Beatriz Velásquez y la búsqueda de su esposo, el que el Estado le quitó

Por: Paolina Albani
País: Guatemala
4 noviembre 2021

Beatriz Velásquez de Estrada ha buscado a su esposo, Otto Estrada, durante más de la mitad de su vida. Al convertirse en madre soltera, sufrió numerosos engaños en donde le prometían la liberación de su pareja. Cuando integró el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), fue perseguida e incluso amenazada para hacerla desistir en la búsqueda. Más de 37 años después, su hijo, Paulo Estrada, se convirtió en la primera persona en querellarse en el caso Diario Militar, donde una docena de militares retirados y policías enfrentan a la justicia por las desapariciones forzadas perpetradas durante el régimen militar de Mejía Víctores. Otto nunca volvió, pero su recuerdo y esencia no deja a los suyos y aún hoy, se les aparece en sueños. Esta es la historia contada por quienes todavía le esperan. 

***

Es el 15 de mayo de 1984. Otto Estrada, integrante de la Junta Directiva de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) de la Universidad de San Carlos, deja a Beatriz, su esposa, frente a su trabajo en el Ministerio de Finanzas Públicas. A las 11:30 horas, un compañero de trabajo enciende la radio para escuchar las noticias y anuncian una balacera en la Recolección. Beatriz empieza a sospechar que algo le ha sucedido a su esposo, pero decide esperar con calma hasta la hora de salida, cuando Otto la recogerá en punto. Otto nunca llega. 

Beatriz le comenta a sus padres, sus sospechas tras su desaparición.  Su padre intenta calmarla y le sugiere que visiten los lugares que su esposo frecuenta para poder dar con él. Dos días después, encuentran su carro en una calle de la Recolección, a donde solía ir para que le lavaran el carro. El vehículo está limpio, vacío y cerrado. Otto no está por ningún lugar.

Se le acerca un hombre familiar, es el dueño del negocio de lavado de carros, se saca del bolsillo del pantalón las llaves del carro y le dice: 

“Mire, aquí hubo una balacera. A Otto lo hirieron y se lo llevaron. Se cayó al suelo y logró anotar las placas -de un vehículo- con unas piedras. Hizo garabatos en el suelo.  Ya habían capturado a varias personas, cuando los que venían detrás de él le iban disparando. Iba con un muchacho de una moto – era Carlos Ernesto Cuevas Molina-”.

Fragmento del Diario Militar. En la imagen aparecen las fichas de Otto Estrada y Carlos Cuevas.

Todo lo que pudo sacarle al testigo fue que para atraparlos, varios carros se metieron contra la vía. Cuando lograron detenerlos, cargaron la moto de Carlos Cuevas, la subieron a la palangana del picop y se la llevaron. “Todo fue muy rápido”, le asegura el hombre del Car Wash.

Beatriz no esperó más y puso un recurso de exhibición para dar con su esposo. Visitó el Seguro Social, la policía y la morgue. Puso una denuncia en los periódicos. Todo para dar alerta de su desaparición. 

“Fue un shock espantoso encontrar el carro abandonado. Esperaba encontrarlo allí, fuera como fuera, pero que estuviera allí”, relata Beatriz. 

Una ola de desapariciones

Otto y Beatriz vivieron un ambiente de mucha tensión después del secuestro de Fernando García, esposo de Nineth Montenegro. A partir de ese momento, las detenciones de líderes estudiantiles y/o miembros de sindicatos, fueron en aumento en la ciudad.

 “Sabíamos de casos de amigos que habían desaparecido, Otto sabía  todo lo que podía pasarles. Él me había hablado que le podía llegar a pasar algo. Si eso sucedía, yo debía de tratar de alejarme. No debía arriesgarme, sino que se quedaría solo nuestro hijo”, recuerda Beatriz. 

Para protegerse, la pareja se mudó de casa a finales de febrero de 1984 y días después de la desaparición de Fernando García, presenciaron el secuestro de unos amigos estudiantes de Derecho. 

“Ya vivíamos con la zozobra de lo que podía pasar porque seguían secuestrando a nuestros amigos.  Teníamos miedo que de un momento a otro nos llegara a pasar. El 15 de mayo me fue a dejar al trabajo y nunca regresó”. De pronto, los miedos de Beatriz se volvieron realidad. 

Pero no se alejó. Siguió buscando a Otto y creó una rutina que incluía visitar a diario el Departamento de Investigaciones Técnicas de la Policía Nacional (DIT), mandaba telegramas preguntando por su paradero y a las autoridades les escribía para solicitar audiencias privadas.

Paulo, quien solo tenía un año de edad cuando su padre fue secuestrado, permaneció bajo el cuidado de la hermana de Beatriz, quien dice que el horror de lo que le había pasado no le dejó más fuerza ni voluntad que buscar a su pareja. 

“Así pasaron los días. Fueron momentos horribles, espantosos. Mi tristeza era tan grande. Me levantaba llorando y me acostaba llorando. Bajo la regadera me escurrían las lágrimas. Sentía el dolor más grande de mi vida. Fue horrible saber que ya no tenía a Otto y que había perdido al padre de mi hijo. Sobre todo, que mi hijo crecería sin su papá. Mis suegros lloraban conmigo”, refiere la entrevistada.

Con cierta pasividad, acepta que ahora le cuesta llorar y dice que se debe a que las lágrimas se le acabaron de tanto llorar por su esposo, pero 37 años la duda de dónde está Otto sigue allí. 

Fragmento del Diario Militar en donde aparecen el nombre de Otto Estrada.

Mujeres crean el GAM para apoyarse

Una semana después de la desaparición, Nineth Montenegro, Rosario Godoy de Cuevas, Aura Elena Farfán y Beatriz Velásquez se dieron cuenta de que tenían un objetivo en común. Durante esos días se encontraron, sin proponérselo, en la policía, en todos los centros de detención, los hospitales y la morgue. 

“Comenzamos a pensar que tendría más peso enviar las comunicaciones y telegramas como conjunto. Pensamos que íbamos a ser más fuertes”. Y así fue como surgió el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM).

“Le llamamos Apoyo Mutuo porque necesitábamos ayuda y poder apoyarnos en el dolor que teníamos mientras localizábamos a nuestros seres queridos. Lo que no queríamos era constituirnos como una institución, sino como algo pasajero hasta que los encontráramos. Porque ese era nuestro sueño: encontrarlos”, explica Beatriz.

Las mujeres que conformaron el GAM fueron aquellas que perdieron a sus familiares a partir del 15 de mayo o cuyos familiares pertenecían a alguna organización de oposición de la Usac. 

Cuando el GAM fue recién creado, Nineth era la Presidenta, Beatriz la Vicepresidenta, Rosario la Secretaria, Emilia García, madre de Fernando García, la tesorera y Aura Elena, la vocal. 

Beatriz participó en el grupo durante un año y medio. Tuvo que retomar el trabajo para poder mantener a su hijo, así que solo acudía a las reuniones los fines de semana. Durante ese tiempo, ella y las demás mujeres que buscaban a sus familiares recibieron llamadas y comunicaciones anónimas de personas que les aseguraban que sus seres queridos “ya iban a aparecer”. 

Sufrimos muchos engaños de muchos funcionarios de Gobierno, de la Universidad, que nos decían que iban a aparecer. Era una ilusión tan grande pensarlos vivos que saqué mi pasaporte y el de mi hijo. De esa forma, solo aparecían ellos y nos íbamos a poder ir de Guatemala, pero todo era engaño”, asegura. 

Las llamadas anónimas continuaron durante seis meses. 

Una vez me dijeron que lo dejarían bajo el puente de Los Esclavos. Pensábamos que era cierto. No me dejaron ir, pero sí fueron mis familiares en mi lugar. Él nunca apareció”. 

El exrector de la Usac, Eduardo Meyer y más adelante, presidente del Congreso, les dijo varias veces: “sus esposos están bien. Están en tal lugar. Los vieron. Están muy delgados, están heridos, pero están bien”.

Meyer aseguró que su fuente de información era el canciller, Fernando Díaz Durán. “Nos habló de una lista de estudiantes a los cuales iban a liberar y que los iban a ir a dejar a México”, pero eso nunca ocurrió.

La muerte de Rosario Cuevas y la persecución a las mujeres del GAM

La insistencia del GAM por dar con el paradero de sus familiares, enfadó al Gobierno quienes decidieron vengarse de Rosario Godoy.Foto: Documental “El Eco del Dolor de Muchas Voces”.

En marzo de 1985, fue asesinada Rosario, su hermano de 21 años y su hijo de 2.  Quienes estuvieron detrás de la ejecución lo hicieron pasar por un accidente automovilístico. Paralelamente, las integrantes del GAM empezaron a ser perseguidas e intimidadas. 

Una de las veces que fui a dejar a Paulo a la casa de mi suegro, me persiguieron hombres armados y pensé que me iban a matar. Siempre me iba a la misma hora, pero ese día salí más tarde. Cuando pasé en el carro, vi  tres vehículos parados. Los hombres se habían bajado porque hacía mucho calor. Como conocía muy bien la colonia, me logré meter en uno de los callejones. Allí fue donde logré escaparme de ellos. Me metí a la casa de mi suegro, que tenía una parte que quedaba oculta. Allí me escondí y no me encontraron”, narra Beatriz.

Mientras se escondía pensaba: “¿Qué voy a hacer?, ¿voy a dejar solo a mi hijo? Amaba tanto  a Otto que me dije: por buscarlo no le voy a cumplir la promesa que le hice”, agrega.

  Beatriz recuerda que en las entrevistas que sostuvo con Mejía Víctores, este les dijo: “¿por qué los andan buscándolos si ellos eran unos asesinos?”.  En otra ocasión les aseguró que: “sus maridos están en Estados Unidos, búsquenlos. De plano tenía una amante y con ella se fueron”. 

Pero la más alarmante de sus declaraciones fue una vez que las recibió estando borracho, a las 7 de la mañana.

“Aquí lo único que nosotros hicimos fue haber desmantelado la guerrilla urbana. Si sus maridos son de la guerrilla preocúpense, si no, no se preocupen”. 

 “Yo estaba segura de su responsabilidad por la forma en la que nos hablaba. ¿Qué más podíamos creer?, se pregunta Beatriz.

Las mujeres del GAM se habían vuelto muy incómodas y algunas de las familiares de los desaparecidos que lograron salir del país, como es el caso de las hermanas de Carlos Cuevas Molina, emprendieron una campaña internacional para visibilizar las atrocidades que ocurrían en Guatemala. 

La respuesta del Estado fue casi inmediata. Las amenazas en su contra aumentaron. 

El jefe de la policía me dijo: deje de estar buscando a su marido. Aquí tenemos unos telegramas”. Eran de Amnistía Internacional que estaba pidiendo por él. “¿Usted sabe quién es Amnistía Internacional?”, me preguntaron. Me hice la tonta, dije: no. “Pues dígales que no estén mandando cosas, que no estén preguntando por él. Lo que están haciendo es entorpeciendo todo y lo van a matar”.

“Otra vez me fueron a buscar al trabajo. Gracias a unos amigos logré salir. Me fui a vivir a la casa de mis papás. Era una situación complicada, ellos trataban de apoyarme. Yo me escondí prácticamente porque entré en pánico. Me decía: Si mataron a Rosario, me van a venir a matar a mí”, recuerda. 

La persecución se tornó tan seria que Beatriz dejó de acudir al GAM y se quedó encerrada en la casa de sus padres, junto a su hijo, para evitar ser secuestrada. Después de todo, el asesinato de Rosario era un mensaje claro.  

Cuando quiso retomar la búsqueda de Otto lo hizo con la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Guatemala (Famdegua), fundado por Aura Elena Farfán, debido a las diferencias que habían surgido con Nineth, quien quiso tomar un enfoque político y empezó a propiciar reuniones con aspirantes políticos. “Ella decía que era bueno reunirnos con ellos porque estarían en el Gobierno”, manifiesta.

 Admite que por el trabajo ya no pudo participar de manera constante en Famdegua, aun así, la necesidad de continuar la búsqueda no desapareció de su mente. Paulo, su hijo, asumió casi completamente las tareas de la búsqueda, pero también la colaboración de los querellantes para reconstruir los hechos de 1984 y la identificación de los responsables de las desapariciones forzadas. 

El Dossier de la Muerte

En 1999, salió a la luz pública el Diario Militar también llamado el “Dossier de la Muerte”. El documento le dio mucho sentido a todo lo que vivió Beatriz.

Ruda: Cuando se publica el Diario Militar ¿cuál fue su reacción?

Beatriz Velásquez:No podía creerlo. Hoy mismo estaba pensando: qué pasaría si me dicen que hay una cárcel clandestina donde los han tenido y allí están todavía vivos. Me cuesta creer que el 1 de agosto -de 1984- lo mataron, porque recibimos llamadas durante mucho tiempo diciendo que estaba vivo”. 

 La información del diario coincide con lo que me contó el señor del Car Wash, porque a Otto lo hirieron en la pierna. Me dio la certeza de que lo que yo había creído que pasó, era cierto. Que lo había hecho el Estado. Nadie en Guatemala podía haber hecho esto con el descaro, la desfachatez y la impunidad con que lo hicieron ellos. ¿Quién iba a agarrar carros sin placas y transitar contra la vía con armas y disparar en la calle donde hay gente desarmada? Otto y sus amigos, su única arma era pensar diferente y su voz para poder gritar las injusticias. ¿Quién más que el Gobierno iba a ser? Nunca dudé de la responsabilidad que tenían. 

Pero me entró algo de pánico cuando salió porque temía por las reacciones. No quería que le pasara nada a Paulo o a la gente de Famdegua”.

“Su ausencia no me la va a pagar nadie”

Con el paso de los años, Beatriz se casó nuevamente y tuvo una segunda familia. Aún así, Otto no desaparece de su mente. 

“Anoche soñé con Otto. Él jamás ha desaparecido de mi vida. Es más, es algo que nunca va a acabar. Siempre le pedí a Dios que me permitiera encontrarlo porque una no sabe nada y una se deja llevar por lo que cuentan otros testigos”, dice. 

“Comencé a platicarle a Paulo para que no nos alejáramos del movimiento. Él se incorporó a Famdegua cuando tenía 16 años. Estoy agradecida porque mi hijo entendió que la búsqueda debía de seguir”, agrega.

Durante los años en que fue investigado el caso contra los militares retirados y expolicías, Beatriz se ha reunido con los otros familiares del Diario Militar y ha acudido a reuniones o citaciones para brindar su declaración. Además, está pendiente del desarrollo del proceso penal en la judicatura de Mayor Riesgo B, a través de las transmisiones en línea pues sufre de claustrofobia.

“No me gustan los lugares encerrados, me dan miedo. No lo he logrado superar. Cómo no me voy a atormentar si yo sé lo que es que alguien salga y nunca jamás volver a verlo regresar, ni saber nada de él. Nada, nada. Eso te marca mucho”. A la vez, admite que escuchar los relatos de los demás familiares “le tocan el corazón”. Sabe bien que aunque los años han pasado,  las heridas no han sanado. 

Ruda: ¿Qué espera del caso en términos de justicia?

Beatriz Velásquez: (Suspira) “La justicia habría sido hace 37 años que hubieran vuelto vivos. Que los condenen pues es lo que les toca por haber hecho algo malo, pero la justicia que yo quiero no es esa. El que ellos pasen a cumplir una condena es lo mínimo que puede pasar. Que por lo menos digan dónde están para darles una cristiana sepultura. Es muy difícil, por lo menos en mi caso, pensar que con eso vamos a cerrar el ciclo. Es muy doloroso haber perdido a mi pareja, pero es más doloroso para mí el haberle quitado el derecho a mi hijo de no haber crecido con su padre que tanto lo amó y tanto lo quiso. Le hizo mucha falta. Esa ausencia no me la va a pagar nadie”.  

 Para Beatriz la justicia sería a medias. Una justicia de lo que se puede lograr a estas alturas de la historia: tardía al grado que ha permitido que algunos de los perpetradores llegaran a ancianos y murieran sin revelar el paradero de sus seres queridos. 

De algo está convencida y es que la sentencia penal no le devolverá a su esposo ni los 37 años de vida arrebatados. Lo único que podría asomarse a un destello de esperanza sería dar con los restos de Otto Estrada, con quien todavía sueña.

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