Anecdotario: pequeño viaje a través de un corazón hulero.

Por: Paola Orellana
País: Guatemala
22 octubre 2020

Creo en el poder sanador del movimiento. Es, para mí, el lugar con mayor riqueza alquímica para transmutar cualquier dolor. Cuando empecé en el arte empecé a moverme, y con este movimiento corporal se movieron mis mundos internos, se movió el dolor y no hubo otra que llorar y empezar a sanar. Fue mi empuje a trabajar lo que tenía escondido y negado, a ver lo que tanto evitaba ver. Ese clic corporal, encendió un fuego en mí, y una pasión que nunca había sentido; me sentí viva.

Poco tiempo después de sumergirme en el arte empecé una crisis existencial superfuerte. Fue un tiempo muy, muy difícil. Considero esa crisis como la más significativa por la que he atravesado. En ese momento hacía acrobacia aérea y esa sensación de trepar era la que me recordaba que era fuerte para afrontar esa situación; si era capaz de subir por esa tela era capaz de cualquier cosa.

Trabajar desde el circo sin duda alguna me hizo ser más segura de mí. Cuando inicié era una persona super tímida, insegura, me avergonzaba mi cuerpo, y no me gustaba estar dentro de él; conforme fui explorando eso fue cambiando. Empecé a sentir mi cuerpo como mío, mi casa, y al serlo, yo podía elegir en dónde estar y cómo tratarlo. Confronté muchos de mis miedos e inseguridades, y amé realmente sentirme fuerte y valiente; dueña de un cuerpo que por fin era mío. Mi cuerpo cambió en forma, pero sobre todo en sensaciones. A veces siento que soy adicta a las sensaciones, eso me lo enseño la danza; ir a la sensación en lugar de la razón, SENTIR. Me gustó el mundo de sensaciones que descubrí, y sobre todo la sensación de PODER y HACER. Disfruto mucho de eso hasta hoy en día, es algo que traslado al hula, solo sentir. Esa es una de las riquezas que encuentro en el arte, especialmente si son artes del movimiento: desconectar el pensamiento racional, e ir a las otras formas de pensamiento, que tan solo con ir empiezan a liberarse, a transformarse.

A pesar de toda esta superexperiencia de encuentro conmigo, había algo que seguía sin funcionar, había un malestar que no lograba soltar. En ese momento decidí abandonar el arte, superficialmente me dije que era porque deseaba estabilidad económica en mi vida, pero por dentro había una mujer con el autoestima muy herido, que a pesar de haber logrado todo eso seguía sin sentirse valiosa y merecedora del título de artista, y sobre todo, sin potencial para alcanzar metas trascendentales para este ámbito. Me encontraba descuidada y desvalorizada, así que decidí hacer la terapia del reencuentro e irme al lago, alejarme de todo hasta estar bien.

En ese viaje recordé que tenía unas hulas que había comprado meses atrás y empecé a llevar una o dos conmigo. Me gustaba la sensación, y aunque no entrenaba, las llevaba siempre conmigo. Fui leyendo sobre el círculo y descubrí que este simboliza la unidad, la totalidad, y el sí mismo. Me gustó mucho que todo lo que trabajé en terapia del reencuentro fue materializándose en mí a través del aro. Fue curioso porque con el aro obtuve mucho reconocimiento, y todo estuvo en dejar de creer que era invisible y hacer un llamado a mi verdadero ser, el real. A la mujer erótica que se escondía por miedo, ¡dejé de esconderme! Para mí el aro es un llamado al despertar de la sensualidad y el placer, es un llamado a la misma afrodita, ahí, de ese círculo nació mi afrodita interna, y para mí, el permitirme el placer, el gozo y el disfrute ha sido lo más sanador que me ha pasado. Fue una transmutación increíble. Entre la terapia y llevar el aro conmigo. De pronto, estaba viviendo las cosas que siempre quise vivir artísticamente.

Como todos los procesos son en espiral, volvió la sobreexigencia, las inseguridades y los problemas económicos. Era manejable, pero al venir la pandemia se destapó todo y tuve que ir a la raíz. Además de entrenar hula, estaba entrenando flexibilidad y tuve una lesión terrible que me hizo quedar quieta. Tuve que recordar que en la pausa también hay movimiento y atender otras partes. Al mes empecé a retomar el hula, me encontré con mucha frustración, y eso me causaba más frustración porque no sabía que había pasado con la mujer llena de vida, amor y pasión que se enamoró del hula. Estaba muy frustrada y empecé a darle eso a mi hula, y ella me lo empezó a devolver. Paré, hasta que un día dije, ¿y si en vez de pelear contra mi hula, la uso para pelear? Fluyó un nuevo movimiento, más que trucos fui encontrando maneras de moverme desde el enojo, y fue demasiado liberador. Fue difícil aceptar quién era yo en ese instante, pero encontré un cuerpo lleno de fuego, un cuerpo fuerte y la vez fluido. Ahora estoy jugando muy distinto que a inicio de año; estoy descubriendo el poder de mi sombra a través del aro, aún no lo entiendo del todo, pero siento que ahí está gestándose algo. Esta vez el aro me recuerda lo importante que es la aceptación incondicional en todas mis fases.

Amo el arte, porque me permite entender qué estoy viviendo. Me encanta los símbolos que encuentro, interpretar por qué me muevo como me muevo. Este último argumento me hace darme cuenta de que, aunque el arte posee cualidades curativas en sí mismo, para llevar un proceso profundo de sanación se necesitan otros métodos o herramientas. O que para que el arte sane, debe intencionarse de esa forma. Como todo. Estoy casi segura de que todos los artistas tuvimos ese clic de bienestar que nos hizo quedarnos ahí, a muchos en efecto nos salvó de muchas cosas, de adicciones, de suicidio, de muchas cosas. Pero, para sanar profundo cada persona debe decidirlo e intencionar su camino en esa dirección. Es pues, en esta búsqueda profunda, en donde el arte es una herramienta y un recurso más. A mi, justo la pandemia me hizo buscar otros caminos y actualmente estoy haciendo yoga terapéutico, tarot terapéutico y terapias energéticas.

Amo el arte y todo lo que he crecido y cosechado dentro de este campo, es mi vida y lo que le da sentido a cada segundo de mi respirar; pero me amo mucho más a mí, que entendí que sanar es un compromiso personal que nadie más hará por mí. Y para ser plena en mi arte debo sanar y buscar todos los caminos que lleven a esto. Estoy aprendiendo a vivir.

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