Foto: Eddy Zeta

Cuando decidimos sin culpa

Escrito por AbortoAcá (abortoaca.net)

Quiero empezar esta columna resaltando que el debate con respecto al aborto puede y ha sido abordado desde lo filosófico, lo religioso, lo social o lo sanitario. Los mejores argumentos que buscan des-estigmatizar el aborto, lo retratan en términos estadísticos o ilustrando aquellos casos cuyos panoramas son fatales. No todos los abortos suceden en personas precarizadas, y esos casos no deberían de ser los únicos legítimos. 

Por AbortoAcá (abortoaca.net)

El feminismo ha logrado establecer un enlace analítico entre la estigmatización del aborto, su criminalización y las perspectivas sociales y morales sobre el cuerpo, la sexualidad y el erotismo.

Durante mi infancia y adolescencia, mi exploración y vivencia sexual estuvo muy poco constreñida por la educación en mi hogar y un tanto más moralizada por la educación religiosa que recibí en el colegio. Digamos que no me sentía culpable de experimentar mi sexualidad y erotismo, pero procuraba manejarlo como un secreto muy preciado, para evitar ser juzgada por la sociedad de mi colegio y mis compañeros y compañeras de clase. 

Aún así, yo veía el aborto como lo ve cualquier persona que mide una problemática social desde los fundamentalismos: como un acto cruel cometido contra un alma inocente. Cabe aclarar que esta percepción estaba completamente construida desde la desinformación y la propaganda anti abortista que está tan difundida, pues ignoraba por completo los períodos de gestación y su correlación con la aparición de lo que se podría considerar (de manera poco ortodoxa) "la conciencia de sí mismo".

Recuerdo que mi perspectiva con respecto al aborto fue transformándose conforme fui tomando distancia de nociones más religiosas e incursionando en otras corrientes filosóficas. Adentrarme en el feminismo me ayudó bastante a tener otras perspectivas sobre erotismo, sexualidad y aborto; me extendió herramientas de análisis sobre la sexualidad y el erotismo como una construcción social, cultural e histórica, y me permitió entender la criminalización del aborto como resultado coherente de esa construcción patriarcal. Más adelante me fui informando del aborto en su abordaje como un problema de salud pública y terminé de convencerme de que era una vivencia y una decisión que no comprometía la brújula moral de quien la tomara. 

Entretanto, me fui haciendo un poco más adulta y estando a cargo de mí misma y mis gastos base y fui dimensionando lo retador que implica criar y mantener a otro ser humano. El aborto me parecía, cada vez más, una decisión tomada más desde la responsabilidad y amorosidad, que desde la desconsideración y el egoísmo.

Yo soy una mujer ladina de la ciudad, tengo 32 años de edad, y mi experiencia de interrupción fue en febrero del 2022, yo tenía 28 años. Nunca me visualicé en una situación donde fuera a requerir interrumpir un embarazo. Cuando me tocó, estaba en una relación monógama (por lo que no usábamos condón pero sí otros métodos de planificación familiar). Fue mucha sorpresa porque siempre he llevado un buen control de mi ciclo menstrual y en toda mi vida sexualmente activa, nunca había quedado embarazada. Sin embargo, el embarazo no me preocupó: desde que registré mi retraso y tuve mis sospechas, mi primera opción siempre fue interrumpir, ya que mis condiciones financieras y económicas no eran lo suficientemente sólidas para costearme la crianza de un ser humano. 

Además, a pesar de estar en términos monógamos, mi pareja nunca supo darme seguridad emocional ni tenía trabajo estable y no me parecía sensato elegirlo como compañero de crianza. Lo que sí me preocupó fue, primero, que el proceso no fuera lo suficientemente eficiente y tuviera que acudir a algún legrado; me asustaba por invasivo y porque no podía costearme todo un mes de recuperación en reposo, además de exponerme a la posible criminalización o vigilancia. Segundo, me preocupaba que las otras personas se enteraran de mi aborto y no solo me juzgaran, sino me vulneraran frente a la mirada inquisidora de una sociedad que sigue sentenciando la interrupción de un embarazo.

Por fortuna, tengo aproximación a los movimientos feministas en la ciudad desde que tengo como 18 años y, a partir de la llegada del barco de Woman On Waves, una amiga cercana se quedó trabajando con organizaciones locales que brindan apoyo y acompañamiento para abortar. Ella me facilitó el medicamento, me informó sobre el procedimiento y me dio seguimiento pre y post aborto. Como dije, la decisión estaba bastante clara desde el principio, pero todo el proceso de espera desde el positivo hasta la fecha de interrupción fue emocionalmente difícil. 

Estuve muy deprimida, no quería estar embarazada, me sentía muy vulnerable. Todo el tiempo de espera me la pasé guardada en mi casa, evitando espacios públicos o lugares donde pudiera encontrarme con gente conocida porque mi paranoia me hacía creer que cualquiera se daría cuenta de mi embarazo solo con verme, aunque no superé los dos meses de gestación. Esto mismo hizo que pasara todo el tiempo de espera sin visitar a mi mamá; estaba segura que ella, por sobre toda la gente, se iba a dar cuenta y, al ver que el embarazo no progresara, iba a concluir mi decisión. De esto, lo que realmente me incomodaba era que el resto de mi familia materna se enterara, ya que suelen tener posicionamientos bastantes fundamentalistas con respecto a la sexualidad y el aborto. Ni siquiera le conté a todas mis amistades cercanas, solo a aquellas que, me constaba, compartían mi opinión con respecto al aborto. Ellas fueron realmente mi red de sostén, se mantuvieron muy pendientes de mí, de escribirme, llamarme o visitarme y checar mi estado de ánimo. Fueron tres amigas quienes me acompañaron presencialmente durante el proceso de interrupción.

Durante el procedimiento me la pasé muy nerviosa, principalmente por la posibilidad de que no expulsara todo y tuviera que hacerme un legrado. Pasaron alrededor de 14 horas desde que empecé el procedimiento hasta que empecé a expulsar. Todo ese tiempo mis amigas estuvieron ahí, atendiéndome, preparándome comida alta en hierro y procurando que comiera aunque sea un poco. También me dieron CBD para ayudar a relajarme y apaciguar el dolor. Pero conforme pasaban las horas y yo seguía sin expulsar y sangrando muy poco, me ponía más nerviosa y eso, a su vez, puede que haya tenido incidencia en que siguiera sin expulsar. 

Mis amigas me ayudaron a relajarme haciéndome reír, guiándome con ejercicios de relajación de cadera y suelo pélvico para estimular las contracciones, dándome afirmaciones de que todo iba a estar bien. Crearon un ambiente seguro, cómodo, cálido y ameno para mitigar mis nervios. Estuvieron despiertas conmigo hasta la medianoche cuando empecé a expulsar. Luego de que expulsé el producto, me sentí tan aliviada. Aliviada porque todo había salido bien, porque no tendría que exponerme al escrutinio de nadie, y aliviada porque no iba a traer una vida a este mundo sin poder darle un nivel de vida digno. 

Esto último sí me angustiaba muchísimo en el tiempo que estuve gestando: he de admitir que tuve momentos de fantasía, donde me imaginaba criando y cuidando a mi hij@, y ahí me di cuenta que la maternidad no es algo que me repela. De hecho, si mis circunstancias y mi pareja hubieran sido óptimas, me hubiera gustado continuar con el embarazo. Y me dí cuenta que la decisión que había tomado no solo iba dirigida con ternura hacia mí, sino también hacia quienes pudieran llegar a ser mis hijos, ya que me rehúso a traerlos a un mundo donde tengan que padecer unas circunstancias estructurales desafiantes.

También me sentí muy afortunada de tener la red de sostén emocional que he logrado tejer a lo largo de los años y que cuidaron de mí en un momento muy vulnerable. Me sentí muy querida, me sentí importante para las personas que procuraron mi bienestar y mi recuperación. 

En fin, mi experiencia de aborto, más allá de la incomodidad física, estuvo fundada y centrada en la amorosidad y, desde entonces, he deseado que las otras quienes tengan que pasar por la interrumpión de un embarazo, no tengan que vivirlo entre sufrimiento psicológico y moral, a escondidas, bajo riesgos hacia su propia vida y solas. 

A las demás quisiera decirles que hay una red bastante amplia de personas que decidimos abortar y que muchas, muchísimas más de las que creemos, han abortado. De hecho, luego de que pude hablar de mi experiencia, otras compartieron sus experiencias conmigo y me di cuenta que el aborto es algo que les pasa a muchísimas de nosotras, simplemente no lo hablamos entre nosotras. 

Decidir no continuar con un embarazo, por las razones que sean, no nos define moralmente; muchas veces es hasta un acto que demuestra un nivel alto de responsabilidad y un entendimiento sobre vida digna guiado por la ternura y la sensatez.

Participaron de esta nota

AbortoAcá (abortoaca.net)

Somos una red de aliadas mexicanas que brindamos acompañamiento verde y feminista en Centroamérica. Creemos en la justicia reproductiva y la solidaridad internacional para que todxs puedan elegir sobre sus cuerpos en libertad.

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Alrededor de 39 mil mujeres mueren cada año en el mundo como consecuencia de un aborto practicado en condiciones insalubres e inseguras, estima la Organización Mundial de la Salud (OMS). La gran mayoría de estas muertes ocurren en países pobres con leyes restrictivas, lo que evidencia que prohibir la interrupción voluntaria del embarazo no elimina la necesidad de hacerlo, sino que obliga a las mujeres, niñas y personas gestantes a arriesgar sus vidas para acceder a un aborto.

¿Dónde queda Guatemala en la lucha por el aborto?

Daniela Escobar

Al enterarme sobre la despenalización federal del aborto en México, frente a mis ojos no vi más que esperanza. Comprendí que Guatemala y sus diversos feminismos están en camino  hacia garantizar la salud sexual y reproductiva. En el libro Marea Verde y El Derecho al Aborto, las autoras María Fernanda Telléz Girón García y Tania Gonzáles Kazén, señalan que el aborto no debe ser un dilema ético o moral, sino un asunto de justicia y bienestar público. El libro además expone la estrecha relación entre el Estado y la estigmatización de los derechos de las mujeres, tejiendo falsos argumentos que rodean la interrupción del embarazo y los roles de género impuestos por la visión heteropatriarcal.