Foto: Alva Batres

Análisis del voto latinoamericano

Escrito por Debbie Guzmán

La gran mayoría de las personas que viven las consecuencias de la desigualdad en América Latina llegan a votar por quienes prometen profundizar el modelo que la genera. El problema a fondo nunca ha sido la economía, sino más bien la falta de identidad, personas que aspiran a estar cerca de un status imaginado antes que defender sus propios derechos; siempre votan por lo que aspiran a ser y no por la realidad en la que viven, omitiendo mejorar su vida de forma concreta. No es falta de información, es exceso de manipulación. 

Por Debbie Guzmán

Esta contradicción no es un fallo random, también es un fenómeno psicológico. Desde la psicología social y el análisis marxista, esto tiene nombre: la falsa conciencia o mejor dicho, la supervivencia irracional. Y es cuando las personas no logran reconocer su verdadera posición dentro del sistema y terminan defendiendo intereses que, en la práctica, las perjudican. 

No es que no entiendan lo que pasa; es que han sido educadas para entenderlo de esa manera. El sistema no solo educa desde la aspiración sino también fomenta y reproduce miedo al cambio para que esa explotación parezca normal, incluso deseable, y en lugar de reconocerse como parte de una clase trabajadora con derechos vulnerados, prefieren verse como “futuros ricos” que algún día van a llegar a ese lugar. Y en ese proceso, rechazan todo lo que les recuerde su realidad actual: la pobreza, lo popular, lo colectivo.

Es duro decirlo, pero es necesario reconocerlo: muchas veces no se trata solo de falta de información, sino de una construcción ideológica profunda que lleva a las personas a defender el mismo sistema que las oprime. 

El derecho a la vivienda es un ejemplo claro: en teoría es un derecho humano fundamental, en la práctica se ha convertido en un negocio. Las ciudades crecen bajo lógicas de mercado donde tener casa depende más del poder adquisitivo que de la necesidad y aun así, hay quienes defienden modelos que benefician a grandes desarrolladores inmobiliarios mientras ellos mismos no pueden acceder a una vivienda digna. Es la contradicción hecha sistema.

Lo mismo pasa con la educación, la salud y el trabajo. Se vota por políticas que precarizan la vida, pero que prometen una ilusión de orden, progreso o éxito individual con la idea de que el problema no es el sistema, sino las personas dentro de él, pero la realidad es otra.

No se puede hablar de libertad cuando las condiciones materiales no permiten vivir con dignidad. No se puede hablar de elección cuando las opciones están condicionadas por desigualdades históricas y estructurales. Y no se puede hablar de democracia plena cuando la conciencia está moldeada por discursos que favorecen siempre a los mismos.

La pregunta entonces no es solo por qué la gente vota así, sino cómo se construye esa forma de pensar y es ahí donde entra la urgencia de recuperar algo que el sistema ha intentado borrar: la identidad de clase. Sin conciencia de clase no hay transformación posible, sin educación crítica no hay decisión libre, y sin reconocer la propia realidad, cualquier aspiración termina siendo una verdadera estafa. Y no es que la gente no quiera mejoras para su vida, es que el sistema le ha enseñado a buscar en personas y lugares equivocados.

No es solo que voten por lo que aspiran a ser; a veces votan por el pánico a perder lo poco que tienen. En una región devastada por la incertidumbre, el sistema no solo vende el mito del “futuro rico”; también siembra el terror al caos, nos enseña a conformarnos con las migajas del mercado bajo la amenaza de que lo colectivo significa desorden. Es la paradoja perfecta: defender el modelo que te precariza porque te hicieron creer que cualquier alternativa te dejará más desprotegido.

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Debbie Guzmán

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