Arquitectura, anti-arquitectura y diseño desde el confinamiento en el hogar #AprenderemosAVivir

Por: Andrea Monedero
País: El Salvador
29 junio 2020

Nosotros no somos únicamente nuestro cuerpo, sino dónde nos implantamos. Los espacios son, entonces, una extensión de nuestro cuerpo. Hay que entender la casa, el hogar, como una situación que permite que se vivan afectos; más allá de un lugar que construimos o un espacio físico.  La arquitectura de una casa no se limita a las paredes y el techo, sino a una confección de momentos del día a día. Este tipo de arquitectura debe agrupar elementos de distintas naturalezas, momentos totalmente diferentes los unos de los otros. Es decir, los espacios no están solo en nuestro entorno físico sino compenetrados en nuestra mente, y suceden también en los eventos más íntimos.

Todo depende de qué entendemos por casa, por nuestra casa. Mi casa, los espacios y eventos que habito son una constelación en movimiento conformada por mi apartamento, mis redes sociales, mi bicicleta. El movimiento hacia afuera me estabiliza. Estructuras móviles me llevan hacia algo, me dan contradictoriamente equilibrio. Cuando observo esta configuración de espacio emocional y mental, me doy cuenta de que mi casa necesita pocas cosas materiales. Mi confort está adentro y afuera de cuatro paredes: es abierto y más sensible que el concreto.

La arquitectura o el diseño no están solo presentes en nuestras vidas de manera estática: no son solo las casas o edificios de la ciudad, ni el invento de cosas nuevas, ni elementos aislados que están en tiendas bonitas, museos o revistas. Debemos entender la disciplina como algo que va más allá.

El trabajo de una arquitecta se imbrica en esferas sociales imperceptibles. En el diseño, hay capas geológicas y biológicas que se superponen y, sobre todo, hay capas de tiempo. Tanto el diseño como la arquitectura son acciones. Observamos, exploramos. Estas acciones están presentes en todos los seres humanos. Diseñar es, justamente, lo que nos distingue de los animales: la consciencia de sí, la consciencia de dónde. Si un animal encuentra una forma de solucionar algo se casa con esa forma, mientras que los humanos seguimos tratando de encontrar otras formas para llegar a lo mismo.

Lo que nos hace humanos no es el hecho de que tengamos un cuerpo y un cerebro sino, justamente, la curiosa interdependencia que tenemos con los artefactos que hemos diseñado. Es decir, lo que nos hace humanos es remodelar constantemente nuestra vida y reestructurar nuestras relaciones con las cosas.

Marshall McLuhan habla de la manera en la que, sin darnos cuenta, le pertenecemos a la tecnología: “Nosotros formamos nuestras herramientas, pero luego estas nos forman a nosotros”. Hoy en día, por ejemplo, algo que nos define como humanos es el hecho de que vivamos en una especie de selfie colectiva que se está automonitoreando todo el tiempo; o es también el vivo hecho que, pareciera, estamos diseñando nuestra propia extinción.

What you own, owns you.” (Lo que posees, te posee.) predica Andrea Zittel, una de las artistas que ha utilizado el autoaislamiento como medio de exploración en su obra. En muchas ocasiones Andrea se aísla completamente de la sociedad y se coloca en condiciones que por fuera parecen extremadamente restrictivas. Luego de estar desprovista de la “vida normal”, Andrea se desconecta también del dogma de la acumulación que se introduce en nosotros con los patrones de la cultura capitalista, un mal moderno representado en las instalaciones de Yayoi Kusama desde la década de 1960.

En su manifiesto “These things I know for sure” Zittel dice en el punto 12: “Las ideas parecen gestarse mejor en el vacío – cuando este vacío está lleno es más difícil acceder ellas. En nuestra sociedad dirigida por el consumo casi todos los vacíos están llenos, bloqueando momentos de mayor claridad y creatividad. Las cosas que bloquean los vacíos (voids) se llaman “avoids”.”

 Pareciera que la sociedad nos mantiene en un estado de evasión constante, lo cual atrofia nuestras habilidades de enfocar, reflexionar y profundizar. Al consumir información superficial sacrificamos conexiones reales. Zittel se cuestiona si la productividad es la antítesis de la creatividad.

En la modernidad, la intensidad digital está tan impregnada en nuestras mentes que quizá ya es obsoleto hablar de espacio público y privado, cada uno estrechamente vinculado con la hegemonía masculina y femenina que dominarían cada espacio, divisiones que heredamos de la Colonia y que eran completamente normales en el pasado. Doméstico de domesticación del cuerpo femenino, de reproducción de la familia heterosexual.

Paul Beatriz Preciado habla de cómo la revista Playboy viene a romper muchas reglas al agujerear el espacio privado haciéndolo público, haciéndolo masculino. Esta dinámica público-privada es la que imitamos hoy cada vez que nos tomamos la selfie en nuestro baño. En esta casa el espacio doméstico ya es solo una ficción, una ficción en la que por supuesto se imita la realidad de tu propia casa. El impacto de Heffner inventa el estilo tan usado hasta el día de hoy como el apartamento estilo soltero.  Preciado habla de cómo Heffner y la píldora anticonceptiva tienen más que ver en la arquitectura moderna que la construcción de un muro.

Sin embargo, la cultura occidental ha celebrado la representación técnica y proyectiva de la arquitectura como la parte más importante del proceso para ser arquitecto. En lo personal, el deconstruir esta palabra y entender que tener este título no significa mucho es lo que justamente me ha permitido hacer que mi trabajo se vuelva mucho más interesante.

Cedric Price fue el primer arquitecto en llamarse asimismo anti-arquitecto. Para él, un edificio anti-arquitectónico es aquel que permite que la arquitectura tenga una función performativa, que le permite ser creada por la gente. Es la que no solo piensa en el futuro, sino que integra el presente en su diseño.

La arquitectura. Este es un gremio sumamente conocido por ser el autor de obras, desconectándose así de la colaboración. De esta forma, automáticamente no solo descartamos el contexto social sino muchas personas que también colaboraron, al equipo, a los constructores, al usuario. Si, por ejemplo, tratáramos la arquitectura como un proceso social colaborativo y no como una obra de autor, ni siquiera habría cifras tan absurdas donde las que las mujeres están bastante ausentes en esta profesión.

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