, adaptación forzada, silencios cotidianos, violencia e impunidad.

Como argumenta Nancy Fraser (2023), vivimos una verdadera crisis de los cuidados, pues el mismo sistema que necesita ese trabajo para funcionar crea las condiciones que lo precarizan y desprotegen. Mientras unas personas pueden estudiar, trabajar o desarrollar una carrera profesional, otras sostienen la vida cotidiana limpiando, cocinando, cuidando niñas, niños, personas enfermas o adultas mayores. Pero quienes lo realizan han cargado históricamente con condiciones laborales precarias. Para que unas familias pudieran organizar su tiempo, otras vieron interrumpidos sus proyectos personales, vínculos familiares y trayectorias educativas.

En su pueblo Caty llegó hasta el 5to grado de primaria. Aparte de estudiar, pastoreaba, cargaba leña, iba por agua, le tocaba madrugar para ir al molino. A pesar de todo, en la ciudad logró sacar sexto grado, primero y segundo básico, estudiando los sábados. Pero no avanzó más porque nacieron sus hijos y tuvo que quedarse en casa para cuidarlos. Cuando fueron más grandes, volvió a trabajar en otros hogares, buscando que fueran viviendas cercanas para ahorrarse el costo del pasaje. Ella ahora tiene 40 años, vive junto con su esposo, con quien se casó a los 17 años, y con sus dos hijos e hija. La lógica de los cuidados para otras personas siempre ha estado presente en su vida.

Hace cinco años una vecina le contó sobre SITRADOMSA (Sindicato de Trabajadoras Domésticas, Similares y a Cuenta Propia): “Ahí entendí y aprendí qué es violencia, aprendí mucho sobre los derechos que tengo, porque en la escuela de mi pueblo y aquí en la ciudad no me enseñaron sobre eso”. Esto constituye violencia epistémica, ya que a través del sistema escolarizado fue privada del conocimiento que esos derechos existían. Hoy, Caty le habla a otras vecinas para que conozcan SITRADOMSA.  Ella forma parte de esa red de saberes -de voz en voz- que las mujeres hemos tejido durante siglos para compartir conocimientos y cuidarnos unas a otras. 

Caty comenta que le gusta cuando le agradecen por su trabajo y lo valoran. De manera firme señaló: “Nuestro trabajo permite que otras personas hagan sus cosas. El trabajo que realizamos es muy importante, es un trabajo duro, uno se cansa. Uno tiene derechos a bono 14, aguinaldo, prestaciones…”.  

Desde hace dos años ha estado enferma.  Ha tenido problemas de tiroides e hígado y también fue diagnosticada con diabetes. Incluso, estuvo internada en el hospital por complicaciones con la vesícula.  Ya no pudo continuar trabajando en casas particulares porque no podía seguir pidiendo permisos para asistir a sus citas médicas o recuperarse. Así, el derecho a la salud se convierte en un privilegio cuando se trabaja cuidando la vida de otras personas.

Su hija tiene ahora quince años, casi la misma edad que ella tenía cuando dejó Sacapulas. Pero sus vidas no se parecen; y a Caty eso la enorgullece porque evidencia la ruptura de un ciclo: 

“Yo estoy feliz que ella está estudiando, que no está haciendo lo que yo hacía a la misma edad. Me alegro que ella tenga lo que yo no tuve, que esté estudiando, y esté decidiendo sobre su vida. Mi deseo es que estudie, que después vaya a trabajar y tenga su propio dinero, que no ande pidiendo. Es importante que conozca sus derechos”. 

Cada fin de año, Caty regresa a Sacapulas para visitar a su mamá y a su papá, que ya está jubilado. Me imagino que vuelve a caminar por esos campos abiertos y me hace pensar que la justicia de los cuidados llegará el día en que ninguna niña tenga que cambiar esa la libertad por el encierro de un cuarto pequeño para sostener la vida de otras personas.

Bibliografía:

Cumes Simón, Aura Estela (2014). La "india" como "sirvienta". Servidumbre doméstica, colonialismo y patriarcado en Guatemala (Tesis de doctorado, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social). Repositorio Institucional CIESAS. https://repositorio.ciesas.edu.mx/handle/123456789/283

Fraser, Nancy (2023). Capitalismo caníbal: Cómo nuestro sistema está devorando la democracia, el cuidado y el planeta, y qué podemos hacer con ello. Siglo XXI Editores.