Recetas para la esperanza

Por: Laura D. Tenorio
País: Costa Rica
27 mayo 2020

El sistema nos receta pánico y control para el virus, diversas ciencias buscan curas, medicamentos, vacunas.

Entonces me pregunto ¿Cómo los pueblos, grupos y personas han sobrevivido a otros tantos virus, que tal cual, se reproducen dentro de organismos, generando daños y destrucciones masivas? Me refiero al capitalismo, al patriarcado, al racismo, la colonización.

Mi abuela me enseñó a sanar con recetas caseras y tradicionales, aprendidas de la sanación ancestral y preservadas gracias a la tradición oral.

Los remedios naturales, en los que he confiado plenamente mi salud, tiene la particular característica de implicar un proceso más o menos largo, lento, pausado, y tienden a ser acogidos en una gama de cuidados complementarios, que se basan en una mezcla de amor, alimentación y descanso. Sin buscar efectos inmediatos, garantizan un mejor equilibrio a largo plazo.

No sé de remedios para el coronavirus, hablo más bien de recetas para la esperanza, con las que he podido encontrarme en medio de la cuarentena, todas ellas recetadas por mujeres sabias, poderosas y guerreras.

Entre las 3 veces que intenté volver a hacer las empanaditas que de niña hacía con mi abuela, mujer mayor que desde los 13 años fue trabajadora doméstica sin pago, y se peleó la vida a punta de ternura, he podido comprender lo valioso del tiempo.

Tiempo, fuerza y paciencia, que me enseñaron las horas entre la harina y la masa, reconociendo el esfuerzo -tan mal pagado- del trabajo tan admirable de mi hermana en la cocina y la comunidad, en donde comparte saberes que han podido utilizarl para hacer que sus hijxs estudien.

Cuanto amor se ha puesto en esos alimentos que durante décadas han alimentado la familia: la cocina como herencia familiar.

El tiempo entonces empezó a tomar otras dimensiones. No se trata de las horas ni los días en medio de paredes grises, en esta ciudad centralizada tan privilegiada, que ahora cuenta con la mayor cantidad de casos de COVID-19 en el país.

Se trata del ritmo, el baile que hace cocer la masa. Se trata del momento que transcurre entre la semilla y el brote, hasta la cosecha; de las gotas de agua y sudor puestas en nuestra huerta, llena de hijitxs compartidos de la huerta de mi mamá. Se trata de como hemos podido acortar distancias con una hermana de un pueblo indígena en el altiplano del Perú, que cosecha papa morada, para que me explicara como sembrar maíz del mismo color, en este pedacito de tierra.

Es entonces un valor que no pasa por signos económicos, sino por la fuerza que adquiere el conectarnos y tejer una red que nos sostenga a todas.

Y es que yo he necesitado una receta para la esperanza, porque en medio de esta cuarentena he presenciado como muchas mujeres han sobrevivido las formas de violencia más desgarradoras y crueles, encrudecidas en el confinamiento. Aprendimos a respirar profundo, abrigar el dolor y empezar a sanar, puedo decir que en ellas mismas, tras cada lágrima y grito de dolor, pude ver también la valentía y la resistencia, eso es esperanza.

Esperanzo en ese tejido que hace del cuidado colectivo y mutuo, una red que nos sostiene a través de las fronteras inventadas, esperanzo en esa capacidad de conectarnos y abrazar nuestros dolores para hacerlos primaveras, de sanarnos no de un virus, sino de las violencias atroces que diariamente enfrentamos.

Defender la sanación y el cuidado como un proceso cotidiano, diario, colectivo, nuestro, y no como una tarea apropiada por los hospitales y centros de salud ante una pandemia.

 

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