¿Cuál es el mayor impacto que ha ocasionado la nueva cepa de coronavirus denominada SARS CoV-2?

Por: Aída Guadalupe Barrera
País: Guatemala
17 abril 2020

No diría que es la mortalidad, pues a lo largo de la historia ha habido otras pandemias que causan mayor mortalidad; tampoco su efecto sobre la economía y el riesgo de recesión, ya que las epidemias y pandemias siempre han tenido impacto en esa área. El mayor impacto es, y ha sido siempre el miedo. Creíamos que como humanidad habíamos superado las pandemias, que con la ciencia y tecnología actuales podríamos controlarlas y circunscribirlas a un territorio, como sucedió hace algunos años con el Ébola o el MERS, pero no fue así. Ahora nos tocó y nos dimos cuenta de que, somos tan vulnerables ante este virus, como hace un siglo lo fuimos ante el virus de la influenza.

Debido a que ahora estamos más interconectados gracias a los viajes aéreos, ha habido una gran diferencia con las pandemias anteriores: el virus se ha esparcido por todo el mundo a un ritmo elevado. Del 1 de diciembre para el 8 de abril, hemos pasado de 1 a 1,484,811 personas y de 1 a 184 países afectados. Anteriormente, cuando el ritmo de la vida no era tan frenético y los viajes se hacían en buques, trenes o carruajes tirados por caballos, las enfermedades infecciosas tardaban más tiempo en extenderse por el mundo, y algunas veces se limitaban a una sola región. La facilidad de viajar de un continente a otro, ha permitido que el virus viaje y se instale junto a nosotros. Ahora tenemos miedo a lo que viene de afuera, queremos encerrarnos.

Junto al virus, se ha instalado el miedo: la gran cantidad de información y desinformación a la cual tenemos acceso, nos ha sobrepasado. Toda esa  información, a veces controvertida y contradictoria, ahora viaja a la velocidad de un click a través de la red, y se disemina igual que el virus, rápidamente por todo el mundo:  igual se comparten memes graciosos o racistas, que noticias falsas, advertencias catastrofistas, predicciones del fin del mundo, y remedios con plantas medicinales, agua caliente con sal o bicarbonato para prevenir o “curar” el COVID-19, la mayoría sin sustento científico y algunos incluso, peligrosos; ya no sabemos en qué confiar, qué es lo real, qué hacer… Es lógico que el miedo predomine.

El miedo ha acompañado a las epidemias y las pandemias a lo largo de la historia: tememos la muerte de nuestros seres queridos, y quizás nuestra propia muerte. A eso se añada el temor a la pérdida de la fuente de ingresos que nos permita cubrir los gastos de la vida diaria, el aumento del costo de los alimentos, la amenaza del desabastecimiento, el miedo a que se instale la represión como forma de vida, y entre nosotras, sobre todo en quienes viven en pareja con compañeros violentos, el miedo a ser agredidas sin poder defenderse o huir, debido al confinamiento al que nos han sometido para tratar de contener al virus. Leí que han disminuido las denuncias de violencia intrafamiliar en estas últimas semanas, quizás por el toque de queda. La convivencia no es fácil, la convivencia 24/7 es más complicada aún. En China, han aumentado las solicitudes de divorcio, después del confinamiento; por algo será.

Sin embargo, el miedo nos mantiene en estado de lucha o huida, segregando cortisol y ese estado sostenido por largo plazo, debilita nuestro sistema inmune y nos hace más vulnerable a las infecciones. Si queremos estar bien, debemos evitar que el miedo nos domine y nos paralice; debemos cuidarnos, filtrar y dosificar la información que recibimos, además si es necesario denunciar y gritar para pedir ayuda porque el virus de la agresión vive bajo nuestro techo y pone en riesgo nuestra vida, lo hacemos, aunque haya toque de queda.

Quiero aferrarme a que en Latinoamérica, especialmente en los países centroamericanos, los resultados de las investigaciones previas nos ayudarán a superar esta enfermedad: varios estudios han encontrado que la vitamina D disminuye el riesgo de enfermar por virus respiratorios, y al vivir en un país tropical tenemos mayor exposición a los rayos de sol que en nuestra piel se transforma en vitamina D (recomendable tomar el sol antes de las 10 am y después de las 4 pm; no, no aconsejo tomarla en cápsulas); además Guatemala es de los pocos países en donde aún se aplica la vacuna contra la tuberculosis (BCG), la cual disminuye la probabilidad de desarrollar infecciones por coronavirus.

Por último, somos resilientes: así como la Tierra nos ha sobrevivido, sobreviviremos al COVID-19 si aprendemos a adaptarnos a los cambios, pero sobre todo si superamos nuestro egoísmo y ambición desmedidos para crear una sociedad más justa y equitativa para todos los seres humanos.  A pesar del miedo y la incertidumbre, siempre nos queda la esperanza: si como humanidad logramos poner en práctica las lecciones aprendidas de epidemias y pandemias pasadas, y usar nuestra creatividad para implementar formas de producción que no dañen la naturaleza, no tendremos que pasar por otra pandemia para ver el cielo sin contaminación, las aguas clarificándose y a los animales regresando a sus hábitats.

 

 

 

 

 

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