Contrastes/8.4.2020

Por: Ana Silvia Monzón
País: Guatemala
7 mayo 2020

Si algo queda en claro

en esta hora de confinamiento global

es que para unos

la casa es el hogar, dulce hogar

para otras, un estado de sitio permanente

para unos el lugar para la creatividad y el disfrute

para otras, el lugar del abuso cotidiano

para unos un remanso de paz

para otras la guerra no declarada

sin tregua, ni armisticios

para unos el refugio ante el exterior hostil

para otras el lugar del sacrificio

para unos el lugar donde se aprenden los mandatos

por acción u omisión

por medio de la palabra ofensiva

o de los silencios hirientes

o de los golpes humillantes

La casa puede ser el lugar

donde aprendes a amar sin condiciones

a construir recuerdos vitales

o a coleccionar heridas

que se instalan en el alma

 

Para unas la casa es una cárcel

con rejas invisibles

un cautiverio patriarcal

donde se siguen órdenes

y no se construye en armonía

para otros la casa

es ese sitio donde se ejerce tiranía

porque este sistema milenario

reproduce jerarquías

 

Para unas, la casa es un exilio

sin habitaciones propias

que palpita al ritmo del cuidado

de los otros

como ha sido por generaciones y generaciones

para las madres,

las amas de casa sin salario

o para millones de mujeres

que han sido recluidas

en nombre de la tradición

de la servidumbre colonial

o de las cadenas de cuidado global

 

En esta hora de reclusión obligatoria

necesitamos resignificar la casa

limpiarla de telarañas opresivas

sacudir el polvo que nos ahoga

desechar los sentimientos negativos

abrir ventanas a nuevas miradas

reinventarla como espacio

para el encuentro equitativo

para disfrutarla en el tiempo que se avecina

 

 

                   

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