El aislamiento liberador

Por: Tessa Galeana
País: México
22 mayo 2020

Hace tiempo que buscaba un sitio para vivir en paz, me invadía la idea de no salir nunca más, mi poca capacidad para relacionarme con las personas, mi inseguridad, mi baja autoestima, provocaban mucha ansiedad en mi ser. Antes de esta pandemia que estamos viviendo actualmente, me gustaba estar mucho tiempo en mi casa, aunque tenía que salir a trabajar, intentaba pasar el mayor tiempo posible en el encierro.

Me volví autogestiva, porque creí que así podría manejar mis propios tiempos, renuncié a un trabajo que me agobiaba, por la cantidad de personas con las que me tenía que relacionar, aunque podía aprovechar el tiempo muerto para escribir y escribir, plasmando reflexiones y análisis a partir de mis vivencias. Así fue como llegué a ser tallerista y me di cuenta de la necesidad de generar vínculos sanos con otras mujeres, algo que me habían evitado durante muchos años y que se vio mermado con la maternidad.

Aprendí a salir del techo que me hacía sentir menos insegura, comencé a disfrutar mucho de la compañía de mujeres poderosas, que me hicieron tener otra visión de la vida. Mi vida ha sido tan turbulenta, llena de violencias, notorias e invisibles y me comenzaba a sentir parte de la hermandad que fomentaban en el grupo al que me adjunté. Sin embargo, me movilicé a otro sitio, donde también padecí demasiada precariedad, yo quería alejarme de la familia que me crió, ya no soportaba tanta maldad, maquillada con supuesto amor. Me fui, sin mirar atrás, dejando todo aquello que me hacía mal, que me abrió un nuevo mundo, igual  persiguiendo otro sueño fallido, del que hoy puedo reconocer las consecuencias.

En ese caos en el que me encontraba y que parecía encaminar proyectos prometedores, surgió la cuarentena, que vino a detener todo, menos mi caos personal. Estaba en una relación insana, llena de agobios, de tristezas, de temores, inseguridades, con mis hijos, con mi ahora ex novia y con mi ser-mujer; fue el encierro el que me hizo darme cuenta de que no era la vida que realmente había intentado construir un año atrás, fue como una bomba de tiempo, que explotó al mínimo movimiento.

El encierro, me liberó de tormentos plasmados de manipulación, llenos de dolor, no lo veo como algo casual, siento que era normal, pues pasar días enteros y noches con una mujer que me hizo ver mi falta de amor propio, mi decadencia emocional, mi cuerpa lanzando señales que yo no quería mirar, pretendiendo que todo estaba bien, que yo debía estar bien. Fue precisamente el aislamiento, el que me hizo darme cuenta de que la relación que mantuve, había sido una falacia, que yo me había enfrascado en sueños que no eran míos, que yo no tenía presencia real, que solo debía encarar un destino que no era mío.

Me hundía cada vez más en el abismo, complaciendo, perdiendo mi identidad y mi esencia, remarcaba cada vez más la precariedad emocional. Leía que la cuarentena estaba sacando a flote lo que realmente son las personas, a partir de esa convivencia total, encerradas en cuatro paredes; mis ojos se abrieron, mi lucidez llegó y simplemente no pude retroceder, quería avanzar, quería volver a ser yo, quitarme ese lastre de la constante demanda de tiempo hacia la otra, estaba cansada de la invasión a mis espacios físicos, emocionales y mentales, estaba harta de que no se me escuchara, que lo mío no importara, de preocuparme más por lo que ella pudiera estar sintiendo o pensando, de intentar cubrir sus necesidades, de no poder desenvolverme como soy en realidad.

Mi cuerpa me dio un último aviso, la ansiedad, la tristeza, la desmotivación, la falta de coherencia, el estrés, la invadieron y tenía que accionar o moriría en cualquier momento. Sí, el encierro, me dio libertad, pude abrir la puerta y pedirle que se fuera, entiendo que tal vez no fueron las formas, sin embargo, a falta de empatía y de compasión, no lo podía pedir con buenas formas y  que se me vulnerara cada vez más. Ya no soportaba ceder y ceder, aceptar cosas que no me gustaban, con tal de que ella no se sintiera ofendida, estaba harta de no poder ni siquiera disfrutar un momento a solas conmigo misma.

Ahora, mis ojos ya miran lo que necesito, mis pensamientos se han despejado, he recuperado amistades, he encausado mi camino, no intento reiniciar de nuevo, solo retomar lo perdido, sé que tengo talento y soy capaz de afrontar la vida así, tal como está, aprendo a vivir en un lugar al que no pertenezco, siendo migrante en mi propio país, donde no tengo raíces y no puedo edificar lo que soy, estando sola, sin mujeres de mi tribu cerca, pero me motiva saber que en este camino, aun estando en la horrible realidad de la pandemia, aprendo y resisto, con resiliencia, paciencia y mucho amor a mí misma.

De aquí en adelante, todo puede ser incierto, pero ya no me provoca incertidumbre, aprendo a encontrar soluciones, con la mente despejada, comienzo a valorar y respetar mi ser. Sé que cuento con mujeres llenas de vida, que me motivan día a día, que me dan su amor, aún a la distancia, las siento cerquita.

Cuando todo esto termine y pueda volver a verlas, todo será distinto, mientras tanto, hago caso a las instrucciones, cuido a otros y me cuido yo, me mantengo aislada y sin causar mayor descontrol.

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