De fobias en junio y algo más…
Escrito por Emma López
Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM) en su quinta edición, una fobia es definida como “Un miedo o ansiedad intensa, desproporcionada e irracional hacia un objeto o situación en particular”. Y para ser diagnosticada como tal, necesita cumplir ciertos criterios, tales como: miedo o ansiedad intensa; respuesta inmediata, desproporción, evitación activa, persistencia y deterioro funcional.
Por Emma López Penados
Seguramente, todas y todos conocemos a alguien que se descompensa y se altera al encontrarse con un detonante. Porque la realidad es que puede desarrollarse hacia casi todo lo que podamos conocer, aunque algunas son más populares que otras y no existe una causa única que les dé explicación.
Sin embargo, como todos los junios, la “homofobia” es algo que suele sonar como una explicación para la cantidad de mensajes y acciones de odio que se reciben en el marco de la conmemoración del Día del Orgullo LGBTIQ+.
El concepto de homofobia se le atribuye al psicólogo estadounidense George Weinberg, quien en la década de los 60s lo introduce para intentar darle una explicación a la violencia, persecución y criminalización que vivían las personas que osaban vivir y expresar su sexualidad fuera de lo que se consideraba “normal”. Y nombrarlo no solamente contribuyó a colocar en palabras y poder denunciar las situaciones particulares que la población vivía, sino también a señalar la irracionalidad de esta.
Sin embargo, la psicología no es una isla, y podría decir que casi ninguno -si no es que ningún- fenómeno humano puede explicarse solamente a través de esta, especialmente porque los niveles, los momentos, las formas en las que el rechazo se ha manifestado no responden de la misma manera a quien hiperventila en un espacio cerrado (claustrofobia), a quien se le aparece una araña inesperada (aracnofobia), o quien le huye tanto a las agujas e inyecciones, incluso a costa de su salud (tripanofobia).
No, el comportamiento es distinto. Y las explicaciones claro que se apoyan en la psicología, pero no la que diagnostica, sino la que nos ayuda a comprender el comportamiento de las masas; otros elementos nos los brinda la sociología e incluso, la política.
Porque lo que hemos visto, y vimos también este junio, es un despliegue de evidencias de un sistema de poder que pretende disciplinar, controlar, restringir y eliminar toda forma de expresión disidente en materia de sexualidad y una suma de voces, desde el vecino, pasando por el líder religioso, hasta llegar a los políticos, como el caso de Juan Manuel Asturias, alcalde actual de La Antigua Guatemala, quien en las últimas semanas se empeñó en emitir comunicaciones que sancionaban la iniciativa de realizar una marcha por el orgullo de la diversidad, tal como se ha realizado en la ciudad de Guatemala por más de 25 años.
¿Tenía miedo a una marcha pacífica? No creo, pero su gestión pública carece de respaldo y legitimidad dentro y fuera de la ciudad colonial. Decisiones como otorgar permisos arbitrarios y sin el cuidado ambiental y económico para el desarrollo de plazas comerciales, han sido ampliamente criticadas; así, también había tenido demostraciones autoritarias previamente, pues es conocido por intentar silenciar a periodistas y voces que le resulten incómodas en su mandato.
Sin embargo, muchos quienes han increpado y cuestionado, celebraron su decisión de prohibir la marcha, bajo argumentos como “la preservación de las buenas costumbres y valores de la ciudad”.
Eso no es miedo, es instrumentalización de temas que es bien sabido pueden generar polémica, en favor de limpiar la imagen al tender puentes en lo realmente “importante”, los valores morales.
Y lo entrecomillo no porque considere que tener valores no es relevante, de hecho lo es, pero los valores que las personas tenemos -incluido el funcionariado público- se ven manifestados en cada decisión que se toma, no en lo que se dice. No obstante, la fórmula ya es conocida por su efectividad y la hemos visto ser -inescrupulosamente- utilizada por expresidentes como Jimmy Morales, quien promovió la iniciativa de ley 5272 “Ley para la protección de la vida y la familia”, la cual contenía un incremento en las penas para las mujeres que hubieran recurrido a un aborto, o comprobara lo contrario; legitimaba el discurso de odio contra la diversidad sexual, entre otras. Aunque en su período se vivió uno de los más espantosos episodios de este país, la tragedia del hogar (in)seguro Virgen de la Asunción.
También Alejandro Giammattei, quien al no lograr sostener la aprobación de dicha ley, promovió la política que responde básicamente a los mismos principios e incorporó “por la vida” cada actividad que pudo, aunque la gestión de la pandemia estuvo marcada por actos de corrupción y negligencia que cobraron la vida de tantas personas.
Tampoco Guatemala tiene la exclusividad, es una estrategia conocida y de la que vemos resultados también en Estados Unidos, El Salvador, Costa Rica, Perú, Argentina y más recientemente en Colombia.
Enumerar los ejemplos es fácil, porque ha sido el bastión de al menos la última década, pero eso no quiere decir que el escenario fuera muy distinto previo a esto. La normativa sobre la sexualidad ha existido desde que se conformaron los Estados, desde que hubo que controlar la propiedad privada y desde que a algunos les apeteció la acumulación.
De eso también nos sirve leer a antropólogas como Riane Eisler o Gerda Lerner. Y aún así no lo entenderíamos todo, porque aunque logremos explicar los porqués y paraqués, la rabia y la indignación nos pueden acompañar, como nos acompaña el orgullo y la semilla que empuja hacia la luz, porque aún con los intentos de represión y eliminación, el 21 de junio La Antigua Guatemala se pintó de colores, como un reclamo de la existencia en lo público, como una celebración a lo que se es. Las calles de otros departamentos también lo hicieron, y el 27 de junio la ciudad de Guatemala también lo hará.
Y todas y todos, LGBTIQ+ o no, deberíamos defender el derecho a hacerlo, porque no es miedo lo que está en juego, es la certeza que podemos tener como ciudadanos y ciudadanas que nuestros derechos serán respetados y garantizados; son procesos de democracia, son gestiones que puedan hablar de su buen trabajo por sus obras y no por el discurso moral; es mucho más.
No sé si la “fobia a votar por quienes practican la mala gestión, la corrupción y el saqueo, mientras se escudan en las mujeres, las juventudes y la población LGBTIQ+” esté tipificada en algún manual, pero si existe, sin duda, la tengo.
Participaron de esta nota
Emma López
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