Animal de hábito: memorias del pasado muy presentes

Por: Alejandra Vega
País: Guatemala
21 septiembre 2021

Esta historia trata sobre los acontecimientos de la vida de Alejandra, una persona trans de Honduras. Es una mirada hacia dentro de sí misma y a su pasado, en un viaje de descubrimiento personal que enmarca los eventos más relevantes e impactantes de una aventura llamada vida.

También trata sobre cómo Alejandra se tuvo que adaptar a las situaciones difíciles que la rodeaban, tan cambiantes que fueron moldeando sus hábitos, costumbres y maneras de pensar.

Así se dio forma al rompecabezas de su personalidad y así aprendió a utilizar las mejores estrategias de supervivencia a través de la hostilidad y al cobijo de la vida misma.

Esta historia dará importancia tanto a los aspectos positivos como a los negativos; así se pondrá en evidencia la complejidad de las relaciones humanas a través del desarrollo de una serie de etapas o episodios.

Episodio 1: El no nacido

No más monos

Esta historia comienza a inicios del año 1983 en la ciudad de San Pedro Sula. Marta está a punto de darse cuenta de una noticia inesperada. Hace 6 meses acaba de tener a su segunda hija y justo ahora se da cuenta que se encuentra embarazada de nuevo.

Marta es una mujer con buenos sentimientos y una madre amorosa. Ella proviene de una familia muy pobre y el nacimiento de un tercer hijo la agobia, dadas las condiciones de su vida. Su marido Francisco es un hombre irresponsable, alcohólico e infiel, situación que la lleva a pedir consejo a su hermana, Carmen, sobre lo que debería hacer. El aborto termina siendo su única opción.

Por aquellos años, y sobre todo en los países latinoamericanos, se suele recurrir a una serie de brebajes, recetas heredadas de generación a generación para practicar dicho proceso, pero Marta aún no está segura de hacerlo que está a punto de hacer.

Ella se encuentra sentada frente a un vaso de cristal que contiene la bebida abortiva que su hermana le había preparado. Alejandra, que es el objetivo en cuestión, se enfrenta a su primer reto de vida sin siquiera haber nacido. Las cartas están echadas y la decisión tomada, ya dependerá de la misma vida si ella vive o muere.

Después de unas horas, Marta se empieza a sentir muy mal y a sangrar. Esos signos confirman que la bebida está haciendo efecto. Marta acude a ver a su madre para explicarle la situación en la que se encuentra.

Doña Concha, como es conocida la madre de Marta, es una mujer nacida en la década de los años 20, fuerte, de carácter pesado y con una historia de vida muy trágica, que la ha llevado a criar a sus hijos de una manera muy estricta. Ella se encuentra muy molesta con esta noticia, hace mención de todos los obstáculos que tiene la vida pero que abortar un hijo no es una solución.

En una conversación crucial, Doña Concha le dice a Marta que no solo está en riesgo la vida de su hijo, sino también la suya misma. Y le pregunta qué pasaría con sus otros hijos si Marta muriese por esta situación en la que se encuentra. “A la larga los hijos siempre serán bendiciones”, termina diciéndole.

Pasan los días y Marta se encuentra muy mortificada por lo que ha hecho. Así que asiste a donde su ginecólogo para saber si el proceso del aborto tuvo éxito. Para su sorpresa, aún se encuentra embarazada y esto le genera un sentimiento de alivio.

Marta, de rodillas y llorando, pide perdón a su hijo y promete que lo va a tener pase lo que pase. Por otra parte, su marido al leer el examen médico que indica el tercer embarazo de Marta, se lo lanza al suelo y le dice: “Yo soy muy joven para llenarme de hijos, no quiero más ‘monos’. Ahí mirá vos qué haces”. Esas fueron sus palabras.

El milagro llegó un día viernes 8 de julio de 1983 a las 5:30 de la tarde. Alejandra nace con signos de desnutrición, pero sana a pesar de las circunstancias en las que vino a este mundo. Es bautizada con el nombre de Alexander. Este es el inicio de su travesía.

Despedida de una madre

Alejandra tiene dos hermanas mayores. Doris, de 8 años, nacida el 10 de julio del año 1977 y Cristina, de 3 años, nacida el 7 julio del año 1982. Les tres conviven con sus dos padres en un hogar muy pobre.

 Los constantes abusos verbales, carencias económicas e infidelidades descaradas por parte de su marido llevan a Marta al límite de la desesperación. En la búsqueda de una solución para el bienestar y futuro de sus hijos, por la mente de Marta pasa la idea de romper lazos con su marido y buscar un trabajo que pueda aliviar la situación en la que se encuentran.

 La solución llega de parte de sus hermanas, las cuales se encuentran en la capital de Honduras, Tegucigalpa, y le dicen a Marta que se vaya a trabajar con ellas y corte de una vez por todas con ese ambiente insano que sostiene con su marido. Doña Concha le propone a su hija que deje a sus 3 hijos a su cuidado, mientras se dedica a buscar un mejor futuro para ellos. La decisión es muy dolorosa para Marta, ya que no desea desprenderse de sus hijas, pero comprende que es lo mejor que puede hacer en esos

 

momentos. La desintegración familiar siempre será un proceso muy doloroso para todas las partes involucradas y traerán consecuencias imprevistas en el futuro.

 Corría el año 1985 y el momento llegó, Marta se despedía de sus hijas en la estación de buses de la ciudad, en un día muy lluvioso que sólo agudizaba la agonía de esta madre. Marta, entre lágrimas, veía a través de su ventana cómo la imagen de sus hijas se hacía más pequeña a medida que el autobús en el que se alejaba más y más.

  Episodio 2: El descubrimiento de la naturaleza

Gordo, mariquita, invertido

Para Alejandra la niñez ha sido muy feliz, a pesar de solo poder ver a su madre una vez por mes y quedar muy triste cada vez que tenía que despedirse de ella. Y es que a pesar de que su abuela es una mujer muy estricta, también es muy amorosa.

La abuela le enseñó la importancia del respeto por los demás. Mientras iba creciendo, también iba descubriendo su amor por los animales, las letras y los números. Su hermana mayor, Doris, le enseñó las vocales y el abecedario antes de ingresar a la escuela. Tuvo algunas dificultades para hablar y tartamudeaba mucho. Su madre la llevó con un médico, cuya recomendación fue la lectura constante. Desde ese momento comprendió la utilidad de las palabras y cómo estas tienen tanto poder.

Por fin llegó el primer día de clases y Alejandra estaba muy emocionada por el inicio de esta nueva etapa de su vida. Se perdía en la alegría de los colores e imágenes que encontraba en sus libros de texto, que hizo explotar su creatividad en cada trabajo escolar.

Hay un dicho que dice que a veces los niños pueden ser muy crueles y Alejandra estaba a punto de descubrir que ella era muy diferente al resto de ellos y que esta diferencia haría de ella un blanco fácil para las burlas y el acoso que sufriría durante años.

“Gordo”, “mariquita” e “invertido” eran algunas de las palabras que le decían sus propios compañeros y esto la hacía sufrir mucho e iba destruyendo su inocencia. Había momentos en los cuales las agresiones verbales se fueron convirtiendo en físicas y estas situaciones hicieron perder parte de la alegría que le daba aprender e ir a la escuela.

Pero Alejandra era muy inteligente y desde muy temprana edad se fue dando cuenta que podría hacer algunas cosas para disminuir el abuso. O, al menos, eso creía. Por eso se propuso ser siempre la mejor de su clase; esto supondría conseguir cierta protección y respeto para sí misma. Además, siempre estaba ayudando a los demás compañeros, incluso a aquellos que la acosaban.

Aunque si bien el acoso disminuyó, nunca desapareció por completo.

Salir del closet

En el año de 1997 comenzaba una de las etapas más complicadas para nuestra protagonista. A medida que iba descubriendo otros aspectos de su vida, algo de lo que nunca se le habló fue acerca de la sexualidad del ser humano.

Alejandra ya sentía atracción física por compañeros de su mismo sexo y no encontraba explicación para esto, pero no podía preguntar sobre el tema, esto era muy mortificante para ella.

Escuchaba las burlas y observaba la discriminación hacia las personas homosexuales y travestis —como eran conocidas las personas trans por aquellos años—. Por su mente se cruzaba una idea bastante radical y es que el suicidio parecía una opción para no lidiar con todo el dolor y sufrimiento que veía en otras personas como ella. Aunque lo intentó algunas veces, jamás tuvo la suficiente determinación para hacerlo. Su amor por la vida era aún más fuerte.

Un día, mientras terminaba de pintar unos mapas con unas compañeras del colegio, decidió platicar sobre esto con una compañera que era muy especial para ella. Alejandra veía cómo sus compañeros formaban parejas de novios y esto le creaba un sentimiento de soledad y aislamiento.

Alejandra no podía experimentar esas sensaciones que genera el primer amor y la ilusión de ser querida de esta forma por alguien. Esto fue provocando que se convirtiera en una persona más tímida y reservada, y, además, enmascaraba su tristeza, lo que desencadenó una profunda depresión en ella.

Un día decidió no seguir ocultando más su naturaleza y confesó a su clase cómo era ella en realidad. Creyó que, si era sincera, los demás podrían ser más empáticos con ella.

Algunas personas celebraron su decisión de salir del clóset, pero muchas otras personas solo la discriminaron y rechazaron más, hasta el punto de ridiculizarla en público. Una vez más, Alejandra se daba cuenta que los seres humanos podrían ser muy crueles y, que el mundo donde todo parecía bonito y bueno, en realidad no existía.

Por eso mismo Alejandra comenzó a tener hábitos poco saludables. Y así comenzó a fumar cigarrillos para aliviar el estrés de las situaciones que la ponían incómoda y aunque no quería repetir el caso de su padre, comenzó también a experimentar con bebidas alcohólicas, ya que para ella eso era un escape de la realidad.

Una medalla que vale oro

El padre de Alejandra había emigrado hacia los Estados Unidos en el año de 1991 y aunque si bien estaba separado de su madre, este comenzó a apoyar a su familia de manera económica.

Su madre dejó de trabajar y volvió a vivir de nuevo con sus hijas; durante esta época su padre estuvo muy pendiente para que tuvieran una buena educación y Alejandra recompensaba esto siendo una excelente estudiante y evitando ser problemática.

Al dar inicio un nuevo siglo, allá por el año 2000, Alejandra decidía que estudiaría Administración de Empresas. Su padre la complació y la admitieron en una de las mejores instituciones de la ciudad para estudiar. Durante esta etapa fue adquiriendo mayor autoconfianza, se esforzaba por cada punto y materia de estudio, al punto de convertirse en una referencia de buen estudiante para sus maestros y compañeros.

Durante esta época tuvo su primera experiencia sexual con un hombre mayor y, aunque si bien lo disfrutó mucho, sentía vergüenza por no tener el valor de expresar su verdadera identidad a su familia.

Sentía que vivía una vida doble que para nada era satisfactoria y los demonios en su cabeza le volvían a insistir que el suicidio era una buena opción. Un día decidió que no podía soportar más y que ya era tiempo de terminar con el sufrimiento. Le confesó todo a su familia.

Para su sorpresa, su familia lo tomó de la mejor manera posible. Su madre solo le hizo una pregunta: “¿Estás seguro que no estás confundido?”. Pero también le dijo que esto no hacía ninguna diferencia y que no cambiaba su amor por ella. Fue un gran alivio para Alejandra.

Llegó la culminación de sus estudios secundarios con una gran celebración. Todos los nuevos bachilleres cerca de 300 se encontraban en un recinto enorme acompañados por sus familias. Alejandra no sabía que este sería uno de los días más felices de su vida.

A mitad de la ceremonia llegaba una parte bastante especial y es que se premiaría a los tres mejores bachilleres de la generación. Primero mencionaron a los ganadores de las medallas de bronce y plata. Alejandra no estaba incluida y en ese momento pensaba que ya no había posibilidad de obtener una medalla.

Pero para su sorpresa fue llamada al estrado como la persona ganadora de la medalla de oro por el índice académico más alto.

Alejandra estaba en shock. Se puso de pie y le lanzó una mirada a su familia que estaba de pie aplaudiendo. Luego, entre lágrimas de emoción, subió al escenario a recibir su medalla. En su mente se decía: “lo he logrado, la culminación de todo un gran esfuerzo”. Su padre pudo ver esta ceremonia en un videocasete que le enviaron a los Estados Unidos.

Alejandra pensaba que lo malo del pasado había quedado justo allí, en el pasado.

Episodio 3: Un sentido de pertenencia
Algo llamado activismo

Transcurría el año 2003 y comenzaba la vida adulta de Alejandra. Un mundo nuevo lleno de oportunidades se presentaba ante ella. Durante sus años de estudio se hizo muy amiga de un compañero llamado Gabriel y con él fue conociendo a otros chicos gay.

Tuvo su primera relación amorosa con un chico muy agradable de nombre Javier. Mantenían una relación muy bonita y todo iba muy bien. En una de sus citas este chico le confesó que él era una persona VIH positiva y que debía saber esto porque no quería que hubiera secretos entre ellos. Para Alejandra esta noticia fue como si una bomba estallase justo sobre ella.

Debido a la poca información que tenía en ese momento acerca de esta condición, Alejandra decidió terminar la relación con Javier. El miedo se apoderó de ella y le trajo viejos recuerdos del pasado, pues cuando era muy joven Alejandra vio cómo una de sus tías sucumbía a esta enfermedad hasta su muerte.

Todo esto llenaba de incertidumbre sus pensamientos referentes a tener de nuevo una pareja, pero un día uno de sus amigos la invitó a que asistiera a una organización donde se congregaban otras personas LGTBIQ+. La comunidad gay organizada de San Pedro Sula fue una de las primeras organizaciones que trabajaban en la educación para la prevención del VIH y la promoción de los derechos humanos en Honduras mediante la promoción de una salud integral.

Alejandra conoció a muchas personas maravillosas, incluyendo a mentores que incentivaron el activismo en ella. Comenzó a asistir a reuniones y visitar a diario las oficinas de la organización. Así conoció más a profundidad las situaciones e historias de vida tan terribles que le sucedían a otras personas debido a su condición LGTBIQ+.

Así que decidió prepararse y estudiar acerca de derechos humanos, y de los procesos que implican que una persona se convierta en una educadora y una activista. Comprendió que una de sus misiones en la vida sería ayudar a otras personas y pondría todo su potencial y capacidad en esta misión, aunque muchas veces se presentaban dificultades.

En una ocasión la oficina de la organización fue tiroteada por personas intolerantes. En algunos plantones y marchas del día de orgullo y dignidad LGTBIQ+ recibían insultos y amenazas.

La iglesia, especialmente los protestantes, hacían comunicados y notas en contra del trabajo de estos grupos, demostrando un sentimiento de odio hacia estas personas, pero nada de esto desmotivó a Alejandra para seguir creciendo y aprender cada día más. Su satisfacción era ver los rostros de esas personas que muchas veces solo necesitaban una palabra de aliento para seguir adelante.

Alejandra recordaba los días en los que intentó suicidarse, pensaba en cuántas otras personas sí lo habrían hecho y creía que las nuevas generaciones necesitan de todo el apoyo que se les pueda brindar.

En medio del odio y la intolerancia, ella vio morir a muchos de sus amigos y conocidos, ya fuera por el VIH, y en otros casos, terriblemente asesinados. Nada de esto la hizo renunciar a la labor en la que todavía hoy en día continúa dedicándose, gracias al apoyo técnico y financiero de organismos internacionales. Alejandra estaba con los suyos y por fin tuvo ese sentido de pertenencia con personas afines a su propia naturaleza.

El nacimiento de Alejandra

Durante sus primeros años involucrada en el activismo, Alejandra conoció a una de las personas que más impactaría su vida. Esta persona sería como una segunda madre para ella. Nataly es su nombre y era una mujer trans que había visto desaparecer a muchas personas víctimas del VIH, de la violencia y persecución generada por la simple razón de ser LGTBIQ+.

Nataly ayudó mucho a Alejandra en su proceso de formación técnica, le mostró cómo se elaboraban los proyectos y las estrategias educativas que se desarrollaban en la organización. Además, sirvió como una memoria histórica del movimiento LGTBIQ+ en Honduras, pues le contaba a Alejandra sobre las luchas, cómo el VIH había impactado desde sus comienzos en los años 80 a toda una generación de personas. Y todo esos conocimientos no solo eran el resultado de lecturas, sino sobre todo de vivencias. Nataly es una sobreviviente de las condiciones inhumanas y violentas que las personas deben enfrentar en Honduras.

Alejandra siempre estuvo inconforme con su imagen y cómo era percibida por otras personas. Un conflicto interno se llevaba a cabo desde lo más profundo de sus entrañas; para entonces ya conocía el termino transgénero y supo de manera inmediata que este se ajustaba a su sentir. Así que decidió un día comenzar a experimentar con su imagen y ser más femenina, estar más cómoda en su propia piel.

Su transición de un chico gay a una persona trans comenzó durante el 2006. Eso fue conflictivo para su familia, ya que desconocían la verdadera identidad de Alejandra y ella poco a poco fue cambiando en sus actitudes, prácticas y costumbres. Este sería el verdadero nacimiento de Alejandra y nunca más volvería a ser la misma persona complaciente para todos, excepto para ella misma.

Alejandra había evolucionado hasta construir su verdadero ser. Se mostraba elegante, perfeccionista, empática, pero, sobre todo, humana. Una vez más pensó que ya nada malo podría ocurrir en su vida. La discriminación, el rechazo, la violencia, la soledad y más que nada el autodescubrimiento personal eran cuestiones que ahora podía manejar mejor. Pero una nunca puede estar segura de todo. La vida está en constante evolución y cambio, a veces para bien y algunas otras para mal. Lo que aún no sabía es que lo peor estaba por venir.

Episodio 4: La madriguera del conejo

La relación que nunca existió

Durante el año 2003, sucedería uno de los eventos más importantes para la vida Alejandra. En ese año recibió la noticia de que su padre iría a Honduras para poder ver a sus hijos; esto despertó alegría e incertidumbre en ella.

Habían pasado 12 años desde la última vez que Alejandra vio a su padre. Así que la tarea era ocultar a toda costa su verdadera naturaleza, pues temía mucho una reacción negativa de su padre. El tener la oportunidad de, por fin tener una relación verdadera con su padre, era más fuerte que su deseo de mostrar su verdadero ser.

Las cosas no salieron como pensaba. Algunas personas se encargaron de informar al padre acerca de la identidad de Alejandra. Además, su padre y madre intentaron retomar su relación después de 18 años de estar separados, pero solo fue un intento fallido. Su padre no había cambiado mucho y la convivencia con su madre resultó ser un desastre; esto generó mucho estrés y tristeza en sus hijos, y sobre todo en Alejandra, que veía como la oportunidad de tener a su familia otra vez reunida, sencillamente se esfumaba.

Una noche surgió la tan temida conversación acerca de la sexualidad e identidad de Alejandra. El padre hizo una serie de preguntas acerca de este tema a su madre y a Doris, la hermana mayor, las cuales confirmaron los rumores que ya conocía sobre Alejandra. La reacción de este fue de reclamo, según él se le había engañado sobre esta situación.

Doris le contó a Alejandra que su padre ya sabía todo sobre ella y cuando quiso hablar con su padre, este sencillamente le dijo que se fuera. También le dijo que no quería saber absolutamente nada sobre ella, que había destruido todo lo que sentía por ella, haciéndola sentir culpable y que todo lo que había hecho estaba mal.

Pasarían muchos años sin que Alejandra supiera algo sobre su padre, con quien solo deseaba construir una relación. Eso jamás pasó.

La espiral de la adicción

Alejandra continuó enfocándose en su labor de activista y trabajaba lo más que podía, aunque su corazón estaba destrozado y se hundía cada vez más en una profunda depresión.

Así que fue adquiriendo algunos hábitos nada sanos que, según ella, aliviaban esa situación en la que se encontraba. Llegó a fumar hasta 50 cigarrillos diarios y tomaba mucho alcohol, además se hicieron muy frecuentes las relaciones sexuales con muchas personas. También adquirió un gusto por la vida nocturna de los bares y las discotecas. Había un permanente sentimiento de abandono dentro de ella y esto la hizo una persona muy reservada con su familia.

En medio de todo se dedicó a estudiar sobre temas de salud sexual, geografía, las artes y sobre todo la astronomía, para evitar pensar en sus problemas familiares. Así evadía el resentimiento muy grande que guardaba hacia sus padres. Y que hay un tema que había logrado bloquear de su mente, pero debido a la situación en la que se encontraba,

ese recuerdo del pasado regresaba más claro que nunca. Alejandra había sufrido de abuso sexual en su niñez y se preguntaba cómo sus padres no estuvieron para protegerla y más aún cómo su padre podría despreciarla, solo por tener una orientación sexual diferente.

En una ocasión, Alejandra se encontraba disfrutando de una noche de parranda; estaba muy nerviosa, ya que debía dar un show musical en una discoteca de su ciudad y tomaba alcohol de manera impulsiva, pero no lograba calmar sus nervios. Entonces una amiga le sugirió que aspirara cocaína y así lo hizo. Al principio Alejandra sintió un alivio que jamás había experimentado.

El consumo de drogas se fue haciendo una costumbre para Alejandra cada vez que salía de fiesta. Sin saberlo, había tomado el camino hacia la espiral de la adicción. Cada vez más su consumo fue aumentando, al punto de fumar marihuana durante el día. Tenía esa falsa creencia de que todo el dolor y sufrimiento iba a desaparecer un día consumiendo estas sustancias. Por supuesto, estaba muy equivocada.

Un día desapareció su gusto por la cocaína; sentía que ya no hacía ninguna reacción en ella y decidió dejar de consumirla. Pero entonces un poderoso sentimiento de abstinencia se apoderaba de su cuerpo y empezaba a tener mucho dolor. Buscó otras sustancias para aliviar estos síntomas, así que experimentó con ansiolíticos y antidepresivos. Aunque en un comienzo dieron resultado, luego de un tiempo pasó lo mismo que con la cocaína. Entonces comenzó a experimentar con el crack, también conocido como piedra.

En poco tiempo, Alejandra adquirió un gusto por la piedra, que su consumo se volvió todo un ritual para ella. Trabajaba todos los días y consumía durante las noches; su hábito por beber alcohol también incrementó y entonces se convirtió en una verdadera adicta. Ella no veía esas prácticas como algo dañino y pensaba que eran un lujo que recompensaba todo el esfuerzo que ponía en su trabajo. Sin darse cuenta su personalidad fue cambiando poco a poco, se volvió aún más reservada, e incluso más agresiva y malhumorada.

Con el pasar del tiempo su físico se fue deteriorando hasta el punto de verse casi esquelética. Esto comenzó a afectar su trabajo y las personas comenzaron a preguntarle sobre la situación; ella atribuía su pérdida de peso al exceso de trabajo y no permitía que se le cuestionara.

Llegó a un punto en que lo que ganaba en su trabajo ya no era lo suficiente para pagar sus cuentas y mantener el consumo de todos los vicios. Intentó en varias ocasiones dejar las drogas y hasta buscó ayuda con un especialista, pero siempre volvía a recaer en el mismo círculo vicioso. En ocasiones decidía no consumir y lograba controlar sus ansias de consumo por algunas horas, pero en la madrugada ya no podía soportar el dolor que le ocasiona la abstinencia; se escapaba de su casa a escondidas de su familia para poder conseguir drogas. Y luego le invadía un sentimiento de vergüenza y arrepentimiento por lo que había hecho.

Este ciclo se repetía casi todas las noches, Alejandra se sentía como si hubiera entrado en la madriguera de un conejo, acorralada sin poder encontrar la salida.

La realidad del comercio sexual

Las cosas no pintaban muy bien para Alejandra. Cada vez se iba hundiendo más y más. Fue perdiendo amistades y la relación con su familia se fue deteriorando, hasta que casi no había comunicación. Y aunque si bien se encontraba inmersa en su mundo irreal, en su trabajo cada día le iba mejor. Fue escalando posiciones hasta ser jefa de un grupo de educadores y liderar procesos dentro del movimiento LGBTIQ+, pero ya no podía costear este estilo de vida que llevaba.

Una idea surgió de su cabeza. Alejandra trabajaba de cerca con las chicas trans que eran trabajadoras sexuales y este mundo de fantasías, ilusiones y dinero rápido le parecía atractivo. Pidió a una amiga trans que le guiara para iniciar lo que ella veía como una nueva aventura. Alejandra tenía todo un ritual cuando se preparaba por las noches e ir a las calles para ejercer el comercio sexual. Cada vez le tomaba más gusto a esta actividad. Le daba acceso a diversión, alcohol y drogas, pero también se estaba exponiendo a muchos peligros.

Una noche, Alejandra y una amiga estaban buscando clientes en la zona donde ejercían el comercio sexual, un poco apartadas del grupo grande de amigas y compañeras. Estaban bebiendo cervezas y conversando sobre su vida, cuando un automóvil, que se aproximaba a toda velocidad, frenó frente a ellas. Un hombre de aspecto amenazante se bajó del vehículo, desenfundó un arma y comenzó a disparar.

Para Alejandra era como si el tiempo se detuviera ante sus ojos. Por unos segundos no pudo reaccionar y se quedó paralizada. De repente se dio cuenta de lo que estaba pasando. Su primera reacción fue correr lo más rápido posible en dirección contraria al hombre, pero con sus tacones de 10 centímetros no podía correr.

Alejandra, temblando de miedo, se escondió bajo un enorme camión mientras el hombre armado la buscaba desde su auto. Así estuvo escondida durante casi una hora, aterrada y creyendo que el hombre la encontraría. Pensaba que podía ser el fin de su vida. Solo salió de su escondite y volvió al lugar de los hechos cuando ya no escuchó ningún ruido.

De vuelta al lugar de los hechos encontró un charco de sangre y a sus compañeras conmocionadas. Alejandra preguntó por su compañera, y le contaron que había recibido 5 disparos en su cuerpo, pero que estaba con vida y ya había sido trasladada al hospital. Al cabo de unos días esta se encontraba en su casa reflexionando sobre esta situación, cuando recibió una llamada. Su amiga había fallecido en el hospital. Alejandra no podía creer que a una chica trans, de tan solo 18 años, expulsada de su casa por su condición humana y que buscó una forma de poder sobrevivir ejerciendo el comercio sexual, se le había truncado su vida de manera tan cruel.

Esta es una de tantas situaciones que se repiten en la vida de las mujeres trans que se dedican al trabajo sexual. Las violaciones, asesinatos, robos y la discriminación son algunas de las cosas que Alejandra pudo vivir y observar durante muchos años. Y a pesar de esta dura realidad, las mujeres trans solo reciben burlas y acoso de los cuerpos de seguridad y la policía. Las personas trans se encuentran en las categorías más inferiores para las sociedades machistas y es por eso que aún queda un largo camino que recorrer para garantizar el respeto a los derechos humanos de esta comunidad.

Episodio 5: Evolución y Extinción

El principio del fin

En una de tantas ocasiones, cuando terminaba de drogarse, una reflexión dentro de Alejandra surgió a manera de pregunta: “¿Por qué trato de autodestruirme?”. Frente a un espejo contemplaba su desnudez y no se explicaba cómo aquella luz tan radiante que despedía había ido menguando paulatinamente y ya no podía reconocerse.

Alejandra al fin tocaba fondo. Era algo muy malo, pero a la vez muy bueno. Por primera vez podía reconocer que este camino que había tomado no la conduciría nunca a la solución de sus problemas y a la liberación de sus demonios. Al fin pudo tomar la decisión de resolver sus conflictos y cambiar su situación de una vez por todas. Alejandra se planteaba que, aunque la vida te presente obstáculos y sientas que no puedas más, la decisión de vivir o morir solo debe estar en nuestras propias manos.

Aunque el camino a la recuperación física y mental no sería nada fácil, aún le quedaban fuerzas y algo de esa chispa que sabía que habitaba en ella. Comenzó por alejarse de personas y escenarios que la motivaban a consumir drogas, se enfocó en establecer una mejor comunicación con su familia y confesar lo que estaba pasando. Ella sabía que solo ellos le podrían brindar el apoyo necesario en esta situación.

La ayuda profesional fue un gran apoyo para Alejandra; junto con profesionales establecieron estrategias para poder manejar su adicción y lograr una desintoxicación tanto de su cuerpo como de su mente. Luego de unos meses, Alejandra pudo ver los resultados y supo que había tomado una de las mejores decisiones de su vida. Luego de un tiempo ya se encontraba de nuevo en el camino correcto y así fue como trabajó para diferentes organizaciones enfocándose en ayudar en la promoción y defensa de los derechos humanos, especialmente de la comunidad trans de su país.

Dos sucesos muy importantes ocurrieron durante esta época. Volvió a tener comunicación con su padre y esto la llenaba de mucha alegría; tuvo la oportunidad de volver a verlo y tener una conversación donde ambos pudieron expresar sus sentimientos y perdonarse por los errores del pasado.

Pero no todo fue fácil. Un día Alejandra se encontraba en su trabajo realizando labores cotidianas cuando recibió una noticia devastadora. Su abuela, una mujer que admiraba mucho, había fallecido. Ella había estado hospitalizada por una leve neumonía que se complicó y concluyó con su deceso. Alejandra sintió un frío recorrer todo su cuerpo y cómo una parte de ella se resquebrajaba por dentro. El velorio y posterior sepelio fueron

devastadores, pues aún había cosas que le hubiese gustado platicar con su abuela. Pero muchas veces la vida no da segundas oportunidades y eso le quedó muy claro.

Alejandra se encontraba en una profunda depresión y algunos viejos demonios volvían a rondar sus pensamientos. Una noche no soportó más y salió en busca de drogas. Después de caminar alrededor de 4 kilómetros, entre sollozos y lágrimas, llegó frente al lugar donde compraría. Alejandra sintió ese mismo frío que había sentido cuando supo de la muerte de su abuela, pero también sintió cómo una paz interna llenaba todo su ser y de pronto se dio cuenta que, desde ese momento, su abuela la estaría protegiendo desde su eterna morada. Se dio la vuelta y esta sería la última vez que haría una cosa como esta.

Capítulo Final

Durante el año 2019, Alejandra se encontraba trabajando para otra organización, donde había conocido y abrazado el feminismo. Una visión más renovada de la vida surgía en ella, había encontrado el balance en su vida y dejado por fin atrás todos los demonios. La vida pintaba mejor que nunca. Pero nunca se puede dar todo por sentado. El destino tenía preparado un nuevo revés.

Dentro de las tantas labores que realizaba en su trabajo, Alejandra debía visitar a las compañeras en las zonas de comercio sexual. Les llevaba condones y lubricantes, además de darles información sobre salud sexual y prevención del VIH. Una noche preparó su ropa y se dispuso a maquillarse. Era una bonita y cálida noche.

Alejandra llegó al lugar y comenzó a realizar su trabajo como de costumbre, entre risas y platicas amenas veía cómo las compañeras se iban con sus clientes. En un momento Alejandra se quedó sola. Así que se dispuso a quitarse sus tacones y colocarse zapatos más cómodos. Mientras tomaba un descanso, encendió un cigarrillo y de repente recibió un golpe.

Tiempo más tarde sintió un fuerte dolor en la parte trasera de su cabeza. Por unos instantes había perdido la conciencia y una voz interna le decía que tenía que despertar y luchar por su vida. Alejandra abrió los ojos, pero su visión estaba algo borrosa por la cantidad excesiva de sangre que brotaba de su cráneo y rostro. Con horror vio cómo un hombre se encontraba sobre su cuerpo y la golpeaba con una roca sobre su cabeza. Él le gritaba y la insultaba mientras trataba de acabar con ella: “Maldito travesti vas a morir, te mataré como a un perro”.

Alejandra sabía que tenía una oportunidad de sobrevivir, así que luchó con todas las fuerzas. En medio del forcejeo pudo liberar una de sus piernas y le dio una patada al agresor, así que pudo liberarse de él. Debido al escándalo y los gritos, al hombre no le quedó más que huir del lugar. Alejandra se encontraba totalmente bañada en su propia sangre y como pudo se arrastró hasta un lugar donde se refugió, pues temía que el agresor volviera. Se recostó y comenzó a sentir como todo su cuerpo se apagaba poco a poco. Una vez más escuchaba una voz en su cabeza que le decía: “levántate o vas a morir desangrada en este lugar”. Así que se levantó y comenzó a caminar en busca de ayuda;

por suerte encontró a una persona que se comunicó con una de sus amigas y le contó lo sucedido.

Alejandra había tenido algunos problemas con su familia y a raíz de eso llevaba viviendo un par de años junto a su amiga Michelle. Fue ella quien se comunicó con los servicios de rescate, que lograron auxiliarla y la trasladaron al principal hospital de la ciudad. La recuperación fue dura, su cuero cabelludo estaba rasgado, así como muchas heridas y golpes en su rostro eran profundas. Le colocaron más de cien puntos para contener la pérdida de sangre. Estuvo muchos días en ese hospital; el dolor y el sufrimiento físico y emocional fueron devastadores para ella.

Su familia se enteró de lo ocurrido y brindaron toda la ayuda y cuidados necesarios para que Alejandra se recuperara. Aún convaleciente en casa de su familia, Alejandra recibió una fatal noticia. Su amiga Michelle, que la había conocido por más de 20 años, falleció repentinamente. Lo que más le atormentaba es que no había podido estar junta a ella durante sus últimos momentos. Eran muy cercanas, al grado de considerarse hermanas.

Alejandra hizo todos los trámites para denunciar la agresión en su contra y solicitó al Gobierno de Honduras medidas de protección, las cuales fueron negadas. Esto solo evidenció la poca disposición de las autoridades hondureñas para la protección de los derechos humanos de las personas trans.

Actualmente Alejandra se encuentra totalmente recuperada y encaminada a buscar una nueva vida fuera de su país; está a la espera y en busca de nuevas oportunidades y aventuras que el destino tenga preparado para ella. Ahora es una persona un poco más sabia, un poco menos inocente y más determinada que nunca.

Vida y muerte Energía y paz
Si me detengo ahora aún valdrá la pena
Aún los terribles errores que cometí y que habría desecho si pudiera La agonía que me ha quemado y marcado mi alma, valió la pena Por haberme permitido caminar donde caminé
Que era el infierno en la tierra El cielo en la tierra
De vuelta, adentro, debajo Lejos y en medio
A través, adentro y encima

Somos lo que hacemos día a día, de modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito.

                   
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