No. No nos matan por ser mujeres

Por: Glenda García
País: Guatemala
1 noviembre 2020
Fotografía: Celeste Mayorga

…nos matan por violencia machista.

En este apartado se retoman afirmaciones y reflexiones que teóricas y especialistas han propuesto para el abordaje de los asesinatos de mujeres, las cuales han tenido una sorprendente influencia en organizaciones de mujeres en Latinoamérica, particularmente en México y Guatemala, donde han logrado desarrollar e implantar una corriente conceptual y de explicación sobre el fenómeno de los asesinatos de mujeres que deriva y descansa en la frase “a las mujeres las matan por ser mujeres”. Este apartado tiene por objeto discutir sobre la generalización de esta frase con una aportación teórica sobre misoginia y sobre violencia de género, con la que se espera aportar otros elementos para el abordaje de las muertes violentas de mujeres.

Ha transcurrido más de una década desde que Marcela Lagarde propuso el término feminicidio; de acuerdo con Monárrez (2002) fue en el año 1997 del pasado siglo. A partir de entonces el concepto se ha convertido en un referente para abordar la problemática de las muertes violentas de mujeres como crímenes de odio contra las mujeres por ser mujeres. Como lo explican Russell y Lagarde (2006) esta frase se aplicó con la intención de develar la naturaleza política de los asesinatos de mujeres y, porque es con ese enunciado que explican el termino feminicidio. De hecho, utilizar el concepto feminicidio con la acepción asesinatos de mujeres a manos de hombres por-ser-mujeres, fue el requisito fundamental para la selección de los artículos publicados en el libro “Feminicidio: una perspectiva global” de Russell y Harmes (2006), otros artículos que no cumplían con este requisito quedaron fuera de la mencionada compilación, ya que para las autoras otra acepción no explica la naturaleza política del fenómeno.

En este estudio se considera que la razón política detrás de la naturaleza del femicidio estaba contenida en su explicación teórica en tanto los asesinatos se señalan como crímenes derivados de un contexto social y político que permite la violencia contra las mujeres, que implican la jerarquía entre los géneros, las relaciones de poder y la dominación masculina que hacen que muchas mujeres vivan en opresión y sean víctimas de violencia durante sus vidas y hasta en su propia muerte. También se considera que la naturaleza política estaba contenida desde los distintos instrumentos internacionales en favor de los derechos de las mujeres, especialmente el de la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres -Convención de Belém do Pará- adoptado por las Naciones Unidas en el año 1994, desde la cual queda claro el rol que los Estados deben jugar para asegurar que las mujeres vivan una vida libre de violencia.

¿Por qué, entonces, se asegura que solamente explicando las muertes violentas de mujeres como asesinatos de mujeres por-ser-mujeres se logra dejar explícito el contenido político del papel del Estado en el femicidio? Este fue uno de los primeros cuestionamientos del presente estudio al analizar la influencia de Lagarde y Russell en la manera en que se aborda el problema, tanto en Guatemala como México. Luego de la revisión bibliográfica en el tema se considera que la forma en que se ha buscado resaltar la naturaleza política de los asesinatos de mujeres no ha sido la más adecuada por parte de las académicas ni por parte de los movimientos de mujeres, pues en la estructura gramatical de la frase explicativa queda invisibilizada toda la riqueza teórica de las corrientes feministas y de los estudios de género que explican la violencia contra las mujeres y también quedan invisibilizados los aportes que las mismas académicas han hecho al abordaje del femicidio.

Desde un inicio, la presente investigación consideró que explicar el asesinato o muertes violentas de mujeres como crímenes de odio contra las mujeres por ser mujeres, no abona a la comprensión del problema en el nivel sociopolítico y en el marco académico limita las posibilidades de investigación del mismo. Utilizar la frase como explicación general hace que se corran riesgos de que su utilización indiscriminada haga que se pierda su contenido crítico y que se utilice la terminología solamente para estar dentro de un discurso político15, olvidando con ello la posibilidad de explicar y aportar a la comprensión del problema. En Guatemala, a pesar de los avances de la Ley contra el Femicidio, aún se utiliza la frase las matan por ser mujeres y en la mayoría de las ocasiones cuando se hace mención del problema, las referencias van dirigidas a declarar la totalidad de asesinatos documentados como femicidios, aún cuando se sabe que no todos los casos de asesinatos corresponden a femicidio. Estas generalizaciones se aplican en el plano nacional16 e internacional17 y generalmente son emitidas por especialistas en la temática. Las publicaciones han llegado a extremos con afirmaciones como “femicidio: la pena capital por ser mujer”, artículo de la académica guatemalteca Ana Leticia Aguilar (2005) en el cual además señala que el hecho de nacer mujeres es un riesgo anunciado.

Con afirmaciones como éstas, más que resaltar la naturaleza política de la violencia de género contenida en los asesinatos de mujeres, se envía un mensaje equivocado que se presta a caer en el esencialismo, en el sentido de interpretar la muerte de las mujeres a causa de su sexo biológico: las matan por ser mujeres, y no por su condición social dentro de las relaciones de poder entre los géneros, donde la mujer es portadora de una condición social que la subordina y violenta. La reducción del mensaje invierte advertencias teóricas como la señalada en Radford (1992) respecto de interpretaciones sobre los asesinatos de mujeres con las cuales se corre el riesgo de argumentar que son resultado de unos perpetradores psicópatas, bestias o animales.

Explicaciones en Guatemala no están lejos de este equivoco, un ejemplo actual (2011) es el denominado “síndrome de Roberto Barreda”18 en el cual algunas mujeres dicen identificar o encasillar a sus propios esposos. Actualmente, Roberto Barreda se encuentra prófugo de la justicia por presuntamente haber asesinado a su esposa. Lejos de aportar a la comprensión del fenómeno de los asesinatos de mujeres, estas enunciaciones patologizan a los victimarios dejándolos así en el marco de campos psicoanalíticos, y no en el marco del campo de lo social, desde donde la mayoría de hombres ejercen violencia y dominación masculina como resultado de aprendizajes sociales que se consideran normales. No se trata de negar algunos casos psiquiátricos, en todo caso se trata de aclarar que éstos son solamente una excepción.

Más allá del odio, el lugar del poder y la dominación masculina en los asesinatos de mujeres

La discusión del apartado anterior es la base para exponer en este apartado la propuesta para un giro en el enfoque de la explicación social sobre las muertes violentas de mujeres, que busque desde su enunciado general expresar el contenido de violencia de género presente en los femicidios. Para esta propuesta se toman discusiones teóricas sobre el concepto de misoginia en un sentido más integral que solamente “odio a las mujeres”, por su traducción literal del griego (Holland, 2010; Cazés y Huerta, 2005), ya que se observa que por haber utilizado solamente el sentido literal del término es que se explican los asesinatos de mujeres como crímenes de odio.

Según Holland (2010), la misoginia tiene una historia larga que se ha ido transformando a lo largo de los siglos pero persistiendo de diferentes maneras según las distintas épocas históricas. Su núcleo es el desprecio y la hostilidad por parte de los hombres hacia las mujeres, lo cual tiene su base en las primeras explicaciones filosóficas que consideraban a las mujeres como inferiores a los hombres. Aristóteles fue uno de los principales exponentes de esta corriente, sin embargo, es importante tener en cuenta que la filosofía fue posterior a la organización social de los primeros grupos humanos y al desarrollo de las estructuras jerarquizadas entre los géneros, por lo cual ésta vino a reforzar la desigualdad entre los géneros y llegó a convertirse en una especie de aparato intelectual para justificarla a lo largo de los siglos, concretizándose en distintas maneras de menosprecio y denigración de las mujeres.

“… los griegos crearon una visión de la mujer como ‘la otra’, la antítesis de la tesis masculina, que requería límites para mantenerla contenida. Y, cosa más esencial, sentaron las bases filosófico-científicas de una visón dualista de la realidad, en la cual las mujeres estaban condenadas por siempre a personificar este mundo mutable y esencialmente despreciable” (Holland; 2010:29)

La misoginia, tratada no como un sentimiento (odio), sino como un mecanismo para respaldar la desigualdad y dominación masculina, se ha presentado en una diversidad de formas en la mayoría de las sociedades estudiadas por la sociología y la antropología. Los ejemplos pueden empezar desde los propios mitos como la Eva condenada al exilio al sufrimiento y al dolor; pasando por la exclusión de las mujeres a la educación –las letras y la razón-; la cacería de brujas; el infanticidio femenino; la mutilación genital; la prostitución; la obligación del uso del velo en el islamismo; la violencia física y psicológica cotidiana; el contenido sexista en mucha de la música como el reggaeton; hasta la trata y esclavitud sexual del Siglo XXI que actualmente corre por redes sociales reales y virtuales. Por supuesto, no puede dejar de mencionarse la violencia moral o simbólica y las diferentes maneras de opresión que derivan de ella. Sin embargo y siguiendo a Holland:

“Toda la historia del esfuerzo por deshumanizar a la mitad de la especie humana se enfrenta a esta paradoja: que algunos de los valores que más apreciamos se forjaron en una sociedad que devaluaba, denigraba y despreciaba a las mujeres. Papeles sexuales… quedaron firmemente establecidos… junto con Platón y con el Partenón, Grecia nos dio una de las dicotomías sexuales más corrientes que existen, incluida la de la ‘chica buena versus la chica mala’” (Holland; 2010:29).

Ambas representaciones de mujeres, sin embargo, responden a la necesidad de mantener vigente la dominación masculina. Desde Atenas se legalizaron burdeles como servicio público para las satisfacciones sexuales masculinas y concubinas para sus placeres cotidianos; mientras a las esposas se las encerraba en sus casas a dedicarse a los hijos y las tareas de reproducción: tenemos hetairas para nuestro placer, concubinas para nuestras necesidades diarias y esposas para que nos den hijos legítimos y se ocupen del cuidado del hogar, dijo Demóstenes, el más grande de los oradores atenienses. La separación establece permisos sexuales a unas, negándolos en las otras y esta delimitación que vincula la virtud femenina con la falta de sexo se ha utilizado para deshumanizar a las mujeres (ídem, 35) obligándolas a asumir roles dentro de éstos marcos preestablecidos como buena chicha, mala chica, prostituta o virgen. De esta forma todas las mujeres quedan sujetas a ser objetos de la misoginia, valorizadas y a la vez despreciadas, ya sea por sus caudales sexuales o por la ausencia de ellos. Esta es la paradoja siempre presente: la demonización o la beatificación de la mujer, resultado de haberles negado una humanidad normal (ídem, 95-100). Existe una represión, censura e inhibición de la libre expresión sensual y sexual de la mujer (Wolfensberger; 2002:247).

Así como Héritier coloca el tema de la expropiación de la fecundidad como núcleo de la jerarquía entre los géneros, Holland coloca la misoginia y la explica amparándose en una explicación que lleva al mismo punto planteado por Héritier, explicando el trasfondo de la misoginia como:

“… el temor que los hombres sienten por las mujeres y que se deriva de su reconocimiento de que son diferentes de ellos de maneras potencialmente amenazadoras… la historia de la misoginia confirma las obsesiones masculinas por la forma en que las mujeres difieren de ellos, de manera real o simplemente percibida como real. Para los hombres las mujeres son el ‘otro’ imaginario… pero la mujer representó un problema más complejo… es el ‘otro’ que no puede ser excluido… la cópula con las mujeres, al final, resulta inevitable, incluso para los misóginos (…) el verdadero horror era comprender que el hombre no era autónomo, antes bien, que era dependiente” (Holland; 2010: 219-224).

Esta realidad explica, según el autor citado, los sentimientos tan fuertes – contradictorios o no- de algunos hombres con la madre, de la dificultad de relacionarse con las mujeres, así como los sentimientos ambivalentes que tienen sobre la belleza femenina –no cosmética- y por lo cual la condenan, la desean o la violentan. Retomando a los dos autores (Héritier y Holland) existe un relación estrecha entre la jerarquía derivada de la expropiación de la fecundidad femenina y la misoginia de la que va acompañada. Con la primera se logra la dominación a través del ordenamiento social, y con las segunda se logra la dominación a través del ordenamiento simbólico que tiene resultados concretos en la violencia ejercida contra las mujeres.

Otra discusión que interesa incluir en este apartado es la realizada por el lingüista Daniel Cazés, quien señala que la misoginia no es patrimonio exclusivo de los hombres sino parte estructural del dominio patriarcal. Las mujeres han interiorizado la misoginia como resultado de la hegemonía opresiva. La misoginia es, en este sentido, deber ser individual y colectivo, público e íntimo, deber conformar seres en apego a creencias que ni se analizan ni se cuestionan y que de esa manera integran la moral en las relaciones de género (Cazés y Huerta; 2005: 15) Esta afirmación de Cazés explica que muchas mujeres, particularmente en sus etapas de madres, al educar y formar, son portadoras de la ideología de dominación masculina y la misoginia contenida en ella. También ocurre con las mujeres a todo nivel que son quienes “velan” porque las demás mujeres cumplan con el “deber ser” y con la moral establecida entre las relaciones de género. A pesar de los avances derivados del feminismo, esta reproducción de la dominación masculina por parte de las mujeres es otro de los éxitos de las estructuras patriarcales, ya que además de la opresión que se ejerce contra las mujeres, de manera contradictoria, ellas también son reproductoras de esa dominación. En otro sentido, los hombres también son presos de su misma dominación, sobre este punto se profundiza en el siguiente capítulo.

En este apartado se ha desarrollado una mirada más amplia sobre la misoginia que supera el reduccionismo de su explicación como “odio contra las mujeres”. Más que este supuesto odio, y de acuerdo con Cazés en cuanto a que la misoginia –como género- es una categoría en construcción, se concibe como el mecanismo a través del cual se ampara la dominación masculina. La misoginia es una herramienta de poder (Wolfensberger; 2002:118) y en este sentido, es más que un sentimiento, una práctica constante que fortalece el poder y dominación de un género sobre otro. Nelson Minello apoyado en Connell (en Cazés 2005) aporta en esta dirección, al sostener que:

“… la misoginia no es un sentimiento personal… sino un elemento integrante de la dominación masculina… que esta se manifiesta a través de un orden de género, sin importar si los hombres individualmente amen u odien a la mujer en singular” (Minello; 2005:80)

El objetivo de este apartado está ligado a la intención de proponer otro enfoque a la explicación social sobre las muertes violentas de mujeres, que realmente exprese el contenido de violencia de género presente en los femicidios. Luego de la revisión teórica expuesta, la propuesta de esta investigación es que los femicidios sean explicados como “asesinatos de mujeres por poder y dominación masculina”, y ya no como crímenes de odio contra las mujeres o asesinatos de mujeres a manos de hombres por-ser-mujeres. Este nuevo enfoque permitiría reflejar –y por lo tanto- cuestionar la violencia de género y dominación masculina que desde el continuum permite la violencia contra las mujeres.

El enfoque propuesto reflejaría el núcleo del problema de la dominación masculina: la violencia contra las mujeres, y evita dejar victimizadas a las mujeres por ser mujeres. Además, este enfoque también puede aportar a delimitar la explicación de los asesinatos de mujeres al dejar de generalizar los datos que encasillan todas las muertes como si todas fueran un solo paquete de femicidio y no resultado de múltiples causas y violencias.

Luego de haber presentado las diversas formas en que se ha abordado el fenómeno de los asesinatos de mujeres en Guatemala, así como las posturas e interpretaciones de la presente investigación, en seguida se presenta una propuesta de modelo de análisis del fenómeno, que toma en cuenta una mirada multicausal para explicar las muertes violentas de mujeres y una mirada de los contextos en que estas ocurren en la actualidad.

El Modelo de Análisis propuesto en la presente investigación

El modelo parte de la postura de que el fenómeno de los asesinatos de mujeres es multicausal y que no todos ellos son resultado de violencia de género, existen otras causas implicadas en el fenómeno que están íntimamente relacionadas con los contextos socioeconómicos en que ocurren la mayoría de los asesinatos. El modelo de análisis propone dos grandes líneas de problematización: Dominación Masculina y Exclusión Social.

La primera: Dominación Masculina es la base para profundizar en las formas de violencia de género implicadas en los asesinatos o femicidios.

La segunda: Exclusión Social capta las consecuencias sociales de la transformación económica derivada del contexto de la globalización, dentro de ello la ausencia de Estado. Dentro de este contexto se profundiza en las diversas causas y violencias implicadas en los asesinatos de mujeres.

A partir de este modelo se profundiza en las formas de interrelación entre la dominación masculina y la exclusión social y su impacto en el incremento de los asesinatos de mujeres. El siguiente capítulo aborda con mayor profundidad estas dos líneas dentro del modelo expuesto.

Este es un fragmento de la tesis “Violencia, dominación masculina y exclusión social: Un estudio sobre los asesinatos de mujeres en Guatemala (2000-2010)” de Glenda García García. Puedes encontrarla completa aquí: http://tesiuami.izt.uam.mx/uam/aspuam/presentatesis.php?recno=17825&docs=UAMI17825.pdf

15 Un ejemplo concreto para Guatemala es que al principio, cuando se empezó a discutir la creación de la ley de femicidio, un grupo de mujeres pertenecientes a un partido político presentó una iniciativa de ley en agosto de 2006 que denominaron “ley contra el femenicidio”. Este nuevo término reflejaba la incomprensión del problema que se abordaba, dejando la impresión de que sólo se le estaba dando un uso político en una aparente inclusión de la perspectiva de género en las políticas. Este equívoco fue corregido en la última versión de dicha iniciativa de ley presentada en junio de 2007 (Iniciativa de ley registro 3503 del Congreso de la República de Guatemala, 2006)

16 El titular “Guatemala continúa con índices más altos de femicidios en el mundo” presenta los datos globales de muertes violentas de mujeres, englobando todas estas dentro del fenómeno del femicidio. http://cerigua.org/la1520/index.php/index.php?option=com_content&view=article&id=4493: guatemala-continua-con-indices-mas-altos-de-femicidios-en-el-mundo- &catid=46:mujeres&Itemid=10

17 El artículo titulado “Guatemala es el país con mayor cantidad de femicidios, según una organización mexicana”, presenta datos globales de asesinatos de mujeres, nombrando todos ellos dentro de la categoría “femicidio”. http://noticias.com.gt/nacionales/20100427- guatemala-mayor-cantidad-femicidios.html

18 http://www.elperiodico.com.gt/es/20110922/opinion/201318

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