Respirando desde el epicentro

Por: Gabriela Álvarez Castañeda
País: Estados Unidos
18 abril 2020

Es de brujas.

Somos tantas, en nosotras y en las demás.

 

Miedo intenso

Salí de la ducha con la coreografía en la cabeza. Después de varios segundos sin pensar, solo dejando el agua correr.  Son días de pausar, reiniciar, evaluar y hacer andar de otras formas nuestros sistemas individuales y colectivos.

Había comenzado ese día a bailar pensando amorosamente en la muerte. Debió ser el miedo. A mí me da terror, y cada mañana me río con el primer respiro porque es otra noche más que no morí. No es de ahora, sin pandemia también he escrito mi carta de despedida muchas veces.

A la tercera semana en casa, me puse a bailar frente al espejo.  Mi sobrina de 4 años también, pero sin llorar.  No tengo idea de como recordará estos días.  Por ahora creo que las palabras “cadena nacional o toque de queda” no la asustan.  No ve lo que está pasando en Ecuador y sabe que su tía no fue a su cumpleaños por la misma razón por la que ella por ahora no puede salir, por cuidarse y cuidar a quienes ama.  Ella y su hermanita son antídoto contra el miedo.

Dolor de pecho

De todas esas veces que no me muero, las peores son cuando en las noches en realidad me duele algo.  Una de nosotras siente miedo, otra trabaja sin parar, otra es hipocondríaca y así, nos vamos entendiendo.  Lo de siempre; si me duele la cabeza tengo tumor, mareo es vértigo, pierna dormida es la presión y ahora si toso y me duele el pecho, tengo COVID-19.

Cuando supe de la muerte de un tío médico en Nueva York, todo se hizo más real. Mi compañero, que afortunadamente nos escucha a todas pero sabe a quién tomar en serio, amorosamente se asegura que respire por las noches y ante todo creo que lo de llevarme a la cama el café de la mañana es para asegurarse que no hay necesidad de organizar el funeral como se lo pedí antes de intentar dormir.

Latidos del corazón acelerados

Estar lejos de mis alumnxs es un nudo permanente en el garganta. La pantalla me resulta muy incómoda, yo lo que quiero es abrazarlos.  Hablamos con la verdad, sin lo macabro.  Lo suficientemente digno para no ocultarles nada y lo más tierno posible para hacerles más ligero y ante todo, resiliente este proceso.

Las videollamadas funcionan. Pese a usar plataformas hechas por y para adultos logramos enseñarnos los juguetes favoritos, cantar, bailar y  tirarnos muchos besos.  Me pregunto si dentro de poco ya nuestras citas serán con hologramas.  Lo normal está cambiando para siempre. La ausencia o alternativas de lo sensorial todavía no lo proceso, verlxs de lejos me provoca taquicardia.

Respiración acelerada

Ver las noticias en casa es por acuerdo mutuo.  Lo redujimos a una conferencia de prensa del Estado de Nueva York por la mañana y por la noche noticiero independiente colombiano y algún resumen o análisis de Guatemala.  Definitivamente ningún mensaje presidencial de nuestro triángulo geopolítico, ya que no son tiempos para masoquismos.

Hace cuánto desde la primera noticia en Wuhan, y aquí seguimos, sólo en la ciudad de Nueva York con miles de muertes en una ciudad que no olvida que en su última tragedia perdió 2996 personas hace veinte años.  En Guatemala la memoria nos remite a más de 200,000 por una guerra, sumado a todas las niñas y mujeres que han matado y las comunidades que han enterrado y envenenado también en las últimas dos décadas.  Nada alentador.

Volteo la mirada hacia centro y Suramérica y me preocupo, hago un mapeo mental de nuestra miseria y encuentro imágenes y testimonios de los centros migratorios y la gente en el mundo que está literalmente en la calle y una de nosotras comienza a hiperventilar.

Sudoración abundante

Logré establecer una rutina. El primer día que bailé en cuarentena sudé como nunca y seguí hasta llevarme la música a la ducha donde por fin salieron las lágrimas que tenía atragantadas.

Cuando bailo en mi esquinita, creo que a veces alguien mira desde la ventana.  Yo también escucho al vecino de arriba cuando estudia piano aunque me gusta más cuando improvisa. Imagino a cada colega artista en proceso creativo y a veces en letargo.

Falta de aire

Hace unos días pedimos las mascarillas que usaremos de ahora en adelante o hasta nuevo aviso.

¿En realidad está pasando?

Le pregunté –oji aguada- a mi compañero

-¿Tanto va a cambiar la forma de vernos y relacionarnos?

No contestó, pero se le nublaron los ojos.  Yo sé que también tiene miedo.

Comenzamos el 2020 con mi influenza, esta vez fue más grande que la hipocondría.  El hospital al que fui, ahora es la zona 0 del epicentro del coronavirus en Nueva York.  Queda a 4 avenidas de mi casa. De la mascarilla recuerdo la sensación de no poder respirar, y aunque lo mío no fue coronavirus, ahora entiendo la tensión disfrazada de sentido del humor del médico conmigo, como el pediatra que entre chiste y chiste le pone la inyección a mi sobrina, así me atendieron hasta que confirmaron que era influenza y me mandaron a quedarme en casa.  Desde entonces no respiro igual.

Náuseas 

De las pocas de mi generación, cercanas, feministas y cabronas que hasta hace unas semanas, no eran mamás.  Cumplimos años con días de diferencia y esta primavera entramos a los 38.

-Hola, ¿cómo estás?

Cuídate mucho por favor, dice en una sola línea y de cajón.

-Nosotrxs bien, pero la situación está muy mal, contesté un poco cansada, luego de llevar las cuentas de lxs muertos.

Dicen que no hay donde poner cadáveres y a los enfermos, me escribe a secas y termina en la misma frase con un:

¡Te tengo un notición!

Ya sabía, le dije. Consciente de lo brujas que somos.  Sentí mucha ilusión, como si hubiera sido yo. Llevo días con el tema de lxs hijxs en la cabeza.

Ya no tomo, ni fumo, me escribe mientras le pongo ron a mi café con un poco de vergüenza.

Me distrae otra sirena que desde hace 3 días no dejan de sonar.

Qué bueno, (volviendo al tema de los vicios) ¿desde hace mucho? pregunto mientras recuerdo nuestra última borrachera jajaja, no, desde que me enteré hace un par de semanas, ahora todo tranqui, solo tengo náuseas y mareos.

Mareos

La única experiencia cercana que he tenido a un embarazo fue uno ectópico, hace más de 15 años.  Después fue un tema complicado. Para entonces estaba convencida que si quedaba embarazada antes de los 30, iba a abortar.  Tomaba pastillas anticonceptivas para balancear las hormonas y me sabía cuidar muy bien.  Fue una estadística a las que le falló.

Los mareos fueron tan fuertes que terminé en el hospital.  Cuando desperté de la anestesia pasó mucho tiempo para procesarlo, y a pesar de mi discurso y determinación por no ser mamá en esa década, vi en los ojos de mi madre, el miedo de perderme. Ese día y con el tiempo entendí muchas cosas sobre lo maternal más allá de la maternidad.

Miedo a morir

Mis papás no le han tenido miedo o lo han sabido manejar muy bien.  A finales de los 80’s cuando andábamos en carretera y nos advertían de la guerra, la orden era que nos protegían a los hijos primero, después ellos. Así eran para todo. Ahora comprendo que ese instinto protector dura para siempre.

Hoy, él de 80 y ella de 67, cada quien en sus respectivas casas, son los que explican primero desde la escucha como maestros, la ciencia como médicos y la conciencia de clase como humanistas para dar ese aliento para que sigamos adelante.  Mamá y papá son quienes nos recuerdan que lo que importa hoy y siempre es la vida.

Ataque de Pánico

Hace exactamente 4 semanas iba a Guatemala.  Hasta hace 10 días hubiera salido de la cuarentena en Villa Nueva y no me hubieran dejado entrar a Nueva York.  Cuestioné cada uno de los diez años que he estado lejos de mi familia y todo se me juntó:

“Si tienes períodos de miedo intenso acompañados por dolor de pecho, latidos del corazón acelerados, respiración acelerada, sudoración abundante, falta de aire, náuseas, mareos y miedo a morir, es posible que estés sufriendo un ataque de pánico”.

Leí eso y lo entendí todo.

La incertidumbre en la ciudad que nunca duerme, New York  y a la que le indujeron un coma hasta ahora indefinido. Bailar me obliga a respirar.  Nos permito quebrarnos un poco cada día y reconozco en mí el derecho a ser todas las mujeres que me habitan.  Comprendo que la ansiedad también es cíclica.  Sé que no soy la única.

Mi sobrina baila porque le encanta y porque puede. Ella, su hermanita, el bebé de mi amiga y otrxs que vienen en camino, mis alumnxs, mis ahijadxs adoptivxs, y toda una generación, están escribiendo su propia historia que será distinta a la versión de lxs adultxs. Ojalá que al menos coincidamos en que el aire será más puro y la ternura empoderada.  Un capítulo más verde y armónico de la historia, más digno y más sencillo.  

La danza para algunas de nosotras seguirá siendo un rito y lo brujas un honor.  Poder hacerlo en casa, con un compañero con el que el espacio personal nos es vital y lo respetamos y protegemos amorosamente y contar con una red familiar, de amistad, comunitaria, afectiva y colectiva que se construye desde el amor, es vivir una crisis desde el privilegio. 

Más allá del chiste del artista que estaba preparadx para esto desde siempre porque nuestra vida tiende a ser incierta, es justo decir que esto nos trasciende. Aunque no es aún, lo más doloroso o feliz, lo más sensual o peligroso que hemos vivido, sí es a la fecha lo más extraño.  A pesar de nuestra recorrida intensidad, lo que esta pausa nos provoque, de aquí en adelante nuestras vidas cambiarán para siempre…..

 

#Arte #Danza Cuerpo sanación Territorio

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