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¿Cómo dice que dijo? Entre “señorita”, “señora” y ahora, “madrecita”

Escrito por Ana Lucía Ramazzini Morales

Hace un buen tiempo era constante que me dijeran “señorita”.  Vino la adultez y con ella, el famoso -y temido- “señora” de los memes fue más recurrente.  Estos últimos meses, el “madrecita” ha estado presente en el día a día…y por más que estas expresiones sean dichas con la mayor amabilidad, siempre me generan incomodidad.  

Ana Lucía Ramazzini

El problema no está en la manera en que se dice, sino en que esas tres palabras manifestadas a lo largo de la vida de las mujeres, revelan la forma en la que la sociedad nos imagina y nos asigna destinos siempre vinculados al estado conyugal y la maternidad… siempre siendo para otros.

Socialmente, el paso de “señorita” a “señora” marca un cambio de estatus.  En el primer nivel se concentra la disponibilidad, al relacionarlo con la juventud, la soltería y también la virginidad.  El siguiente, resalta la edad y el vínculo matrimonial: ser adulta y estar casada.  Esta clasificación nunca opera con los hombres, no se les dice “señoritos” de la misma forma que a nosotras “señoritas”; es decir, no se evoca su relación de pareja e intimidad.

Recientemente, la connotación “madrecita” ha ido ganando terreno, incluso en espacios donde nadie sabe si la mujer a la que se refieren tiene hijos o desea tenerlos. Es así como nuestros cuerpos son leídos inmediata y naturalmente desde la maternidad, como la identidad más importante o el destino más evidente. Llamar “madrecitas” a las mujeres, resalta su función reproductiva -real o supuesta-.

La lingüista australiana feminista Dale Spender argumentaba -hace varias décadas- que las palabras con las que nombramos a las personas parten de relaciones de poder y, al mismo tiempo, las organizan, pues expresan aquello que una sociedad considera valioso y deseable. En pocas palabras, no solo describen la realidad, sino la construyen y reproducen. En su libro “El lenguaje creado por el hombre” (1980) enfatiza que el lenguaje es androcéntrico, pues refleja la forma en que los hombres ven e interpretan el mundo. Y las formas, al final de cuentas, son fondos.

Su argumentación pareciera ser muy obvia en la actualidad, pero no es así. Es por eso que resulta tan importante detenernos a revisar -volver a ver- estos pequeños gestos cotidianos, lo que se deja pasar a través de las palabras. En los tres casos, los apelativos con los que se nos identifica no se generan de nuestras profesiones, ideas, experiencias o nombres. Podemos ser investigadoras, maestras, artistas, campesinas, pero ese lenguaje cotidiano insiste en recordarnos que, antes de todo eso, somos potenciales esposas o potenciales madres.

Quizá algunas personas lo justifiquen diciendo que es una simple forma de hablar.  Pero precisamente ahí está el riesgo de la hegemonía: convertir estas ideas en “sentido común” y naturalizarlas. Frente a esto, muchas feministas de diversas corrientes han analizado el lenguaje y lo han reconocido como político porque legitiman jerarquías y distribuyen privilegios. Desde esta perspectiva, también identifican que el lenguaje no es estático; por el contrario es dinámico, vivo y cambiante; y estas son características fundamentales para hacer de él una herramienta de transformación para la vida de las mujeres.

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Ana Lucía Ramazzini Morales

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