Nuestras identidades y las violencias hacia nuestres cuerpes

Por: Misael Molina
País: Guatemala
4 octubre 2021

Me miro al espejo, sintiéndome cómoda, guapo, plena, empoderade. Incluso me tomo una foto, pero empiezo a escuchar esas voces de la sociedad, que me insisten en que estoy en el cuerpo equivocado, que no debo verme de esta forma, que existe un Dios que castiga mi existencia o bien, que mi existencia ni siquiera es válida.

Antonella, Mynor, Paola y Misael deciden ignorar esas voces violentas, que criminalizan y buscan eliminar su diversidad. Por eso se atreven a salir todos los días de sus habitaciones y sus casas para enfrentar, confrontar e incomodar en colectivo a las personas y al pensamiento heteronormado de Escuintla, una ciudad al sur de Guatemala.

Les cuatro exhiben su diversidad con orgullo y se organizan en CREAR, una organización de base comunitaria que busca alzar su voz, en todos los espacios y con todas las personas posibles. ¡Por vidas libres de violencias!

Antonella, una mujer trans que lucha por sus derechos

Por fin, un día de mi vida, ya como adulta, decido ponerme esa ropa que tanto quería. Se trata de prendas que socialmente están consideradas para mujeres y que, desde pequeña, tenía muchas ganas de usar. Tenía esa sensación de sentirme “ella” y de verme como lo que realmente era: una mujer.

Salgo de la habitación y escucho: — ¡Qué mierda es eso!

Es un grito de mi padre. O más bien, uno de los muchos gritos que escucharía a partir de ahora en mi vida. Es uno de esos gritos que no quieres y que no esperas escuchar, y menos en un ambiente que se supone, debe dar amor y seguridad, la familia.

Pero eso no me detiene. Podré ser ‘una vestida’, pero siempre con valentía. A partir de ahora me enfrento a mi vecindario, a las personas de la iglesia, a mis amigues cercanos y a toda mi familia: ¿por qué es tan difícil respetar lo que soy? ¿acaso le hago daño a alguien? ¿expresarme representa un peligro para otras personas?

Esas fueron algunas de las preguntas que rondaron y que aún rondan por mi mente. Y es porque, incluso, dentro de mi familia aún no me llaman Antonella, el nombre con el que me identifico y me siento cómoda.

Sabía que iba a enfrentarme a muchas violencias. Empezando con la falta de respeto hacia mi identidad, con el uso de mi nombre y pronombre, hasta el hecho de no poder continuar con mis estudios o conseguir un trabajo para tener ingresos fijos. A eso se suma la falta de atención a mis necesidades como mujer trans. Me refiero a esas necesidades diferenciadas que deberían ser atendidas por el sistema de salud, pero que no se atienden.

Y en otro extremo están los insultos de las personas, especialmente de quienes se esconden en las redes sociales. Muchos son hombres que me escriben con el propósito de ofrecer algún tipo de placer. Yo dejo claro en mis perfiles quien soy, pero cuando se enteran de mi identidad empiezan a escribirme cosas hirientes y ofensivas con palabras muy fuertes que me hacen sentir mal. No se dan cuenta que una persona la que está del otro lado de la pantalla, una mujer que siente, que se emociona, que llora y que muchas veces se desespera por los ataques que sufre por el simple hecho de ser.

Y con todo lo anterior o, mejor dicho, a pesar de todo lo anterior, a pesar del sistema patriarcal en el que vivimos, a pesar de las luchas de mi día a día reafirmo mi identidad. Soy Antonella Barillas, una mujer trans y heterosexual porque sí, me gustan los hombres. Soy una persona en proceso de hormonización, pero que no necesariamente cumplirá con los estándares del cuerpo de una mujer para ser una.

Soy también una persona transfeminista que lucha, que existe, que sale a la calle a pesar del miedo, a pesar de que a muchas de mis compañeras las asesinan y luego se vuelven noticias en páginas informativas. Y lo peor de todo es que los medios de Escuintla solo niegan nuestra identidad aún después de muertas. No, no somos hombres, no nos vestimos de mujer, no morimos. Somos mujeres y nos torturan y matan por serlo.

A pesar de todo, sonrío, me muestro ante las demás personas, alzo mi voz y lucho por mis derechos, porque resisto y mi existencia debe ser respetada y tengo el derecho a tener una vida digna.

“No se nace mujer, se llega a serlo”
Simone de Beauvoir

Mynor, un hombre homosexual disidente

Perdí a mi padre cuando a penas tenía un par de años. Fue una persona que dejó una marca en la historia de la familia y también fue un referente, para bien o para mal.

Mi padre era un hombre fuerte que se reunía con sus amigos mientras mi madre le tenía que servir a todos, que golpeaba para reafirmar su poder, que se aseguraba de ser un hombre macho gracias a su sombrero, camisas y, por supuesto, a acostarse con muchas mujeres.

Claro que era un hombre que amaba y proveía a sus hijos, pero la pregunta es: ¿realmente eso es ser hombre? ¿Era eso lo que mi familia esperaba de un hombre? Y una pregunta aún más importante: ¿era eso en lo que yo quería convertirme como hombre?

Siempre me gustó bailar. Lo hacía y no siempre a escondidas, pero eso tenía un precio. A lo largo de mi vida escuché a personas que decían “baila como niña”, “camina como niña”, o “actúa como mujer”, entre otros comentarios.

Esas personas desvalorizaban el hecho mismo de ser una mujer, como si serlo fuera malo. Por otro lado, yo no me sentía como una mujer, no lo era. Yo era un niño, un adolescente, una persona que simplemente se expresaba de forma distinta su masculinidad. Fue entonces cuando empecé a explorar sobre mi propia sexualidad y la forma en que el mundo me veía.

Esto pasó desde muchos espacios, como la escuela, la colonia, la iglesia e incluso mi propia familia. En ese proceso escuchaba comentarios en voz baja que de alguna forma me herían, aunque nunca me detuvieron. Por ejemplo, oír sobre los ataques hacia los hombres homosexuales fue difícil porque yo era uno, aunque no lo decía. Así aprendí a callar sobre mi identidad.

Y sí, de hecho, empecé a darme cuenta que no podíamos ser y expresarnos porque se nos cerraban puertas, tanto a nivel educativo, como laboral. Y no fue sino hasta que me despidieron de mi trabajo por ser homosexual, que comprendí las violencias estructurales que sufríamos, más allá de los insultos.

Eso también me sirvió para buscar otros horizontes, buscar espacios seguros y donde pudiese expresarme. Me puse uñas, me dejé crecer el cabello y me comportaba tan femenino como quisiera y así nuevamente descubrí la necesidad de seguir luchando contra el sistema machista en todo momento y lugar. Incluso, en los mismos espacios para homosexuales.

Por ejemplo, leía en las aplicaciones de ligue como Grindr a personas que decían: “no femeninos”, “no locas”, “solo masculinos”, “preferiblemente machitos” o “que no se les note lo gay”. Parecerá contradictorio, pero sí, en esos espacios LGBTIQ+ también se sufren violencias. Y es que, escribir eso es violentar otras identidades y expresiones, es reforzar ese sistema que eleva lo masculino y denigra lo femenino, un sistema en el que solo cabe la supremacía del hombre y no otras disidencias.

Y fue entonces cuando me di cuenta que, incluso dentro del “ambiente gay”, también es importante hacer esas reflexiones. Tenemos que hablar sobre el sistema, sobre las violencias, sobre las identidades y sobre el derecho a ser yo, Mynor Reyes, un hombre gay que se siente cómodo expresando su masculinidad disidente y además, ejerce una paternidad distinta a lo que se espera, porque si, también tengo un hijo que amo y que acompañaré siempre y hasta donde sea necesario.

Paola, una mujer lesbiana que ama a Dios

– Ave María Purísima
– Sin pecado concebido

¿Pecado? ¿Qué pecado? El pecado que refuerza la idea de eterna culpa que nos han enseñado desde niñes. O el pecado que hace creer que las mujeres somos culpables de casi todo lo malo que sucede, gracias a la idea del pecado original. También ese pecado que me hizo reflexionar y encontrar un Dios de amor, dentro de una religión que, a pesar de todo lo negativo que podría llegar a representar, también ha acompañado los corazones y la espiritualidad de muchas personas, incluyéndome.

Soy una mujer muy cariñosa, amorosa y cuidadora. Siempre lo he sido y, por lo tanto, no comprendía cómo un Dios de amor podía condenarme por ser quién soy, o tener que arrepentirme cada día de mi vida por mi existencia, por el simple hecho de que me gustaran otras mujeres.

Mi vida era un caos, pero dentro de ese desorden encontré la luz, porque para mí siempre Dios ha sido parte importante y fundamental. Claro, también mi familia, que me ha acompañado mucho en mis procesos, pero necesitaba algo más, una conexión que me ayudara a comprenderme mejor y a saber qué era lo que quería en mi vida.

A lo largo de mi vida también sufrí violencias, como muchas personas LGBTIQ+. Más allá de las violencias de mi familia o personas de la iglesia, también fui blanco de violencias por mi pareja, de la persona que amaba. Es importante nombrarlo porque las violencias incluso dentro de las dinámicas de “amor” en las parejas LGBTIQ+ existe y mientras no se reflexionan a nivel estructural, nos seguirán atravesando a todas.

La violencia física, verbal e incluso económica desde mi pareja fueron una constante en mi vida por un par de años. En ese tiempo fue difícil encontrarme, construir mi propia identidad y desarrollar un proyecto de vida libre pleno. Fueron tiempos complejos porque como mujer lesbiana tampoco me daban un trabajo, no existía información de cómo debía de cuidar mi cuerpa en mis practicas sexuales y era difícil participar en actividades proyectos. Todo por mi orientación sexual, y a eso, sumarle que soy mujer.

Dentro de todo, como un punto importante en mi vida, sin un antes o un después, está ese proceso lleno de luz, amor y recibimiento: el convento. Estar en ese lugar también ha marcado mi vida, sobre todo con las hermanas y personas que me rodearon en ese proceso, que sorprendentemente me ayudó a identificarme y amarme tal cual soy, a abrazarme como Paola, una mujer lesbiana que ama a Dios y que comparte desde esa perspectiva todo lo que la Iglesia puede aportar como una aliada del colectivo LGBTIQ+.

Esto me ha permitido estar en diferentes espacios, redescubrir mi ser, hablar sobre el tema de sexualidades y la iglesia, reconocerme como una mujer feminista. También a deconstruir las ideas de amor romántico con mi pareja, con la que estoy comprometida. Además, a vivir en familia algo lindo, con mi madre y sus tradiciones católicas, siguiendo las enseñanzas de mi Dios, un Dios de amor y vida que nos ama a todas, todos y todes.

Misael, mucho más allá del binarismo hombre o mujer

“Para trabajar en la comunidad, deberá vestirse normal, como hombre, para no causar resistencia en las personas; esto es por el bien del proyecto”. Esas palabras vinieron de una persona LGBTIQfóbica, que en ese momento era mi jefa inmediata en mi trabajo, una organización no gubernamental, que supuestamente defendía derechos humanos.

Esas palabras marcaron mi existencia y me hicieron recordar mi propio auto-descubrimiento:

Regresé a mi pasado, a esos momentos en los que quería jugar con mis primas y sus juguetes, cuando tuve que decirle a mi madre que mi hermanita quería una muñeca y que se la comprara, pero realmente era yo quién quería tenerla; cuando veía a mujeres con vestidos y pensaba: “si yo fuera mujer andaría solo con vestidos, son tan lindos”, pero no, no podía hacerlo porque era hombre y tenía que ser “masculino”.

Fue entonces cuando empecé a pelear con mi masculinidad, a reprimir mi lado femenino y con ello, a recibir burlas, insultos y juegos bruscos en los que no quería participar. En la escuela, e incluso en el instituto, me obligaban a jugar fútbol en educación física, me obligaron a llevar el curso de artes industriales porque mis compañeras debían recibir educación para el hogar. Yo no me sentía cómode con eso, no me sentía segure y aunque muches de mis compañeres de alguna u otra manera me acompañaban y apoyaban, mis profesores y otres adultes se encargaban de hacerme sentir mal e incómode con el mundo.

Mientras crecía, empecé a amar ciertas cosas de mi cuerpo, incluso esos rasgos muy “masculinos” socialmente, como mi complexión corporal y vellos que no eran propiamente los que me causaban molestias, sino como la gente asumía mi identidad al verme y percibirme como hombre. Eso me hacía sentir incómode. El género, la construcción social del mismo y el tener que encajar como un hombre o una mujer en su momento llegó a ser una carga reflexiva muy pesada.

Me di cuenta mientras crecía que no me identificaba como mujer, pero luego me di cuenta de que tampoco me identificaba como hombre. Entré a un conflicto interno y me pregunté: “¿Entonces qué soy?”, porque no nos enseñan educación integral en sexualidad en este país, no nos enseñan que hay otras formas de ser, desde la Colonia nos han intentado convencer de que solo existen dos posibilidades: ser hombre o ser mujer, y que esto se decide con tus genitales, incluso desde antes de tu nacimiento.

Pero eso me sirvió también para avanzar, para reconocerme como una persona no binaria, porque, ¡oh sorpresa! Las opciones son ilimitadas.

Mi existencia es válida y aunque tener esa claridad ha sido el resultado de un proceso reciente, me ha ayudado a salir de la caja en la que me encerraba el mundo, a abrazar mi masculinidad, y feminidad, pero también a no expresarse necesariamente con alguna de ellas, a vestirme como quiera, identificarme como quiera y ser quien yo quiera.

Ahora uso esos vestidos que tanto quería usar de pequeñe, caminar en tacones y lucir siempre mi barba y mis vellos, que son parte de mi identidad, porque eso no le hace daño a nadie.

Mi existencia no ataca a nadie y el dirigirse a mí con el pronombre con el que me siento cómode (elle) tampoco implica un gran esfuerzo. Soy y me reconozco como Misael, una persona no binaria, pansexual, pensadore con intereses diversos, interesade en descolonizar la academia, de posicionar temas incómodos en todos los espacios posibles y en no depilarse las piernas cuando usa minifaldas.

                   

CONTENIDO RELACIONADO

síguenos
contáctanos soy@rudagt.org
Dona Hoy

Todos los derechos reservados. Los contenidos son propiedad de sus autoras