Mi confinamiento, mi nueva conquista

Por: Isabel Cristina López Hamze
País: Cuba
18 mayo 2020

Si tuviera que hacer la historia de mi confinamiento, esa sería una historia de amor. Mientras para muchas personas en el mundo quedarse en casa ha significado un problema, ya sea económico, familiar, social o sentimental, para mí este tiempo de tregua ha sido maravilloso. Mi hogar es protector, mi familia es preciosa, el país donde vivo me hace sentir segura y esperanzada.

Durante toda mi cuarentena he estado acompañada por mi hijo de 9 años, mi esposo, mi madre y mi perrita. Además de ese acompañamiento que, en mi caso, de traduce en afectos, tengo la singular compañía de un bebé creciendo en mi vientre. Y cuando una mujer tiene esa compañía, está más alerta, más sensible a todo lo bueno y a todo lo malo. Sin embargo, esa criatura que crece en silencio no distingue el bien y el mal, entre su armonía de luces y sombras. Mientras el mundo vive una crisis inaudita y las economías se paralizan, él no sospecha que algo anda mal con el planeta. Mientras mueren cientos de personas diariamente y otros miles se contagian con la enfermedad, él se mueve, flota, vuela sumergido en inocentes aguas. Mientras las falsas noticias atiborran las redes sociales, él me hace tener la certeza de que todo estará bien.

Espero romper la fuente en los próximos días, mientras, me dedico a disfrutar de la casa, de las atenciones de mi madre, de las travesuras de mi hijo, de los planes increíbles que hacemos mi esposo y yo, de los trazos que hacemos juntos en los mapas, porque sabemos que el mundo se volverá a abrir para todos con luz nueva. Sé que para muchas mujeres en el planeta estar en casa durante el confinamiento significa dominación, abuso, incomunicación, pérdida de independencia y de espacios conquistados afuera. Sin embargo, para mí, y quizás para otras, la casa ha sido lugar de refugio y amor. Hasta mi sexto mes de embarazo cuando comenzó la cuarentena en Cuba, mi país, estuve trabajando arduamente. Aunque mi trabajo me apasiona, muchas veces me siento oprimida sin tiempo de hacer cosas para mí, cosas simples y divertidas. Soy profesora de Historia del Teatro en la Universidad de las Artes, trabajo como crítica teatral, investigadora y asesora en grupos de teatro. Muchas veces tengo que organizar eventos, comparecer en la televisión nacional, tutorar tesis de maestrías y, a pesar de mi juventud, participar en reuniones de trabajo con personalidades del teatro cubano. Me gusta, pero me agota. Son espacios conquistados como mujer, como joven y como profesional a pesar de tener un hijo de nueve años y estar esperando otro. Todo espacio que se conquista es un espacio de libertad, sin embargo, estar en confinamiento estos meses ha sido una pausa hermosa. He podido volver a otro espacio que había olvidado desde muy joven: el pequeño universo de la casa.

Lo que para unas es libertad, para otras es opresión y también estas condicionantes pueden mutar en dependencia de los contextos particulares. En el año 2019 participé en un evento de mujeres en Dinamarca llamado Transit, donde se reúnen artistas de todo el mundo, muchas de ellas feministas, luchadoras y activistas. Ese festival es un caleidoscopio de culturas, de ideas, de causas, es un sitio para la libertad y la libre expresión de todas las mujeres. La directora del evento hizo una de las reflexiones más sabias que he escuchado. Ella dijo que para las occidentales era un acto de libertad pasarse los días del festival sin maquillarse, mientras tanto, para las orientales, la libertad estaba en exhibir su rostro maquillado. Para unas el signo desacralizador está en pintarse, pues sus culturas las obligan a mantener el rostro despintado, para las otras, aturdidas con los cánones de belleza occidentales, la desacralización y el acto de rebeldía femenina está en su rostro sin artificios.

Esta reflexión real, es también una metáfora que me permite entender la diversidad de contextos en los que las mujeres viven y luchan por diferentes causas. Yo disfruto mi confinamiento porque, desde muy joven la sociedad me ha exigido ser la más linda, la más estudiosa, la más disciplinada, la más inteligente, la más esforzada, la más justa. En casa me he dado el gusto de disfrutar mis últimos dos meses de embarazo y he experimentado ser perezosa, despeinada, despintada, indisciplinada, dormilona y consentida. He jugado más que nunca con mi hijo, he bordado sabanitas para el bebé, he cosido baberos y pañales, he arreglado el armario, he escrito poemas de amor, he desayunado con el café de mi madre, he cantado ridículas canciones, he bailado Cumbia Villera, he aplaudido en las noches, he almorzado en familia, he visto las nubes desde mi balcón, he hecho el amor a mediodía, he tocado mi barriga toda la noche, he pensado en las manos de mi hijo que aún no ha nacido acariciando mi seno. Esas pequeñas maravillas que me ha regalado el confinamiento, me han hecho sentir libre.

Cuando todo termine, cuando los médicos inventen la vacuna contra el coronavirus yo volveré a mi vida normal, al trabajo cotidiano y a mis espacios conquistados, pero seguiré defendiendo estos otros espacios íntimos y hermosos que también son justos y también son deseados. Siempre digo que hace falta valor para defender la belleza y la alegría, aunque la injusticia y la falta de salud agobien al mundo. El amor nos salva y la belleza de un rostro despintado o de unos labios rojos puede ser también una canción protesta, un grito de libertad.

Si tuviera que hacer la historia de mi confinamiento, esa sería una historia de amor. Un amor consciente y conquistado. Una conquista que se suma a las otras y que ojalá yo pueda preservar en mi vida como el capítulo de un gran libro en mi memoria.

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