Fans muestran carteles mientras disfrutan de un concierto. @goeskthh

Cuando la inclusión también puede ser una forma de exclusión

Escrito por Gigi

“Esperamos que la música pueda ser escuchada y amada por lo que es, en lugar de ser dividida por regiones o idiomas." -BTS-

Por Gigi

Leí esa frase durante la madrugada del 29 de julio mientras hacía el típico scrolleo antes de dormir. Apenas apareció el comunicado, me detuve a leerlo. Conforme avanzaba, sentía una mezcla de orgullo, emoción y, sobre todo, la sensación de que por fin alguien había puesto en palabras algo que yo llevaba años sintiendo mientras seguía su carrera.

Y es que el 16 de junio, la Academia de la Grabación (Recording Academy) anunció la creación de la categoría a Mejor Interpretación de Música Pop Asiática (Best Asian Pop Music Performance) para la 69.ª edición de los Premios Grammy. La noticia fue presentada como un paso hacia la inclusión de la música asiática dentro de uno de los premios más importantes de la industria.

Un mes después, BTS anunció que no presentaría ARIRANG, el primer álbum publicado tras el regreso del servicio militar de los siete integrantes. En lugar de competir en esa nueva categoría, compartieron una frase que me dejó pensando durante todo el día:

“Esperamos que la música pueda ser escuchada y amada por lo que es, en lugar de ser dividida por regiones o idiomas”.

Y fue ahí donde entendí que la discusión nunca había sido únicamente sobre un premio.

Recuerdo la noche de 2020 en que BTS recibió su primera nominación al Grammy. Esperé despierta para ver el video donde los chicos reaccionaban al anuncio. Gritaron, se abrazaron y celebraron como cualquier artista que ve su sueño cumplido. Yo sonreía desde mi cuarto como si esa nominación también fuera un logro compartido.

En ese momento pensé que ese era el reconocimiento que hacía falta.

Hoy ya no estoy tan segura.

Con los años entendí que lo que realmente esperaba no era un trofeo. Era que su música dejara de ser vista como una excepción; que no necesitara el apellido de "coreana" para ser considerada pop, y que pudiera ocupar el mismo espacio que cualquier otro artista sin que su idioma o su origen fueran el primer filtro para hablar de ella.

Durante años vi cómo cada logro de BTS venía acompañado de una aclaración: el grupo coreano, el fenómeno del K-pop, la banda asiática. Nunca bastaba con decir simplemente "grupo pop". Su origen siempre aparecía antes que su música.

Y eso me hizo preguntarme:

¿Qué tiene que hacer un artista para que su trabajo sea reconocido sin que su nacionalidad sea el primer adjetivo con el que lo describen?

Porque la discusión ya no es si el K-pop merece un espacio. Eso quedó demostrado hace años.

La verdadera pregunta es por qué, después de romper récords, llenar estadios, liderar listas de reproducción y transformar la industria musical, todavía necesita una categoría aparte.

Hay quienes celebraron esta nueva categoría.

Y lo entiendo.

Durante mucho tiempo los artistas asiáticos fueron invisibilizados por las grandes instituciones de la música. Pero incluir no siempre significa integrar. A veces también significa clasificar, ordenar y separar.

Es como si la Academia dijera: "Sí pertenecen, pero en este espacio".

Y esa diferencia importa.

Porque nadie necesita una categoría especial para la música en inglés. El inglés sigue siendo el idioma que no necesita explicación. Los demás sí.

Y eso también es una forma de poder.

Esta tampoco es una discusión nueva.

Me hizo pensar inmediatamente en los Latin Grammy. Su creación permitió reconocer a muchísimos artistas latinoamericanos que durante años habían sido ignorados por los Grammy. Sin embargo, también refleja una lógica que la industria ha repetido varias veces: cuando una música rompe las fronteras del mercado anglosajón, muchas veces la respuesta no es transformar el espacio principal, sino crear otro.

Hoy parece ocurrir algo parecido con el pop asiático.

En lugar de preguntarnos por qué artistas que ya demostraron ser parte del pop global necesitan una categoría exclusiva, celebramos la creación de una nueva casilla.

Y ahí es donde la palabra "inclusión" empieza a incomodarme. Porque a veces incluir también significa separar. Es como si dijeran: "Sí, entren... pero por esta puerta".

El teórico palestino Edward Said escribió en Orientalismo que Occidente ha construido históricamente a Oriente como "el otro": alguien diferente, fascinante, pero nunca completamente igual.

Creo que esa idea ayuda a entender por qué todavía cuesta hablar de BTS sin poner antes "grupo coreano". Cuando una institución insiste en destacar primero el origen de un artista y después su obra, no solo lo está describiendo.

También está diciendo quién ocupa el centro y quién sigue estando en la periferia.

Y entonces pensé en ARIRANG.

No creo que sea casualidad que el primer álbum después del servicio militar dialogue tanto con la identidad y el orgullo cultural. Especialmente "Aliens".

Durante años BTS fue tratado como una excepción dentro de la industria occidental. La canción, en cambio, parece hacer exactamente lo contrario: convierte esa diferencia en una fortaleza. Ya no busca encajar. La abraza.

Por eso no creo que esta decisión tenga que ver únicamente con los Grammy.

Creo que habla de algo mucho más grande.

Durante décadas nos enseñaron que el éxito consistía en ser aceptados por Occidente. Hablar su idioma. Entrar a sus premios. Recibir su validación.

Pero quizá estamos viendo un cambio de época.

Tal vez el verdadero poder ya no está en que una institución occidental te reconozca, sino en decidir que ya no necesitás esa validación para saber lo que vale tu trabajo.

Y eso también es político.

Vivimos en un mundo donde los nacionalismos vuelven a crecer, donde la extrema derecha gana terreno y donde las fronteras culturales parecen hacerse cada vez más rígidas.

En ese contexto, dividir la música por regiones o idiomas deja de ser una decisión técnica.

También es una forma de imaginar cómo funciona el mundo.

Quién pertenece al centro.

Y quién sigue ocupando un espacio aparte.

Después de más de diez años siguiendo a BTS, entendí que lo que más admiraba de ellos nunca fueron los récords ni los premios.

Fue haber obligado a una industria construida alrededor de Occidente a hacerse una pregunta incómoda:

¿Estamos reconociendo el talento... o seguimos premiando el lugar del que viene?

Hoy creo que su mayor triunfo fue otro.

Fue haber construido una carrera tan grande que puede permitirse decir “no".

No a una categoría que los separa.

No a una forma de inclusión que todavía los sigue nombrando como "los otros".

Y, sin darme cuenta, seguir su carrera también cambió mi forma de mirar el mundo. Me hizo preguntarme cuántas veces hacemos lo mismo con otras culturas: escuchar primero el idioma, el acento o el lugar de donde vienen, antes de detenernos a escuchar lo que realmente tienen que decir.

Porque hay momentos en los que rechazar un espacio dice mucho más que aceptarlo.

Y quizá ese sea el reconocimiento más importante.

No el que entrega una academia.

Sino el que nace cuando una obra deja de pedir permiso para ocupar el lugar que siempre le ha correspondido.


Participaron de esta nota

Gigi

Escribo desde la vida cotidiana, entre preguntas y silencios, buscando sentido en lo que a veces parece insignificante. Aquí comparto fragmentos de lo que siento, pienso y observo, como quien escribe para no perderse a sí misma.

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